TESTIMONIO DE LAURA MARRONE (Regional Córdoba, Frente de los Trabajadores, Navarrazo, Allanamientos y bomba al local del PST, Villa Constitución, Asesinato de César Robles, Rodrigazo, luchas docentes, golpe de Estado, Buen Pastor, Devoto, exilio.)
El clasismo cordobés y el Navarrazo
El terrorismo de Estado comenzó en 1974. Ya a fines del 73, cuando asumió la presidencia Juan Domingo Perón, convocó a su ministro de Bienestar Social y secretario privado durante el exilio, José López Rega y a dos ex comisarios, Alberto Villar y Luis Margaride, para proponerles que organizaran grupos paraestatales que cumplieran la tarea de "limpieza". Estos formaron la Alianza Argentina Anticomunista (AAA), la terrible Triple A. Durante los años posteriores desde el 74 al 76, junto al Comando Libertador en Córdoba, asesinaron entre 900 y 1.100 jóvenes estudiantes, activistas sindicales antiburocráticos, personalidades de la cultura y de la izquierda, en sus diferentes vertientes.
Córdoba era la cuna del Cordobazo de 1969 que había derrocado a la dictadura de Onganía. Donde se había gestado la unidad obrero estudiantil más fuerte de la época. Entonces, como estudiante de arquitectura, yo había formado parte de ese movimiento estudiantil que se sumaba a las luchas de los obreros de una de las mayores concentraciones automotrices del país. El clasismo cordobés, enfrentado a la burocracia sindical de la Confederación General del Trabajo (CGT), con dirigentes como Salamanca del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), Agustín Tosco de Luz y Fuerza, Carlos Massera y José Francisco Páez del SITRAC-SITRAM, eran símbolos de la resistencia a los planes de ajuste. La patronal necesitaba derrotarlos y para eso había llamado a Perón a regresar al país desde su exilio en España.
En febrero de 1974 el jefe de la policía de Córdoba, Teniente coronel Antonio Navarro, se sublevó y derrocó al entonces gobernador Obregón Cano y su vice, Atilio López, ambos de la izquierda peronista que habían legítimamente ganado las elecciones en marzo de 1973. Allanaron nuestro local, la mítica torre de la calle Humberto Primo y Avellaneda, el del SMATA, de Luz y Fuerza y el del Partido Comunista (PC). En nuestro local se estaba desarrollando una reunión a la que habíamos convocado al activismo a resistir el golpe de Navarro. Alrededor de 20 compañeras y compañeros fueron detenidos a los golpes y llevados a la D2, la central de policía en el Cabildo.
En lugar de condenar al policía insurrecto y restituir al gobernador, Perón intervino la provincia con un brigadier, Raúl Lacabanne, que inició la represión institucional y amparó a los grupos paraestatales que empezaron a asesinar tirando los cadáveres acribillados en la vía pública. Era su modo de operar.
En abril de 1974 fui parte de la comitiva del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) que viajó a Villa Constitución a solidarizarnos con la directiva encabezada por Alberto José Piccinini. Este había ganado las elecciones después de una lucha heroica y la nueva directiva era amenazada por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) nacional. En esa ocasión el PST planteó que era necesario formar una coordinadora con todos los sectores que estaban presentes para organizar la resistencia a la ofensiva que se vendría contra todas las direcciones combativas y antiburocráticas. Los convocantes habían sido Piccinini, Tosco, René Salamanca, Vila de la interna de Perkins de Córdoba, representantes del sindicato de Ledesma de Jujuy, del sindicato de Farmacia, AUDEC, sindicato docente de Capital Federal, entre otros. Llegaron representantes de 40 comisiones internas del Gran Buenos Aires y 10 de Neuquén, en su mayoría de la construcción. Entre los oradores lo recuerdo a Luis Manevi de Estándar Electric, compañero del PST. Estaban todas las corrientes menos la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), que no terminaba de romper con Perón. Empezamos a cantar: "Llegó la hora de la coordinadora". Tosco no quería la coordinadora porque decía que había que esperar a que se sumaran corrientes de la izquierda peronista. Nos respondían: "No rompan más las bolas con la Coordinadora". Luego de ese encuentro, empezaron a descabezar a casi todas las direcciones combativas, pero de a una, sin poder articular una resistencia unificada a nivel nacional.
En septiembre de 1974 asesinaron a Raúl Curuchet, un joven abogado que defendía a los sindicatos combativos de Córdoba y a los presos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Recuerdo que miles fuimos a su velatorio en una verdadera manifestación de dolor y bronca. Uno de los más grandes que pudimos hacer.
Por entonces ya habíamos empezado a funcionar en semiclandestinidad. A reunirnos en casas, a tabicar los equipos del Partido, de modo de que no conociéramos los domicilios de los otros. Pero seguía nuestra militancia a pleno en las puertas de fábricas, en las asambleas fabriles y escolares.
Ataque al PST y asesinato de César Robles
En octubre de 1974 tuvimos un nuevo allanamiento donde detienen una veintena de compañeras y compañeros. Muy golpeados. Las compañeras sufrieron vejámenes en pleno operativo. Destrozaron la imprenta y el mobiliario. Fueron detenidos nuevamente en la D2, donde fueron golpeados y les iniciaron causas judiciales.
Después del asesinato de César hubo que levantar la casa en la que vivíamos. Su biblioteca era la más completa de la regional. No solo incluía lecturas de Marx, Lenin y Trotsky. También estaba estudiando los debates de la ciencia sobre la física cuántica y a Jean Piaget, autor al que Moreno nos había introducido con sus cursos de Lógica. También estaba el archivo del Partido, que era muy grande. Lo separé en dos partes, archivo y libros. Quise mandarlos a Buenos Aires en un camión, pero las rutas estaban controladas. Con T. depositamos el archivo dentro de cajas en la terminal de colectivo de Carlos Paz. Un compañero mío de la facultad nos hizo la gamba. El archivo de libros lo llevé a casa de una persona solidaria.
Nunca supe que sucedió con el archivo de papeles. Durante la dictadura, los libros fueron quemados.
César había sido junto con Orlando, la Loba, el Chino, Luis Jaroslavsky, Marita, Eduardo, Ariel y Liliana que fueron a Córdoba desde Buenos Aires, los fundadores de nuestra regional luego de la ruptura con el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) de Santucho. La regional del entonces PRT "La Verdad" había desaparecido. César era el dirigente más reconocido y querido. Empezó a ganar compañeros y sobre todo a ganarse el respeto de la vanguardia clasista que estaba muy influenciada por la guerrilla. No era fácil. El PRT (LV), luego PST, venía a decir que había que ganarse a la base del movimiento obrero para la lucha, en contra de las acciones vanguardistas. Su asesinato golpeó a la regional y al propio activismo clasista.
Años más tarde fui testigo en el juicio que hizo su hija Andrea Robles contra las Triple A. El juicio estaba a cargo del juez Norberto Oyarbide, quien nunca interrogó a los policías de la comisaría donde ocurrió el secuestro. La causa se archivó.
El Rodrigazo y el Plan Mondelli
Durante todo el 74 y 75 las luchas obreras continuaron. Eran muy fuertes las tomas de fábrica y realmente la patronal no estaba pudiendo disciplinar al movimiento obrero e imponer sus planes. El gremio docente, con nuestros sindicatos -la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC) para las escuelas públicas y el Sindicato de Educadores Privados y Particulares de la Provincia de Córdoba (SEPPAC) para los privados-, llevábamos adelante importantes paros nacionales de la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA). Los reclamos eran por salario, presupuesto y también por una ley de educación discutida democráticamente. Formábamos parte de la Mesa de Gremios en lucha y sosteníamos la unidad con el movimiento obrero industrial.
Finalmente el plan Rodrigo cayó luego de una gran movilización y paro a Plaza de Mayo, que terminó teniendo que convocar la burocracia frente a la rebelión que había en las fábricas. Con la caída del Plan, cayó también Rodrigo y López Rega, a quien llamábamos "el Brujo" porque se dedicaba al esoterismo. Era quien conducía a María Estela "Isabel" Martínez de Perón luego de la muerte de Perón. Nosotros veníamos denunciándolo desde hacía tiempo. Por esas cosas que pasan en la conciencia de masas no lográbamos que fuera tomado por el conjunto de la población. Pero mágicamente, también por esos fenómenos de la conciencia de los movimientos de masas, ese día la movilización gritó que se fuera "el Brujo".
En febrero de 1976, el nuevo ministro de Economía, Emilio Mondelli, anunció un nuevo plan económico que era prácticamente la reedición del Plan Rodrigo. Empezaron nuevamente las fábricas a organizarse. Las coordinadoras a prepararse para nuevos paros. Pero no se llegó a desarrollar el paro nacional que teníamos previsto. El PST en Córdoba había pasado a tener un peso desmedido en relación a sus reales fuerzas. La mayoría de los activistas ligados al ERP y a Montoneros habían renunciado a sus puestos de trabajo y pasado a la clandestinidad a hacer acciones armadas. Esa era la propuesta central de su estrategia. Nuestros compañeros dirigían fábricas casi solos.
El 23 de marzo en la mesa regional de la dirección del PST en Córdoba estábamos reunidos clandestinamente en la casa de un matrimonio de compañeros en barrio Jardín. Empezamos a discutir qué día era más conveniente convocar al paro provincial. Esa era la realidad de nuestro partido y del movimiento obrero. También era parte de ese movimiento Política Obrera (PO) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR).
Días antes del golpe habíamos publicado en los diarios una declaración con mi firma donde alertábamos del peligro del golpe y llamábamos a organizar la resistencia. Yo había estado en la escuela de verano de Buenos Aires donde la dirección nacional nos había dado un informe diciendo que debíamos prepararnos para las dos hipótesis: que el Plan Mondelli cayera con la movilización y se profundizara la crisis del gobierno o que ésta no llegara a ser tan fuerte y triunfara el golpe militar. Recuerdo que hice ese informe y se armó la discusión. Algunos compañeros negaban el peligro del golpe. Era tal la borrachera por la fuerza que estábamos teniendo en las fábricas que costaba que se trasmitiera a los equipos esta caracterización. La ausencia de una coordinación nacional con las coordinadoras de Buenos Aires, luego de haberse desarticulado la propuesta en el 74, dificultó la resistencia. Triunfó el golpe.
El golpe de Estado. La iglesia. El nieto de Sonia Torres
Cuando se produjo el golpe ya estábamos en clandestinidad total. Ninguno de nosotros vivía en su domicilio legal. En mi caso, el legal era el de mis padres en Parque Vélez Sarsfield. Yo vivía en otro en barrio Maipú, con Liliana y Tony.
Bueno, no tuve la suerte de Raquel. Mis antecedentes eran más complicados. Tenía varias detenciones, una el 1972 cuando la matanza de Trelew, mi militancia en el gremio docente, hasta la última en enero de ese mismo año 76. Sin otro paso la aeronática me depositó en el Buen Pastor, una unidad penitenciaria que dependía de las monjas de esa orden. Era una cárcel que tenía dependencias donde estaban las presas comunes y otra donde habían estado las chicas del ERP hasta su fuga. Nos metieron en esos mismos pabellones, frente a la iglesia de los Capuchinos.
En el Buen Pastor estábamos alrededor de 30 mujeres, sin causa judicial, a disposición del Tercer Cuerpo de Ejército, comandado por Benjamín Menéndez, incomunicadas, sin diarios, ni radio, ni visitas. Mi familia no tenía ni un papel donde el ejército se hiciera cargo de mi presencia.
Las monjas establecieron un puente de comunicación que les permitió a nuestros familiares tener noticias una vez a la semana. Los recibían en un saloncito y les contaban de nosotras, les daban adornitos que tejíamos con lana destejida de nuestros abrigos y ellos nos dejaban ropa, algún elemento de higiene personal. Una celadora nos dejaba escuchar la radio a través de una hendija de su office desde el que nos controlaba. Eso nos permitía tener alguna noticia. Era desesperante nos saber qué pasaba afuera.
Lo más duro fue cuando empezamos a recibir a compañeras que venían del Campo de la Rivera donde habían estado torturadas y desaparecidas. La Rivera, junto con La Perla fueron los dos campos de detención, tortura y detención más grandes de Córdoba. Ahí empezamos a conocer lo que estaba pasando afuera.
Entre las presas desarrollamos una comunidad con mucha solidaridad. No teníamos nada para hacer. Ni libros, ni diarios, ni herramientas para manualidades, y eso era parte del castigo. Entonces nos organizamos para que la falta de actividad no nos hiciera entrar en depresión. Pusimos en funcionamiento un economato que era un pozo común donde compartíamos el azúcar, la leche, y los artículos de higiene que eran las pocas cosas que permitían pasar a los familiares. Teníamos todo el día ocupado. Una señora que era contadora, esposa de un exministro del caído Ricardo Obregón Cano, nos daba cursos. Otra, la madre de una de las chicas que había escapado con la famosa fuga del Buen Pastor del 75, que era profesora de Biología, nos daba clases de su materia. Dorita M, compañera del PST, nos enseñaba a tejer al crochet con agujas de las monjas y a diseñar regalitos para las familias. Aprendimos a hacer té gitano con una receta que nos pasaron las gitanas que estaban en el pabellón de las presas comunes. Y dulce de kinoto, que no recuerdo de dónde los sacamos.
A la hora del recreo por una hora en un patio abierto, caminábamos en ronda pues no nos dejaban hacer ejercicios físicos. Los penitenciarios se paseaban por los bordes de las paredes con sus metrallas controlándonos. Yo sentía un poquito de libertad mirando las palomas que se posaban en el borde de los muros y trataba de descubrir qué relación tenían entre ellas. Lo único que veíamos para arriba era la cúpula de los Capuchinos.
Por las tardes hasta la hora en que apagaban las luces jugábamos al ajedrez. Habíamos fabricado las piezas con miga de pan mojado en saliva. Habíamos descubierto le daba más solidez que el agua ya que con ésta, las piezas se partían al secarse. Con cenizas de cigarrillo le dábamos el color a las piezas negras. Cosas de la época, los militares autorizaban el ingreso de cigarrillos y fósforos. Como no teníamos papel para armar el tablero, dibujábamos los cuadraditos oscuros con grasa de la sopa en las baldosas rojas. Diferenciados del resto de la baldosa más blanquecina, quedaba un tablero perfecto.
Alguna vez me descubrí comiendo polvillo de las paredes. Me di cuenta que era el cuerpo que me estaba pidiendo calcio dado que la dieta del penal era muy pobre. ¡Qué sabiduría la de la naturaleza! Aprendí a conocer mi cuerpo y a escucharlo como nunca. Pero no solo yo. A los meses todas parecíamos doctoras y nos diagnosticábamos si sentíamos algo raro. La parte más dura la llevaban las embarazadas. Durante mi estadía, compartí con dos compañeras su embarazo: "La Hormiga", y "Bombito". Ponerse sobrenombres era muy común en la época, casi como defensa para no conocer el verdadero en caso de tortura. Hormiga era delgada, alta y morocha. Bombito tenía una panza inmensa. A las dos les compartíamos un poco más de la comida.
Bombito tuvo su bebé durante mi estadía. Lo llamó Santiaguito. Era hermoso. Dormía a mi lado y yo hice de asistente. Había que despertarse a la noche, ayudarla. Estaba llena de puntos por una cesárea y no tenía fuerzas. Por suerte, Bombito se fue con su bebé y supimos que llegó bien a su casa.
Un cura nos visitaba cada tanto y daba misa. Todas íbamos a misa porque era en una capilla a unos metros y eso nos permitía salir del encierro del pabellón. Claro que yo no me confesaba. Las monjas estaban desconcertadas con nosotras. No entendían que pudiéramos ser peligrosas y nosotras hacíamos de todo para ganarnos su contacto con nuestras familias.
Monseñor Primatesta vivía en el Arzobispado a unos metros del Buen Pastor. Sabía de nuestra existencia, aunque nunca fue a visitarnos. Supe con el tiempo que mis padres fueron a verlo pidiendo por mi libertad. Impasible les dijo que mejor no se metieran. Seguramente también supo que en los calabozos que nunca conocimos, estaba Silvina Parodi, la hija de Sonia Torres. Silvina estaba embarazada, tuvo su bebé en la Casa Cuna y luego la llevaron por algunos días al Buen Pastor. Luego le quitaron su bebé y la desaparecieron. Nosotras no supimos de su existencia.
Me salto en el tiempo ahora para contar cómo termina esta historia. En diciembre de 1983 cuando Alfonsín derogó el estado de sitio, regresé a Argentina de mi exilio en Europa. Entonces fui al Buen Pastor. Para mi desconcierto, en la entrada, unos uniformados me dijeron que las monjas no estaban más. Que no se sabía dónde estaban. Me llamó la atención.
En la década del 2000 -no recuerdo el año-) recibí la citación de la jueza Cristina Garzón de Córdoba en Comodoro Py, para a atestiguar en una causa. Yo no sabía de qué se trataba. Me preguntó si supe de la existencia de Silvina Parodi durante mi estadía en el Buen Pastor. A lo que dije que no. Me mostró un plano de una cárcel y me dijo si la reconocía. Le dije que no, que no era el Buen Pastor. Fui estudiante de arquitectura y sé leer planos. Al cierre la jueza Garzón me dijo que, si llegaba a saber algo de Silvina, no dudara en ampliar mi declaración ante su juzgado. Cuando salí de la audiencia me acerqué a dos mujeres que estaban al fondo escuchando. Ahí me enteré que eran Sonia Torres y su abogada. Mi testimonio había servido a la jueza para desestimar la denuncia de Sonia que aseguraba que su hija y su nieto habían estado ahí según un testimonio de alguien de la Casa Cuna. Me quedé mal conmigo y me pregunté por qué la jueza no me había mostrado un plano del Buen Pastor. En ese caso podría haber señalado que la zona de los calabozos era diferente a donde nosotras estábamos y podía haber estado ahí.
En el 2009, estando de visita en Córdoba, me enteré por un comentario en una fiesta de la alta sociedad que un pariente de la madre Angélica Olmos comentó que ella y las monjas del Buen Pastor estaban en un geriátrico en las sierras, cerca de Cosquín. Busqué en el mapa un geriátrico por la zona y fui. Estaba sobre la mano izquierda, medio escondido. Entré por un caminito hasta una puerta con portero eléctrico desde donde me preguntaron a quien buscaba. Muy segura de mí misma dije que buscaba a un familiar internado y me abrieron el portón. Era un edificio antiguo, con muchos jardines y puertas. Enorme. Empecé a caminar con paso firme como si conociera el lugar. Atravesé salones donde había personas mayores con visitas. Pregunté donde estaban las monjas y me señalaron que siguiera. Recorrí muchos pasillos, siempre con paso firme y sin saber a dónde iba, hasta que se terminó el edificio y vi otro al fondo. Seguí caminando hasta entrar a unos salones donde había curas y más lejos, en otros, monjas. ¨Pregunté por la madre Angélica Olmos, una de las superioras del penal. Me la señalaron. Me le presenté y manifestó una alegría enorme de verme. Comenzamos a hablar con mucho afecto. Hablamos de cual había sido el destino de cada una de las habitantes del Buen Pastor, cual se había casado, tenido hijos. Manejaba celular y estaba al tanto de las novedades políticas del país. Sacó una carta que le habíamos entregado, firmado entre todas, el día de su cumpleaños y reconocí mi letra. La había guardado más de 30 años. Entre tantos recuerdos cordiales le pregunté por Silvina Parodi, si sabía que había sido de ella. Su cara se transfiguró. Con tono hostil me dijo: "Esa nunca estuvo con ustedes. Esa era subversiva". Le hablé de Sonia, la abuela que buscaba a su nieto, que tenía derecho a saber de él. Intenté tocarle la moral cristiana. Me contestó peor aun: "Esa es de lo peor, subversiva". Cortó la conversación y se fue a su dormitorio.
Al salir fui a Abuelas donde les pedí le hicieran llegar lo ocurrido a Sonia. Era una noticia muy fuerte para su cansado corazón. Combinamos una visita juntas nuevamente. Esta vez ella se quedó afuera esperándome. Le compró unas masitas a la monja que yo le había dicho que mi padre les llevaba al Buen Pastor. Aun la recuerdo con su paquetito, llena de ilusión, y luego esperándome a la salida. Entré con mi bandeja derecho al comedor de las monjas. Esta vez la madre Angélica me recibió haciéndose la que estaba perdida y no entendía mi conversación. En Abuelas me habían dicho que una novicia había dicho en un evento que había estado detenida con Silvina y su bebé en el Buen Pastor. Con ese dato interrogué de frente a la madre. Ella siguió con la miraba perdida como si no entendiera. Otra monja que supe se llamaba Nancy Herrera, estaba al lado, escuchó y dijo: "Ah, ¿la hija del militar? ¿La que tuvo el bebé? Yo le llevaba comida. ¿Dónde está ahora esa chica?". Intuí que Nancy no sabía lo ocurrido y que no era de la conducción del penal.
Con esa información salimos disparando. Yo me presenté a declarar ante la jueza Garzón que resultó ser la sobrina de la monja que se apellidaba Olmos Garzón, vaya, apellidos de la sociedad de Córdoba. Me atendieron las secretarias del juzgado que mientras escribían en sus máquinas de escribir mi declaración iban quedando pálidas. Una de ellas hizo un alto y dijo: "Pero la jueza nos dijo que no se podía ir a pedirles declaración porque eran muy viejitas y estaban con Alzheimer, no recordaban nada". Les conté que las monjas manejaban celular y leían el diario. Me pidieron que esperara y llamaron a la jueza. Esta vino con la cara transfigurada. Yo, haciendo que no conocía su vínculo familiar con la monja, y apelando a la invitación que me había hecho en Comodoro Py de ampliar mi declaración, le conté todo lo que había averiguado. Su única intervención fue para preguntarme: "¿Su madre vive sola en Córdoba?". En el momento no entendí su pregunta. Luego comprendí que era un mensaje velado.
Fui una tercera y última vez al geriátrico a hablar directamente con Nancy Herrera. La encontré acostada en su cama, tapada. Me presenté y se tapó. Me dijo que ella no sabía nada, que me fuera. Al tiempo el juzgado fue a interrogarlas al geriátrico, por primera vez. Nancy había fallecido unos días antes. ¿Casualidad? Nunca supimos de qué. La jueza pidió su jubilación. Nuevamente se cerraba el secreto, esta vez en una alianza cruel entre los militares, la Iglesia y la Justicia.
Así fue la dictadura en mi ciudad natal. Todo lo aquí dicho lo atestigué en 2015 en el juicio de La Perla y cuyos detalles publicó Página 12 el 31 de agosto de ese año. Sonia Torres murió sin encontrar a su nieto, luego de casi 40 años dedicada a buscarlo, a la par que ayudó a buscar a los nietos de otras abuelas. El Buen Pastor fue derribado en sus pabellones y calabozos transformándose en un patio de comidas durante el gobierno peronista de José Manuel De la Sota.
La penitenciaría de San Martín.
Un día de octubre de 1976 nos sacaron del Buen Pastor, sorpresivamente, sin saber a donde nos llevaban. Nos trasladaron a la Penitenciaría 1 San Martín. Caímos a un lugar opuesto al Buen Pastor, que en comparación había sido una especie de Liceo de señoritas. El penal estaba directamente a cargo de los militares.
Encontré a las compañeras muy deterioradas físicamente, pero su moral era alta. Acababan de asesinar a la pareja de una de ellas. Al compañero René lo habían estaqueado a lo Tupac Amaru, en una forma cruel. Le estiraron de sus extremidades con tientos, desnudo, tirado en el suelo. Le tiraban agua fría en un día de invierno hasta que su corazón había hecho un paro. A otra compañera, "la Charito", por la cual guardé un cariño enorme, le hicieron lo mismo. Sobrevivió. En la parte de los varones estaban compañeros míos, Tony, el Gringo. Pero yo no lo sabía.
Las compañeras en la penitenciaría, en general tenían causas judiciales. Habían estado incomunicadas durante todo el tiempo y sufriendo permanentes amenazas. Algunos de sus compañeros varones habían sido sacados de la cárcel y asesinados bajo la excusa de intento de fuga.
Al tiempo, también sin decirnos, nos sacaron de ahí y nos subieron a una avioneta, vendadas, tiradas en el suelo. La avioneta volaba bajo, no tenía puertas, entraba viento. Todo el tiempo nos amenazaban. Con el tiempo pensé que debió ser una de las que la aeronáutica usó para tirar compañeras y compañeros al mar. Nosotras no sabíamos que utilizaban ese método. Ese viaje fue una verdadera tortura hasta que llegamos a Buenos Aires.
La cárcel de mujeres de Devoto.
Al fin llegamos a Devoto donde nos sacaron las vendas y nos dijeron donde estábamos. Un gran alivio. ¡Una cárcel legal! Más de 800 mujeres y más, pensando en que salían algunas y entraban otras, distribuidas en dos edificios, el de pabellones y el de celulares, separados del de los hombres, presos comunes, en el barrio que llevaba ese nombre. El régimen era totalmente distinto. En el pabellón que me tocó teníamos acceso a diarios, a la lectura de libros de la biblioteca del penal, a recibir cartas de nuestra familia y visitas.
Fui muy afortunada porque tuve la visita casi semanal de mi familia, una vez mi padre, otra mi madre y todas las semanas de mi hermana, Irene. También recibía cartas todas las semanas. Un cariño muy grande que me sostuvo los tres años que estuve presa. Mi hermana era apoyada por un equipo de compañeros del Partido que la asistía a ella y a los familiares de los presos del PST para que estos, a su vez, nos transmitieran información de lo que estaba pasando afuera. El sostén moral de las y los presos fue una tarea militante de nuestro partido durante la dictadura.
Recuerdo que había una señora mayor, Cachita, que no recibía cartas. Estaba presa para castigar a su hijo del ERP, cuyo destino se desconocía. Su marido había fallecido. A Cachita le gustaba escuchar las cartas de mi madre porque eran muy lindas. Le conté a mi madre y desde entonces le dedicaba un saludo. Cachita esperaba las cartas de mi madre que ella no recibía.
Mi hermana también era militante y era la que nos llevaba semanalmente información de cómo estaba la situación política. Luego yo la transmitía a las compañeras del penal que eran del Partido y que no. Desconocer lo que pasaba afuera era un elemento de incertidumbre y angustia. Yo había tenido una sola visita de contacto al llegar. Se le llamaba así antes de que nos impusieran el régimen de locutorio por el que un vidrio te separaba de la visita y en el medio había un tubo por el cual pasaba la voz. En esa única visita de contacto pude pasarle a mi hermana un caramelo con un código.
Cada una de nosotras decoraba su pequeño espacio de la cucheta colgando fotos de su familia, adornitos. Era como el rincón de raíces donde sentías intimidad en medio de un pabellón donde convivías las 24 horas con 30 personas que acababas de conocer. Un remanso, tu hogar. Aunque no todo eran rosas. Lo peor eran las chinches que anidaban en colchones y caños de las camas. Una plaga que te picaba y perseguimos durante todos esos años.
Los festejos de cumpleaños eran obligatorios. Ese día se hacía alguna repostería con lo que teníamos: leche en polvo, pan y azúcar. Las mil formas de usar esos ingredientes fueron desarrollando la imaginación: dulce de leche, ricota, tortitas, yogurt con una cepa que había sobrevivido ya varios años. Se le hacían regalitos a la del cumpleaños y se le cantaba las mañanitas del Rey David. Prohibido caer en depresión.
La guerrilla había ido acumulando poemarios de poetas y letras de canciones de la Guerra Civil Española, de los tiempos de la Unidad Popular en Chile que compartíamos. Las de Miguel Hernández eran las más populares: "Cartas, cartas, y aunque bajo la tierran mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré". Otra muy cantada era La nana de la cebolla, porque hacía pensar en la familia. "La cebolla es escarcha, cerrada y pobre, Escracha de tus días y de tus noches…".
Las fiestas de fin de año eran preparadas con antelación. Habíamos inventado un árbol de navidad con guirnaldas de flecos de papeles de cigarrillos plateados que colgábamos desde la ventana hasta los alambres del tender para secar la ropa. ¡Quedaba hermoso!
En el 77 nos enteramos que había fallecido Carlitos Chaplin. Entonces nuestro pabellón, el 27, decidió armar una obrita de teatro con pasajes de películas de Carlitos en su homenaje. Estuvimos semanas preparándonos. Yo iba a hacer de Chaplin. Con diarios y engrudo agrandé mis zapatos y los pinté con betún negro. Me fabriqué un sombrero de copa y no recuerdo con qué, la cola del frac. Un bastón de una compañera. Talco para la cara y cenizas para las ojeras de los ojos. Llegó la hora del recreo y tenía que salir corriendo al pabellón del fondo donde sería la función sin que me notaran "las bichas", como se llamaba a las guardianas. Unos minutos antes, la bicha pasó por el pabellón, miró a todas formadas y dijo: "¿Dónde está Marrone?". Yo estaba ya disfrazada, escondida en las letrinas. Tuve que levantarme. Cuando me vio, no pudo con la risa. Se fue y no dijo nada. Ese día hicimos el teatro como nunca. Representamos la escena de la manifestación cuando Carlitos termina encabezando una con una bandera roja.
También estaba nuestra estética personal. El penal nos obligaba a usar pantalones azules, muy aburridos. Algunas muy habilidosas habían empezado a coser blusas o carteritas para llevar los cigarrillos colgados con las sábanas del penal bordadas con hilos de toalla que destejíamos. Hacíamos bijouterie con bolitas de miguitas de pan coloreadas en base a lanas de pulóveres desteñidas. Pulseritas con macramé, también de hilo de toalla. Siempre arregladas, salíamos a la hora de patio a pasear, que era el momento de ver otras caras y por supuesto, de punta en blanco cuando recibíamos visitas. Nada de deprimir a nuestros familiares y a renovar las ganas de vivir.
Poco tiempo antes del Mundial, una noche se llevaron a varias chicas de Córdoba a un supuesto juicio. El temor fue que ese traslado fuera como los anteriores cuando las mataban con un simulacro de fuga. Sabíamos que durante el Mundial iban a haber visitas de periodistas internacionales y que los militares iban a querer limpiar antes las cárceles o amenazar con nuevos asesinatos, como efectivamente ocurrió. Luego se supo que la mayoría de los campos de concentración fueron vaciados en los meses previos al Mundial. En ese momento en Devoto se armó un jarreo impresionante. Todo el penal quedó incomunicado y creo que afuera no se sabía por qué. Al día siguiente me tocaba ser trasladada a Tribunales para una audiencia con el juez Rafael Sarmiento para ampliar mi testimonio respecto al habeas corpus pidiendo mi libertad que antes mencioné.
Al juez nunca lo vi, pero me recibió su secretario. Un muchacho joven que quedó muy impresionado cuando amplié mi declaración contando lo que había ocurrido la noche anterior en el penal. Yo sabía que ese relato podía complicar mi habeas corpus, pero no podía dejar de sacar afuera la denuncia. Antes de regresar al penal tuve una gran alegría. Mi madre y mi tía Chela, madre de mi querida prima Silvia Hynes, me esperaban en un pasillo de Tribunales y pude darles la mano a pesar de las esposas con las que la guardiana me llevaba. Todavía recuerdo la cara de ambas. Mi tía había perdido a su hija en el 77, embarazada de 8 meses y medio. Silvia, "la Chiva", era una jefa montonera. Yo la conocí poco, pero la admiré y la quise, era una persona de las más íntegras que conocí en mi vida. Inteligente, generosa, compañera. Mi tía apoyó mucho a mi madre durante mi presidio. De algún modo hizo transferencia conmigo, como si cuidara a su propia hija.
Regresé al penal y conté lo ocurrido. Las chicas del ERP supieron que por fin había salido afuera lo que estaba ocurriendo. Al poco tiempo me volvieron a llevar a Tribunales. Otra vez viajar en celular y espiar la ciudad por la hendija de la celdita. Una bocanada de aire: mirar las calles, la gente, los edificios. Otra vez ponerme en una celdita encerrada esperando ser llamada a declarar. Esta vez abrieron la puerta y aparecieron varios señores mayores de traje, muy serios. Yo no sabía quiénes eran. Me preguntaron por todo lo que había dicho del traslado no declarado de las chicas en Devoto. Cerraron la puerta y se fueron. Alguien me dijo entonces o después que eran integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Mi declaración había llegado a ella. Nunca supe si eso influyó para que las chicas fueran regresadas al penal enteras. Pero así ocurrió.
El calabozo y los celulares
Cada tanto el director, Horacio Martín Galíndez, temido por todas nosotras, te llevaba a su despacho a "verduguearte", como le llamábamos a los malos tratos de algunos penitenciarios, no todos. A mí me llamó varias veces y me decía que sabía que yo hacía política dentro del penal. Vaya, ¿quién le informaba? Así, poco tiempo después de mis declaraciones en Tribunales, sin mucha explicación, un día me sacaron de los pabellones donde estábamos las presas a disposición del PEN, y me llevaron sancionada a un calabozo en el piso superior por 15 días. Fueron los más duros de mi presidio. No tener con quien hablar. Ahí descubrí qué si me daban a elegir qué era lo que no prefería prescindir en la cárcel: libros, sol, comida o compañía humana, ya tenía la respuesta: compañía. La soledad enloquece. A los pocos días empecé a hablarme a mí misma diciendo pavadas y a jugar con las hormigas. Descubrí que podía alterarles el camino cortándolo con una marca con el dedo con firmeza. Parecía que la energía del cuerpo formara una barrera que no les permitía avanzar. ¡Vaya ocupación! Días jugando con las hormigas. En cambio, si hubiera tenido una compañera a mi lado, cualquiera podríamos contarnos cosas de nuestras vidas, proyectos o lecturas. Hubiera sido interminable.
Terminada la sanción me trasladaron a los celulares. ¿Represalia? Los celulares eran pequeñas celdas de 2,50 x 2,50 metros aproximadamente, donde había cuatro camas en cucheta, una piletita y una letrina. Ahí vivíamos cuatro presas, comíamos y hacíamos nuestras necesidades sin privacidad. "Chicas, voy al baño" anunciábamos, y el resto sabía que habría olor. Una hora por día nos abrían las puertas y podíamos pasear por un espacio mayor y a veces salir al patio al aire libre. En esa hora había que aprovechar para una ducha, con agua fría hasta que al final pusieron agua caliente. Recuerdo los aromas de los jabones al bañarnos. Era curioso. La falta de aromas lindos había agudizado el olfato. Cuando había un olor distinto, lo percibíamos con más intensidad que en la vida en libertad. No fueron tiempos fáciles.
Llegó el Mundial. ¿Quién puede explicar la pasión del futbol en Argentina? Cada gol de la Selección de Argentina se festejó en Devoto. En los celulares no teníamos radio ni diarios. Pero algunas celadoras se conmovían y prendían la radio fuerte de modo que las celdas más cercanas escuchaban la trasmisión del partido. Cuando Argentina hacía gol pasaban la data por morse en la pared a la celda vecina y así llegaba a todo el piso. El morse y el lenguaje de señas era muy usados. Todas aprendimos a usarlo. Las señas para subirse a una cucheta y pasar información de celulares al edificio de pabellón. El morse para comunicarnos dentro del mismo piso entre celdas. El morse usa rayas y puntos. Traducido a lenguaje auditivo, hacíamos el punto con un golpecito en la pared con una birome y la raya con un raspón. A medida que iba avanzando la noticia del gol, las celdas empezaban a gritar: ¡Gol! Estaba prohibido gritar, pero ni los penitenciarios se animaban a sancionar esa alegría.


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