TESTIMONIO DE REYNALDO SACCONE (Educación, la COPEDE, tareas de superficie, frente de artistas, surgimiento del MAS)



Eran las 5 de la mañana del miércoles 24 de marzo de 1976, recién duchado, afeitado y listo para salir, estaba ajustándome el nudo de la corbata cuando sonó el teléfono. Era Orlando Mattolini que me avisaba que el golpe de Estado estaba en curso y me advertía que no tomara el avión de regreso a Buenos Aires hasta que no se aclararan las cosas. En esa época militaba en la redacción de Avanzada Socialista y había pasado 48 horas en Córdoba entrevistando a los referentes sindicales de ocho de las comisiones internas más combativas de la provincia. Trabajé toda la noche del 23 al 24 desgrabando sus declaraciones destinadas a la doble página central de nuestro periódico. En el aeroparque de Buenos Aires debía entregar el material a un compañero que lo llevaría al lugar clandestino donde se preparaban los originales para la imprenta, de la que esa misma tarde saldría. Pero Avanzada Socialista no salió esa tarde y nunca más. El PST había pasado de la semi clandestinidad con que venía operando desde el ’74 a la clandestinidad completa. Ese atardecer, Orlando y yo tomamos un micro rumbo a Buenos Aires, mezclados en el escaso pasaje, sentados en distintas filas y sin cambiar palabras ni miradas entre nosotros. El bus fue detenido ocho veces en el trayecto y escudriñado con linternas por patrullas militares que cotejaban los documentos con una lista mimeografiada. Cuando, finalmente, bajamos en la Plaza Once, nos despedimos diciendo “no sabemos cuándo nos volveremos a ver”.

El pasaje a la clandestinidad y el tabicamiento fueron casi instantáneos. El partido ya actuaba en la semi clandestinidad desde la masacre de Pacheco como parte de la respuesta al crecimiento exponencial de la acción de los grupos parapoliciales durante el gobierno de Isabel Perón al que se sumaba la amenaza de golpe de Estado por las fuerzas armadas. Esto se hacía tratando de mantener la actividad del partido al máximo posible y de estimular y aprovechar la menor posibilidad de movilización los trabajadores. La redacción de AS se disolvió y se formó otra mucho más reducida y clandestina que probó publicar una pequeña revista semanal que también se vendiera en los kioscos (Cambio), pero no fue viable. Se hizo otra tentativa con una segunda denominada La Yesca que tampoco prosperó. Finalmente, salió Opción Socialista, totalmente clandestina y repartida por los militantes en mano. Mientras que los partidos políticos fueron “congelados”, el PST fue directamente prohibido. Ser del PST era violar una ley. En ese marco, a los pocos días tuve una cita personal con Arturo Gómez, secretario general del partido. Un compañero de aire tranquilo y campechano con una sonrisa característica que eran la expresión visible de su gran agudeza política y excepcional capacidad organizativa.

Los primeros dos años de la dictadura: golpe de timón a mi vida

La propuesta de Arturo, resumiendo con mis palabras, era más o menos así: "se inicia una etapa de varios años de represión y actividad clandestina, vos tenés que reubicarte y en la dirección nacional hemos pensado que sería muy útil para el partido que retomaras tus estudios y te recibieras de médico. El partido está lleno de cuadros obreros y barriales, pero no tenemos profesionales universitarios que puedan moverse con cierta comodidad en la superestructura política de la sociedad y en esta nueva situación que va a durar años, podrías resultar muy necesario". Lo pensé y consulté en mi entorno. A los compañeros obreros les resultó muy buena idea y la apoyaron entusiastamente; solo hubo una compañera que me dijo taxativamente "no lo hagas, te vas a aburguesar y te perdemos para el Partido".

La predicción de la compañera no se cumplió, pero no era descabellada su presunción en base a mis antecedentes. De origen pequeño burgués, católico y nacionalista me había educado en un colegio de curas y había cursado el secundario en el Liceo Militar. Había evolucionado hacia posiciones social cristianas más radicalizadas al vincularme a la juventud universitaria católica, especialmente, al padre Carlos Mujica. Por un proceso político, predominantemente intelectual llegué al trotskismo cuando conocí a los compañeros de Palabra Obrera (PO). La compañera no tomaba en cuenta que la polarización de ese sector social era, sin embargo, irreversible. Por ejemplo, de mi misma promoción del Liceo, formaban parte varios militantes comunistas, entre ellos "el Abuelo" Aguirre, que murió en un enfrentamiento como miembro de un grupo armado escindido del PC. También compartí aula con Envar El Kadri, guerrillero peronista y gran amigo. Finalmente, en el otro extremo ideológico, era de nuestra camada Jorge "El Tigre" Acosta, feroz represor durante la dictadura genocida. 

La cuestión es que acepté la propuesta del Partido. A las dos semanas del golpe estaba reinscripto en cuarto año de la Facultad de Medicina y a fines de abril aprobé mi primer examen. Nada más oportuno. El 7 de mayo una resolución del rectorado dejaba afuera de la universidad a quienes no hubieran aprobado un examen en los últimos dos años. 

Todo 1976 y 1977 los pasé estudiando como tarea central. Junto con esa tarea, atendía familiares de nuestros presos y desaparecidos. Su atención fue una tarea muy importante para el Partido y la tomaba centralmente la dirección nacional. Por ejemplo, cuando un comando secuestró en el lugar de trabajo a un compañero y una compañera del partido de la fábrica BTB-SKF donde había trabajado, me convocó la dirección para integrar un equipo de tres compañeros con Eduardo Páez y Mariana, para ayudar a los familiares. Primero averiguar dónde estaban recluidos; después, tratar de que la autoridad los reconociera y, finalmente, enviarles comida y ropa para que, al ser aceptadas, constara que ahí estaban.

Al mismo tiempo apoyar a los familiares para que hicieran todas estas tramitaciones: el habeas corpus, las presentaciones ante los organismos de derechos humanos y mucho más. Bajo la dirección de Nora Ciapponi hicimos un equipo para esta tarea que abarcó a muchos presos partidarios. Cada visita a un familiar podía llevarme una tarde: tomar uno o dos colectivos de ida y vuelta. Me mantenía haciendo guardias mal pagas en salas y clínicas menores. En los años '70 un estudiante avanzado de medicina podía hacer guardias, no te exigían estar graduado.

En abril de 1976 secuestraron en Mar del Plata -donde vivía- a mi amigo y compañero de facultad Pablo Trejo Vallejos. Pablo había sido candidato del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) en las elecciones de 1973, lo que bastaba para ser sospechoso. Al mes lo largaron después de desvalijarle absolutamente su vivienda. El partido le planteó que se fuera de la ciudad, pero él no quiso, dudaba. En setiembre vino a Buenos Aires y nos vimos. Fue la última vez que lo vi. En marzo de 1977 fue secuestrado -al parecer por la Marina-, esta vez en forma definitiva. 

Recibirme no era sólo una cuestión personal, también era una tarea partidaria encomendada por la dirección. Así lo sintieron mis compañeros de equipo que al notar que estaba dejando pasar algunas fechas de examen sin rendir, plantearon el tema. Se discutió formalmente mi actitud y se me emplazó -bajo amenaza de sanciones- a rendir examen. Obviamente, no me quedó más que acatar y así en abril de 1978 -a los dos años del golpe- rendí mi último examen y, una vez graduado, se abrió una nueva etapa no solo en mi militancia sino en mi vida.

La militancia en la social democracia 1978-1979

En 1978 tuve mi quinta mudanza desde el golpe. Esta vez no fue por seguridad, sino por ampliación ya que hice pareja con Olga, quien tenía un hijo de seis años y una nena de tres. Vivimos un año en San Fernando, donde ambos trabajábamos. Mi área de militancia no tenía límites porque pasé a atender contactos profesionales y antiguos socialistas de todo el conurbano y aun de Capital. En una de esas interminables travesías me encontré casualmente con el Cabezón Silva. Fue la alegría de encontrar a un compañero a pesar del tabicamiento estricto que cumplíamos a rajatabla. A él o a mí podrían estar siguiéndonos. Nos sentamos en el mismo asiento de la Costera y dialogamos por lo bajo. Nos despedimos sin saludarnos y volvimos a vernos recién en 1983. Lo mismo me pasó con el Gordo Mendoza que en un trayecto compartido de colectivo me demostró con números por qué era más económico tener un Citroën para ese tipo de militancia que el transporte público.

Era una militancia de atención política, de crítica e información de los hechos de la dictadura y de la situación internacional. Mensualmente pasábamos el periódico que se llamaba Opción Socialista. Transportarlo era un arte de enmascaramiento porque había retenes militares en los que te revisaban lo que llevabas. Yo los doblaba como prospectos médicos y los metía en las cajas de cartón de los remedios a las que llevaba en bolsas transparentes para que se viera bien el contenido y no se estimulara la curiosidad del esbirro de turno a revisarla. El Partido trataba de superar el aislamiento de los elementos más conscientes de la clase obrera mediante reuniones, grupos de estudio y como mínimo, asados y eventos sociales. Las reuniones puramente políticas eran casi operativos militares por la necesidad de precisión en la secuencia de entrada y, después, de salida; por el camuflaje que era generalmente una comida, un festejo donde no podía faltar música para que no permitiera escuchar las conversaciones. 

En marzo de 1979 debimos mudarnos nuevamente, esta vez por seguridad. Olga le pasaba Opción a una compañera que se mostraba políticamente muy interesada. Un día le pidió si yo podía justificarle una inasistencia. Lo hice, con lo cual dispuso de todos mis datos: matrícula nacional y provincial, domicilio legal y mi firma que estaba legalizada en todos los registros civiles de la provincia. Días después la invitó a tomar el té a su casa -como agradecimiento- y le presentó a su marido: era comisario de la zona de Pacheco. La dirección del partido interpretó que nos estaban avisando que nos tenían “relojeados”, que si hubieran querido nos metían en cana, pero que nos dejaban correr… por ahora. Por lo tanto, sin apuro y con el mayor sigilo, debíamos mudarnos y nos sugirieron que por las tareas que tendría en perspectiva nos estableciéramos en Capital.

Así fue como la sexta mudanza me llevó a un departamento antiguo, sin agua caliente, en una PH de Flores, Implicó también un cambio de trabajo. Conseguí una guardia en la Clínica Modelo de Morón y al mismo tiempo presenté los papeles para postularme a un cargo en el hospital provincial de Haedo. En la clínica privada no tuve problemas, pero para mi sorpresa del hospital me devolvieron los antecedentes sin evaluarlos siquiera. Décadas después, al obtener mi prontuario de los “servicios” por intermedio de la Comisión Provincial de la Memoria, descubrí que tenía vedado mi acceso a la administración pública por “marxista trotskista”. Olga, en cambio, pudo ubicarse en una escuela de doble jornada.

También ese año comenzó a delinearse con más precisión mi militancia partidaria. El partido alcanzó un acuerdo con el dirigente socialista rosarino Rubén Visconti para lograr algún tipo de cobertura legal que nos permitiera desarrollar nuestra actividad política. Este acuerdo pasaba por que un equipo de militantes formara parte de la Confederación Socialista que, bajo la figura convocante de la Dra. Alicia Moreau de Justo, -ícono del socialismo reformista- reunía en ese momento además de Visconti, al dirigente docente Alfredo Bravo y los restos dispersos de la socialdemocracia no gorila. Tenía la ventaja, además, que los militares la toleraban para disminuir la presión internacional de Jimmy Carter y los gobiernos europeos donde existían poderosos partidos socialdemócratas. Es bueno recordar que el imperialismo norteamericano apoyaba completamente a la dictadura en su política económica y en el aplastamiento de la clase obrera, pero como venía de la derrota de Vietnam en 1975, el gobierno de Carter presionaba a los militares argentinos a que cuidaran más las formas.

Esa contradicción, que habilitaba la existencia de ese grupo socialista reformista legal, permitía al partido tantear la posibilidad de ampliar el contacto con el incipiente movimiento de masas. Así, ingresamos a la Confederación Socialista, un equipo dirigido por el Negro Luis Robles, Pablo Visconti, hijo de Rubén, también era de la dirección del equipo. El resto éramos Olga Fagundez, Marcela Delannoy, Lidia Salazar, Pancho Carrera y Rosa Grimberg.

Nuestro equipo estaba tabicado del resto del partido y tratábamos de no mezclar las actividades. En cada entidad, desde las fábricas hasta los artistas, en la que hubiera una actividad de resistencia había compañeros nuestros clandestinos, muchas veces desconocidos entre sí, lo que conducía a situaciones graciosas. Una vez la Confederación Socialista hizo una reunión con los organismos de derechos humanos. Informé en mi equipo que había un abogado del CELS de apellido Zamora que me parecía muy piola como se planteaba frente a la dictadura y que había que tenerlo en cuenta. El responsable me respondió que era un militante del partido. A su vez Luis informó de la misma reunión en su equipo y dijo que en la Confederación había un médico muy piola de apellido Saccone…

La creación de la COPEDE: acciones públicas contra la dictadura 1980-1981

A principios de 1980 entró en crisis la economía del país basada en los bancos y las financieras, con la industria nacional reducida a su mínima expresión. El hundimiento de los mayores grupos financieros del país (Trozzo, Greco, Sasetru), la espectacular fuga de divisas, la quiebra de la famosa política monetarista con sus “tablitas” que mantenían deprimido el dólar en relación a la moneda nacional, la disparada incontrolable de la divisa norteamericana, la inflación vertiginosa, mostraron el fracaso absoluto de la política económica de Videla-Martínez de Hoz, agentes directos de los financieros imperialistas y nacionales.

La clase media, que había medrado y paseado como turista por todo el planeta gracias a las migajas que le tiraba la patria financiera de la millonada que sacaba de la súper explotación de los trabajadores y de la rapiña del país, se encontró, de un día para el otro, con que se le había acabado la “plata dulce”. Los mismos que habían cerrado los ojos y los oídos ante el genocidio -porque les brindaba orden y seguridad para disfrutar en paz el festín- se fueron convirtiendo en encolerizados opositores a la dictadura.

Dentro de las Fuerzas Armadas y siempre dentro de la más férrea unidad para mantener aplastado al movimiento obrero en general, se acentuaron divisiones preexistentes: un sector quería respetar más las formas democráticas y otro, seguir pasándolas por arriba, como lo venían haciendo. Entre otras atrocidades, en diciembre del ’78 -presuntamente la Marina- asesinó a Elena Holmberg, diplomática de carrera y de la más rancia oligarquía, prima hermana del general Lanusse. Acciones de barbarie fascistoide como ésta, horrorizaban a la clase media despertando mucha indignación, incluso entre los mismos partidarios de la dictadura.

Las luchas, las resistencias se fueron dando entonces fragmentadas y por objetivos parciales, aunque todos ellos provocados por el régimen militar. Se peleaba por problemas económicos en las fábricas, en resistencia al hundimiento de las economías regionales, contra la eliminación de carreras y arancelamiento en las universidades, protestando contra la censura entre los intelectuales y artistas, reclamando por los desaparecidos entre sus familiares y por odio general contra el régimen asfixiante de la dictadura. En todos estos movimientos estaban instalados nuestros militantes ayudando a su desarrollo. 

El más importante era el de los derechos humanos que -peleaba por la aparición con vida de los desaparecidos, por el blanqueo de los detenidos en campos de concentración y por la libertad de los presos políticos ya reconocidos- se canalizaba a través de instituciones que el régimen se veía obligado a tolerar con distintos grados de legalidad y sometiéndolos a vigilancia, hostigamiento e infiltración constante: las Madres de Plaza de Mayo, la APDH, el CELS y otras instituciones como iglesias de distintas confesiones -entre ellas sectores minoritarios de la iglesia católica- que fueron ganado creciente simpatía en amplios sectores de la población.

En el ámbito de la cultura y el arte se fundó en 1980 el movimiento de Teatro Abierto que permitió expresar en el Teatro del Picadero -convertido en su sede- a los autores censurados que no tenían donde representar sus obras. Encabezado por Osvaldo Dragún, Tito Cossa y otros autores también nucleaba actores y actrices entre ellos Rita Cortese. Paralelamente se fueron desarrollando movimientos semejantes como Música Abierta, Danza Abierta y otras expresiones artísticas y culturales.

En el ámbito de la educación en general y particularmente la universidad, la medida más resonante fue la disposición del 20 de diciembre de 1979 que ordenaba cerrar la Universidad Nacional de Luján. El cierre fue resistido por los estudiantes, docentes y parte de la comunidad y desató una reanimación del estudiantado universitario -venía “planchado” desde la época de Ivanisevic (1974)- que se extendió a la UBA y otras. El ministro de Educación Llerena Amadeo, un abogado católico retrógrado y clerical instaló un control ideológico medieval de la educación evidenciado en la cruzada contra las ciencias sociales, la censura de contenidos y la prohibición de textos que fue enfrentando cada vez más a la clase media instruida con la dictadura. La gota que colmó el vaso fue quizá cuando el Consejo Nacional de Educación consideró prohibir la enseñanza de la matemática moderna haciendo lugar a la denuncia de otro abogado católico que planteaba que el concepto de “conjuntos” era de origen marxista y llevaba al relativismo moral.

En ese marco, se abrió la oportunidad para nosotros, cuando el arancelamiento universitario establecido por la nueva ley despertó una gran indignación estudiantil y fue muy criticada tanto por los radicales como incluso los liberales. Fue entonces que el partido decidió impulsar acciones contra esta medida. A instancias de Rubén Visconti, la Confederación Socialista convocó a la formación de una Comisión Permanente en Defensa de la Educación que se conformó a mediados de 1980 encabezada por destacadas figuras del ámbito de los derechos humanos: el ya mencionado dirigente docente Alfredo Bravo, José Westercamp que era profesor de la facultad de Ciencias Exactas, liberal de derecha pero que tenía un hijo desaparecido, Emilio Mignone, que fue interventor de la universidad de Lujan cuando la dictadura de Onganía, ligado a la Iglesia, pero con una hija desaparecida, y Augusto Conte Mc Donnell, líder de la Democracia Cristiana, de la derecha democrática, también con una hija desaparecida. Ellos eran figuras que habían formado el CELS, con cobertura de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Amnesty International, Oxfam y otras ONGs internacionales.

La primera tarea fue publicar una solicitada en Clarín y nos pusimos a juntar las firmas. Nuestro equipo fuimos los organizadores de esa unidad de acción antidictatorial siendo yo -de facto- una especie de secretario general político de la Comisión. Mi tarea consistió -junto con los otros compañeros del partido- en enhebrar las personalidades que sustentaran este acuerdo político antidictatorial. Fui visitando -como los demás compañeros- a diferentes personajes; empecé por Alfonsín que me recibió con Armendáriz, Germán López y Roulet, la plana mayor radical que tres años después estarían todos en el gobierno. En esa primera reunión quedó acordado el apoyo de ellos no solo a la solicitada sino también a la COPEDE. Alfonsín designó al ingeniero Roulet como contacto con la COPEDE. Con Roulet -cuya esposa sería vice gobernadora de Buenos Aires- nos reunimos un par de veces en su casa para que nos refiriera personalidades de la esfera radical para ir a ver. Como dato anecdótico, en el mismo edificio vivía el general Harguindeguy, ministro del Interior y responsable de la represión genocida. Cada vez que entrábamos un vigilante anotaba nuestros nombres y a quien veríamos. Jamás nos revisaron.

Con Marcela Delannoy y Olga visitamos también a Carlos Fayt, luego ministro de la Corte Suprema, Ricardo Molinas que luego sería Fiscal general de la República y otros que ni me acuerdo. Era un caso de “unidad de acción” con figuras muy pesadas de la burguesía argentina y también con organizaciones internacionales de derechos humanos. La sorpresa vino cuando firmó la CGT en sus dos versiones: el secretario general de la CGT de la Calle Brasil, Ubaldini y Curto de la UOM que encabezaba la CGT Azopardo. También se volcaron obispos católicos, metodistas y evangélicos junto con entidades profesionales además de artistas e intelectuales. Se generó un efecto “bola de nieve” y cada vez firmaba más gente hasta que decidimos cortar la juntada de firmas y publicar. En octubre de 1980 salió en Clarín respaldada por decenas de personalidades, intelectuales, artistas, profesionales, científicos, gremialistas y políticos. Causó un impacto muy importante y fue la primera manifestación pública contraria a una política de la dictadura.

A continuación, realizamos en la Sociedad Central de Arquitectos un panel contra el arancelamiento de las universidades donde participaron algunas de estas personalidades. En el panel estaba anunciado el Ingeniero Constantini, quien me había dado personalmente su adhesión, pero adujo después que “el panel era una reunión con montoneros” y mandó un telegrama bajándose horas antes. En realidad, no había “montoneros”; tampoco peronistas “de izquierda” ni comunistas. Ignoraron la COPEDE. Recién al año siguiente se acercaron los comunistas. Su renuencia a participar se debía a que, por el bloqueo yanqui, la Junta militar le estaba vendiendo trigo a la URSS. En agradecimiento, la diplomacia soviética -incluido el castrismo- no hacía olas en el país y torpedeaba las condenas internacionales a los militares argentinos. Escuchar la onda corta de Radio La Habana en esos años te hacía hervir la sangre de indignación por la tolerancia con la dictadura por parte del castrismo.

Al mes repetimos el panel en Córdoba. El 3er. Cuerpo de ejército se vio obligado a permitir. El partido había organizado muy bien la COPEDE en Córdoba. Ricardo de Titto y demás compañeros lo hicieron a partir de algunas personalidades de la educación local como Rodolfo Barraco Aguirre y Alberto Zapiola, ambos cercanos a movimientos social cristianos, Adelmo Montenegro, ex decano de Filosofía de la Universidad de Córdoba y periodista académico vinculado al tradicional diario La Voz del Interior de raigambre liberal, el arquitecto Rébora, radical y otros como el matrimonio Leguizamón que tenían un hijo asesinado por los militares y dos hijas militantes en nuestro partido. Como representante de la COPEDE primigenia me tocó coordinar el panel. Las gestiones ante la policía -controlada por el 3er Cuerpo- las hizo Raquel Ortolani, una joven bioquímica del partido que también asumió la responsabilidad legal ante el comando y cuyo coraje nuca me cansaré de elogiar. Fue un verdadero impacto en Córdoba porque fue la primera acción pública contra la dictadura después de cuatro años y medio. La presencia de los característicos Ford Falcon en la puerta del salón, en realidad, realzaban la importancia simbólica del acto. En total asistí a tres paneles organizados por la COPEDE en la Docta entre el ‘80 y el ’81. 

También estuve en la reunión inaugural en Rosario donde hablaron Héctor Polino por la Confederación Socialista y Rubén Visconti. Un asado tremendo en que se juntaron más de 200 personas que entonces era un montón. El resultado final de todas las acciones realizadas por el movimiento estudiantil que comenzó a despertar (y de las cuales las nuestras fueron la parte más política) fue que prácticamente la reducción del arancel a un derecho ínfimo a pagar en el caso de tener que repetir el examen por aplazo.

La COPEDE se instaló en Córdoba, Rosario, La Plata y Buenos Aires. Durante 1981 los compañeros la aprovechaban para penetrar en el movimiento estudiantil y organizar la resistencia a la dictadura. En Capital y conurbano convocaban pequeños recitales en clubes barriales con bandas a los que concurrían 200 o 300 estudiantes. En medio del concierto se hacía un espacio para presentarme como secretario de la COPEDE y yo -u otros compañeros de la Comisión- hacía una pequeña arenga contra la política del gobierno cuyas características acordábamos con los compañeros organizadores. También se hicieron eventos en el teatro Bambalinas con las organizaciones de plásticos, teatro y otras expresiones donde estaba presente el partido.

El jueves 27 de febrero de ese año realizamos una gran reunión Sociedad Central de Arquitectos con más de 100 estudiantes organizada por el partido que aprovechaba a fondo la COPEDE para movilizar estudiantes. Apenas empezada apareció la policía a exigir el desalojo del local por amenaza de bomba. Estábamos el Dr. Westerkamp y yo al frente y después de una breve negociación empezamos el desalojo. La policía aceptó retirarse a media cuadra y Westerkamp y yo acompañamos a los estudiantes encolumnados en sentido contrario a la ubicación de la policía hasta la avenida donde se dispersaron. Dejé mi portafolio con periódicos del partido y de la COPEDE en la Sociedad y me fui.

Al día siguiente volvimos con Lidia Salazar a retirar nuestras pertenencias y nos encontramos casualmente con Westerkamp que nos invitó a conocer la nueva oficina del CELS. Aceptamos por compromiso -yo violando mi propia norma de no mezclar las actividades- y subimos. Al rato cayó una patrulla policial con orden judicial de allanamiento junto con el secretario del juzgado; todo en regla. Nos llevaron a todos a los calabozos individuales de Coordinación Federal, nos identificaron y nos hicieron “tocar el piano”. Durante la noche siguieron llenando las celdas. Pasillo de por medio, frente a mí, veía por la pequeña ventanita de la puerta otro detenido que después me enteré que era Marcelo Parrilli. A eso de las 3 me llamaron para interrogarme. El oficial era muy versado en el PST de la época legal. Me tenía claramente identificado con el PST, conocía mi actividad pública constatable por la prensa, pero nada que revelara seguimientos o espionajes. Tenía claridad absoluta sobre las diferencias políticas nuestras con el ERP y los montoneros, pero igual me procesaron, no me acuerdo por qué.

Mi interrogador tenía unas listas manuscritas sobre el escritorio, a través del cual y en forma inversa pude leer; bajo la palabra subrayada “Faltan” se encolumnaban varios nombres: Zamora, Alicia Oliveira y otros que, cuando salí, puse en guardia. A la tarde nos dieron la salida a Lidia, una chica colaboradora del CELS con pasaporte canadiense y a mí. En esas 24 hs la embajada norteamericana y la canadiense habían hablado con el canciller, nuestros compañeros en España habían logrado un pronunciamiento público de Felipe González y, a través de él, de la Segunda Internacional, pidiendo nuestra libertad. Los milicos no estaban ya para soportar tanta presión internacional y decidieron largarnos primero a nosotros tres que no éramos del CELS y a los diez días lo hicieron con el resto de los detenidos en este procedimiento. Fue un golpe frustro contra el CELS. Buscaban algo que les permitiera ligarlos a la actividad guerrillera. 

Ese mismo año se incorporó al equipo Eduardo Díaz de Guijarro, un aporte sustancial que abrió la COPEDE a una cantidad de personalidades, la más importante quizá Gregorio Klimovsky. Eduardo organizó con otros compañeros los cursos de apoyo al ingreso a la universidad totalmente gratuitos para ayudar a los aspirantes a sortear los exámenes de ingreso. Esta actividad fue muy importante para el partido porque permitía el diálogo político con los aspirantes. Muchos profesores jubilados incluso del PC se acercaron a dar clases. También se hicieron en Córdoba.

En 1981 alquilamos una casa donde hacíamos las reuniones, dábamos charlas. A esa altura, la policía ya no molestaba en general; solamente en dos oportunidades nos hizo evacuar porque había una “denuncia de bomba”. Editamos tres números de un boletín llamado “Foro por una Argentina democrática” en el cual escribían colaboraciones críticas de la política de la dictadura las personalidades que habían adherido a la COPEDE. La COPEDE tenía cierto renombre y muchos escritores, historiadores venían a dar charlas. Por ejemplo, estuvo Ricardo Molinas, Klimovsky, Blas Alberti y otros. Un colaborador infatigable era el ingeniero Federico Álvarez Rojas, padre de nuestro compañero desparecido, que nos abría las puertas del mundo académico. A las reuniones abiertas venía un “tira” perfectamente identificable por su pelo cortito y físico de “pato Vicca” que decía llamarse Bauducco y no abría la boca durante toda la reunión.

A mediados de 1981 se formó la Multipartidaria, una alianza de partidos burgueses y el PC para la transición. Era un germen de frente popular en la que nuestro partido no entró. Ahí comenzó a esfumarse muy lentamente la COPEDE. Los radicales y los socialistas fueron alejándose culminando al estallar la guerra de Malvinas el 2 de abril de 1982. El primero en retirarse fue Emilio Mignone, muy vinculado al partido Demócrata y a Edward Kennedy. Le siguió Alfredo Bravo, aunque socialista, estaba ya muy ligado al proyecto de Alfonsín. Una tarde, caminando por Rivadavia, le dije “Alfredo no te parece que es el momento de salir con un partido socialista, independiente de la burguesía, del peronismo y el radicalismo”. Me contestó “No. Hay la salida es rodear a Alfonsín”. Westerkamp siguió con nosotros un tiempo más, pero se retiró al caer la dictadura el 14 de junio de 1982. Como en la película de Ettore Scola “Nos habíamos amado tanto”, la unidad de acción desapareció junto con la dictadura que la había generado.

Malvinas y el surgimiento del MAS (1982)

La crisis de la dictadura siguió “in crescendo” durante 1981. En noviembre la CGT Brasil con Ubaldini organizó una marcha desde la iglesia de San Cayetano para pedir trabajo al popular santo que resultó multitudinaria y empezó a oírse el estribillo “Pan y trabajo, la dictadura abajo”. En diciembre la Junta reemplazó al general Viola como presidente y subió Galtieri. Poco antes de Navidad las Madres de Plaza de Mayo hicieron un ayuno en la catedral de Quilmes y miles de personas fuimos a homenajearlas. No conocía a ninguna de ellas así que me acerqué a una de las Madres, completamente al azar, me presenté y me puse a su disposición. Resultó ser Nora Cortiñas, que vivía cerca de la Clínica donde trabajaba. Desde entonces nos seguimos encontrando en las luchas durante décadas.

En febrero de 1982 un grupo de tareas asesinó a nuestra compañera Ana María Martínez. Un crimen producto de la barbarie fascistoide que ya no respondía a la orientación oficial de la dictadura cuyos funcionarios trataron de diferenciarse pública y claramente del brutal hecho. La dirección del partido consideró que, dada mi actividad pública, contradictoriamente mi casa era el refugio más seguro para José Luis -el compañero de Ana María- y estuvo alojado unas cuantas semanas con nosotros hasta que el partido lo llevó a un lugar donde pudiera llevar una vida normal.

En marzo el deterioro político de la dictadura había alcanzado su máximo. El partido había crecido en la clandestinidad y necesitaba aprovechar los resquicios democráticos que las masas iban ganando, para seguir empujando las luchas contra la dictadura y continuar creciendo. Como parte de la preparación del terreno para una irrupción pública, la dirección me asignó la tarea de visitar dirigentes y personalidades políticas para hacer dos preguntas, algo así como ¿cuál es su opinión sobre la aparición de un partido de extrema izquierda legal? y ¿cree que hay plafón para que esto suceda? El partido necesitaba salir a la luz para tener el contacto directo con las masas, pero no de manera intempestiva. Hacía solo un mes que habían secuestrado y asesinado cruelmente a una compañera. No conocíamos las internas militares ni las bandas de torturadores y asesinos que al debilitarse la dictadura podían adquirir dinámicas imprevisibles. Había que estudiar el terreno. Empecé por el marido de una prima que era redactor de política de La Nación. Me citó en el diario y hablamos brevemente. Era el 29 de marzo en vísperas del primer paro de la CGT y estaba muy nervioso, pero su respuesta fue categórica “todo depende del paro de la CGT y lo que pase en los próximos días”. Claro, en los días siguientes, además del paro, fue el desembarco en Malvinas y la situación nacional cambió. 

Arrinconada ya por el repudio popular, la dictadura cometió dos errores que terminaron hundiéndola. Pensó que Gran Bretaña dejaría que Argentina reocupara las Malvinas, cosa que no sucedió y toda la NATO operó a favor de su aliado. Creyó que ganaría popularidad y desató una gran movilización obrera y popular que terminó llevándosela puesta. El 10 de abril se realizó una enorme concentración en la Plaza de Mayo en apoyo a la recuperación de las islas. En la desconcentración, los militantes del PST dispersos en los distintos movimientos populares convergentes en la Plaza armaron una columna que recorrió unas cuadras con un cartel rudimentario que decía PST.

Durante la guerra de Malvinas se vivía una casi plena legalidad, la represión disminuyó en su intensidad. Fueron liberados nuestros pesos simbólicos: el “Petiso” Páez y el “Pelado Matosas”, que inmediatamente se ofrecieron para ir a Malvinas. La COPEDE como tal había dejado de existir. Rescindimos el alquiler del local y nos orientamos a hacer actividades en torno a la guerra. Por ejemplo, dábamos cursos de primeros auxilios en el local de la Cruz Roja argentina y comprometimos a médicos y enfermeras para esta tarea. Mientras tanto continuba con mi plan de entrevistas viendo a Oscar Alende y Guillermo Frugoni Rey de la Democracia Cristiana.

El 25 de mayo fui a La Plata a entrevistar a Cipriano Reyes, legendario dirigente de los frigoríficos y fundador del partido Laborista que le proporcionó a Perón el instrumento legal que lo llevó a la presidencia en 1945, sello que aún poseía. La pregunta para él era distinta: si estaba dispuesto a un acuerdo con nuestra corriente para presentar un partido obrero y socialista, independiente de la burguesía. En esa época tenía algo más de 80 años y estaba perfectamente lúcido. Había publicado “Yo hice el 17 de octubre” algo que era cierto, aunque algo exagerado. Su respuesta fue diplomática y lo tomamos como elegante negativa. Estaba con Pancho Carrera y afuera nos esperaba Olga con nuestra hija Flavia de 2 años.

Mis tareas pasaron a ser full time las entrevistas políticas con el Negro Robles y Enrique Broquen. Así nos reunimos sucesivamente con Leónidas Saadi, Raul Matera, Italo Luder y Arturo Frondizi, claro que no era para hacerles propuestas sino para poder tener una caracterización fina de la situación de las posibilidades de formar un partido legal. Distinta fue la entrevista con Reyes y otros viejos dirigentes obreros peronistas y socialistas, entre ellos recuerdo a uno de nombre Caupolicán que fuimos a ver en Rosario. De esas entrevistas y las muchas otras que hacían compañeros del partido se fue sacando la conclusión que las hipótesis de confluir en un partido socialista o un partido obrero independiente de la burguesía no se daban, pero sí se daba la hipótesis de la legalidad para nuestro partido en alianza con personalidades socialistas: un partido socialista de “extrema izquierda” legal. Así fue que en una solicitada del Clarín salió en los primeros días de agosto una convocatoria a formar el Movimiento al Socialismo (MAS) firmada por el famoso escritor Luis Franco, Rubén Visconti, el economista Luis Suárez y mi persona que era la continuidad legal del PST todavía prohibido por la dictadura.



A las 5 de la mañana del miércoles 24 de marzo de 1976, recién duchado, afeitado y listo para salir, estaba ajustándome el nudo de la corbata cuando sonó el teléfono. Era Orlando Mattolini que me avisaba que el golpe de estado estaba en curso y me advertía que no tomara el avión de regreso a Buenos Aires hasta que no se aclararan las cosas. En esa época militaba en la redacción de Avanzada Socialista y había pasado 48 hs en Córdoba entrevistando a los referentes sindicales de ocho de las comisiones internas más combativas de la provincia. Trabajé toda la noche del 23 al 24 desgrabando sus declaraciones destinadas a la doble página central de nuestro periódico. En el aeroparque de Buenos Aires debía entregar el material a un compañero que lo llevaría al lugar clandestino donde se preparaban los originales para la imprenta, de la que esa misma tarde saldría. Pero Avanzada Socialista no salió esa tarde y nunca más. El PST había pasado de la semi clandestinidad con que venía operando desde el ’74 a la clandestinidad completa. Ese atardecer, Orlando y yo tomamos un micro rumbo a Buenos Aires, mezclados en el escaso pasaje, sentados en distintas filas y sin cambiar palabras ni miradas entre nosotros. El bus fue detenido ocho veces en el trayecto y escudriñado con linternas por patrullas militares que cotejaban los documentos con una lista mimeografiada. Cuando, finalmente, bajamos en la Plaza Once, nos despedimos diciendo “no sabemos cuándo nos volveremos a ver”.

El pasaje a la clandestinidad y el tabicamiento fueron casi instantáneos. El partido ya actuaba en la semi clandestinidad desde la masacre de Pacheco como parte de la respuesta al crecimiento exponencial de la acción de los grupos parapoliciales durante el gobierno de Isabel Perón al que se sumaba la amenaza de golpe de Estado por las fuerzas armadas. Esto se hacía tratando de mantener la actividad del partido al máximo posible y de estimular y aprovechar la menor posibilidad de movilización los trabajadores. La redacción de AS se disolvió y se formó otra mucho más reducida y clandestina que probó publicar una pequeña revista semanal que también se vendiera en los kioscos (Cambio), pero no fue viable. Se hizo otra tentativa con una segunda denominada La Yesca que tampoco prosperó. Finalmente, salió Opción Socialista, totalmente clandestina y repartida por los militantes en mano. Mientras que los partidos políticos fueron “congelados”, el PST fue directamente prohibido. Ser del PST era violar una ley. En ese marco, a los pocos días tuve una cita personal con Arturo Gómez, secretario general del partido. Un compañero de aire tranquilo y campechano con una sonrisa característica que eran la expresión visible de su gran agudeza política y excepcional capacidad organizativa.

Los primeros dos años de la dictadura: golpe de timón a mi vida

La propuesta de Arturo, resumiendo con mis palabras, era más o menos así: “se inicia una etapa de varios años de represión y actividad clandestina, vos tenés que reubicarte y en la dirección nacional hemos pensado que sería muy útil para el partido que retomaras tus estudios y te recibieras de médico. El partido está lleno de cuadros obreros y barriales, pero no tenemos profesionales universitarios que puedan moverse con cierta comodidad en la superestructura política de la sociedad y en esta nueva situación que va a durar años, podrías resultar muy necesario”. Lo pensé, y consulté en mi entorno. A los compañeros obreros les resultó muy buena idea y la apoyaron entusiastamente; solo hubo una compañera que me dijo taxativamente “no lo hagas, te vas a aburguesar y te perdemos para el partido”. Acepté, a las dos semanas del golpe estaba reinscripto en 4° año de la Facultad de Medicina y a fines de abril aprobé mi primer examen. Nada más oportuno. El 7 de mayo una resolución del rectorado dejaba afuera de la universidad a quienes no hubieran aprobado un examen en los últimos dos años.

Todo el 1976 y 77 los pasé estudiando como tarea central. Junto con esa tarea, atendía familiares de nuestros presos y desaparecidos. Un tiempo, los secuestrados de la fábrica BTB-SKF donde había trabajado; después, de otros presos partidarios, bajo la dirección de Nora Ciapponi. Cada visita a un familiar podía llevarme una tarde: tomar uno o dos colectivos de ida y vuelta. Me mantenía haciendo guardias mal pagas en salas y clínicas menores. En los años ’70 un estudiante avanzado de medicina podía hacer guardias; no te exigían estar graduado. En abril de 1976 secuestraron en Mar del Plata -donde vivía- a mi amigo y compañero de facultad Pablo Trejo Vallejos. Pablo había sido candidato del PST en las elecciones de 1973 lo que bastaba para ser sospechoso. Al mes lo largaron después de desvalijarle absolutamente su vivienda. El partido le planteó que se fuera de la ciudad, pero él no quiso, dudaba. En setiembre vino a Buenos Aires y nos vimos. Fue la última vez que lo vi. Meses después fue secuestrado -al parecer por la Marina-, esta vez en forma definitiva.

Recibirme no era sólo una cuestión personal, también era una tarea partidaria encomendada por la dirección. Así lo sintieron mis compañeros de equipo que al notar que estaba dejando pasar algunas fechas de examen sin rendir, plantearon el tema. Se discutió formalmente mi actitud y se me emplazó -bajo amenaza de sanciones- a rendir examen. Obviamente, no me quedó más que acatar y así en abril de 1978 -a los dos años del golpe- rendí mi último examen y, una vez graduado, se abrió una nueva etapa no solo en mi militancia sino en mi vida.

La militancia en la social democracia 1978-1979

En 1978 tuve mi quinta mudanza desde el golpe. Esta vez no fue por seguridad, sino por ampliación ya que hice pareja con Olga que tenía un hijo de seis y una nena de tres. Vivimos un año en San Fernando dónde ambos trabajábamos. Mi área de militancia no tenía límites porque pasé a atender contactos profesionales y antiguos socialistas de todo el conurbano y aun de Capital. En una de esas interminables travesías me encontré casualmente con el Cabezón Silva. La alegría de ver a un compañero a pesar de la dificultad para hablar porque la tabicación era estricta y la cumplíamos a rajatabla. A él o a mi podrían estar siguiéndonos. Nos sentamos en el mismo asiento de la Costera y dialogamos por lo bajo. Nos despedimos sin saludarnos y volvimos a vernos recién en el ’83. Lo mismo me pasó con el Gordo Mendoza que en un trayecto compartido de colectivo me explicó con números por qué era más económico tener un Citroën para ese tipo de militancia que el transporte público.

Era una militancia de atención política, de crítica e información de los hechos de la dictadura y de la situación internacional. Mensualmente pasábamos el periódico que se llamaba Opción Socialista. Transportarlo era un arte de enmascaramiento porque había retenes militares en los que te revisaban lo que llevabas. Yo los doblaba como prospectos médicos y los metía en las cajas de cartón de los remedios a las que llevaba en bolsas transparentes para que se viera bien el contenido y no se estimulara la curiosidad del esbirro de turno a revisarla. El partido trataba de superar el aislamiento de los elementos más conscientes de la clase obrera mediante reuniones, grupos de estudio y como mínimo, asados y eventos sociales. Las reuniones puramente políticas eran casi operativos militares por la necesidad de precisión en la secuencia de entrada y, después, de salida; por el camuflaje que era generalmente una comida, un festejo donde no podía faltar música para que no permitiera escuchar las conversaciones.

En marzo de 1979 debimos mudarnos nuevamente, esta vez por seguridad. Olga le pasaba Opción a una compañera que se mostraba políticamente muy interesada. Un día le pidió si yo podía justificarle una inasistencia. Lo hice, con lo cual dispuso de todos mis datos: matrícula nacional y provincial, domicilio legal y mi firma que estaba legalizada en todos los registros civiles de la provincia. Días después la invitó a tomar el té a su casa -como agradecimiento- y le presentó a su marido: era comisario de la zona de Pacheco. La dirección del partido interpretó que nos estaban avisando que nos tenían “relojeados”, que si hubieran querido nos metían en cana, pero que nos dejaban correr… por ahora. Por lo tanto, sin apuro y con el mayor sigilo, debíamos mudarnos y nos sugirieron que por las tareas que tendría en perspectiva nos estableciéramos en Capital.

Así fue como la sexta mudanza me llevó a un departamento antiguo, sin agua caliente, en una PH de Flores, Implicó también un cambio de trabajo. Conseguí una guardia en la Clínica Modelo de Morón y al mismo tiempo presenté los papeles para postularme a un cargo en el hospital provincial de Haedo. En la clínica privada no tuve problemas, pero para mi sorpresa del hospital me devolvieron los antecedentes sin evaluarlos siquiera. Décadas después, al obtener mi prontuario de los “servicios” por intermedio de la Comisión Provincial de la Memoria, descubrí que tenía vedado mi acceso a la administración pública por “marxista trotskista”. Olga, en cambio, pudo ubicarse en una escuela de doble jornada.

También ese año comenzó a delinearse con más precisión mi militancia partidaria. El partido alcanzó un acuerdo con el dirigente socialista rosarino Rubén Visconti para lograr algún tipo de cobertura legal que nos permitiera desarrollar nuestra actividad política. Este acuerdo pasaba por que un equipo de militantes formara parte de la Confederación Socialista que, bajo la figura convocante de la Dra. Alicia Moreau de Justo, -ícono del socialismo reformista- reunía en ese momento además de Visconti, al dirigente docente Alfredo Bravo y los restos dispersos de la socialdemocracia no gorila. Tenía la ventaja, además, que los militares la toleraban para disminuir la presión internacional de Jimmy Carter y los gobiernos europeos donde existían poderosos partidos socialdemócratas. Es bueno recordar que el imperialismo norteamericano apoyaba completamente a la dictadura en su política económica y en el aplastamiento de la clase obrera, pero como venía de la derrota de Vietnam en 1975, el gobierno de Carter presionaba a los militares argentinos a que cuidaran más las formas.

Esa contradicción, que habilitaba la existencia de ese grupo socialista reformista legal, permitía al partido tantear la posibilidad de ampliar el contacto con el incipiente movimiento de masas. Así, ingresamos a la Confederación Socialista, un equipo dirigido por el Negro Luis Robles, Pablo Visconti, hijo de Rubén, también era de la dirección del equipo. El resto éramos Olga Fagundez, Marcela Delannoy, Lidia Salazar, Pancho Carrera y Rosa Grimberg.

Nuestro equipo estaba tabicado del resto del partido y tratábamos de no mezclar las actividades. En cada entidad, desde las fábricas hasta los artistas, en la que hubiera una actividad de resistencia había compañeros nuestros clandestinos, muchas veces desconocidos entre sí, lo que conducía a situaciones graciosas. Una vez la Confederación Socialista hizo una reunión con los organismos de derechos humanos. Informé en mi equipo que había un abogado del CELS de apellido Zamora que me parecía muy piola como se planteaba frente a la dictadura y que había que tenerlo en cuenta. El responsable me respondió que era un militante del partido. A su vez Luis informó de la misma reunión en su equipo y dijo que en la Confederación había un médico muy piola de apellido Saccone…

La creación de la COPEDE: acciones públicas contra la dictadura 1980-1981

A principios de 1980 entró en crisis la economía del país basada en los bancos y las financieras, con la industria nacional reducida a su mínima expresión. El hundimiento de los mayores grupos financieros del país (Trozzo, Greco, Sasetru), la espectacular fuga de divisas, la quiebra de la famosa política monetarista con sus “tablitas” que mantenían deprimido el dólar en relación a la moneda nacional, la disparada incontrolable de la divisa norteamericana, la inflación vertiginosa, mostraron el fracaso absoluto de la política económica de Videla-Martínez de Hoz, agentes directos de los financieros imperialistas y nacionales.

La clase media, que había medrado y paseado como turista por todo el planeta gracias a las migajas que le tiraba la patria financiera de la millonada que sacaba de la súper explotación de los trabajadores y de la rapiña del país, se encontró, de un día para el otro, con que se le había acabado la “plata dulce”. Los mismos que habían cerrado los ojos y los oídos ante el genocidio -porque les brindaba orden y seguridad para disfrutar en paz el festín- se fueron convirtiendo en encolerizados opositores a la dictadura.

Dentro de las Fuerzas Armadas y siempre dentro de la más férrea unidad para mantener aplastado al movimiento obrero en general, se acentuaron divisiones preexistentes: un sector quería respetar más las formas democráticas y otro, seguir pasándolas por arriba, como lo venían haciendo. Entre otras atrocidades, en diciembre del ’78 -presuntamente la Marina- asesinó a Elena Holmberg, diplomática de carrera y de la más rancia oligarquía, prima hermana del general Lanusse. Acciones de barbarie fascistoide como ésta, horrorizaban a la clase media despertando mucha indignación, incluso entre los mismos partidarios de la dictadura.

Las luchas, las resistencias se fueron dando entonces fragmentadas y por objetivos parciales, aunque todos ellos provocados por el régimen militar. Se peleaba por problemas económicos en las fábricas, en resistencia al hundimiento de las economías regionales, contra la eliminación de carreras y arancelamiento en las universidades, protestando contra la censura entre los intelectuales y artistas, reclamando por los desaparecidos entre sus familiares y por odio general contra el régimen asfixiante de la dictadura. En todos estos movimientos estaban instalados nuestros militantes ayudando a su desarrollo.

El más importante era el de los derechos humanos que -peleaba por la aparición con vida de los desaparecidos, por el blanqueo de los detenidos en campos de concentración y por la libertad de los presos políticos ya reconocidos- se canalizaba a través de instituciones que el régimen se veía obligado a tolerar con distintos grados de legalidad y sometiéndolos a vigilancia, hostigamiento e infiltración constante: las Madres de Plaza de Mayo, la APDH, el CELS y otras instituciones como iglesias de distintas confesiones -entre ellas sectores minoritarios de la iglesia católica- que fueron ganado creciente simpatía en amplios sectores de la población.

En el ámbito de la cultura y el arte se fundó en 1980 el movimiento de Teatro Abierto que permitió expresar en el Teatro del Picadero -convertido en su sede- a los autores censurados que no tenían donde representar sus obras. Encabezado por Osvaldo Dragún, Tito Cossa y otros autores también nucleaba actores y actrices entre ellos Rita Cortese. Paralelamente se fueron desarrollando movimientos semejantes como Música Abierta, Danza Abierta y otras expresiones artísticas y culturales.

En el ámbito de la educación en general y particularmente la universidad, la medida más resonante fue la disposición del 20 de diciembre de 1979 que ordenaba cerrar la Universidad Nacional de Luján. El cierre fue resistido por los estudiantes, docentes y parte de la comunidad y desató una reanimación del estudiantado universitario -venía “planchado” desde la época de Ivanisevic (1974)- que se extendió a la UBA y otras. El ministro de Educación Llerena Amadeo, un abogado católico retrógrado y clerical instaló un control ideológico medieval de la educación evidenciado en la cruzada contra las ciencias sociales, la censura de contenidos y la prohibición de textos que fue enfrentando cada vez más a la clase media instruida con la dictadura. La gota que colmó el vaso fue quizá cuando el Consejo Nacional de Educación consideró prohibir la enseñanza de la matemática moderna haciendo lugar a la denuncia de otro abogado católico que planteaba que el concepto de “conjuntos” era de origen marxista y llevaba al relativismo moral.

En ese marco, se abrió la oportunidad para nosotros, cuando el arancelamiento universitario establecido por la nueva ley despertó una gran indignación estudiantil y fue muy criticada tanto por los radicales como incluso los liberales. Fue entonces que el partido decidió impulsar acciones contra esta medida. A instancias de Rubén Visconti, la Confederación Socialista convocó a la formación de una Comisión Permanente en Defensa de la Educación que se conformó a mediados de 1980 encabezada por destacadas figuras del ámbito de los derechos humanos: el ya mencionado dirigente docente Alfredo Bravo, José Westercamp que era profesor de la facultad de Ciencias Exactas, liberal de derecha pero que tenía un hijo desaparecido, Emilio Mignone, que fue interventor de la universidad de Lujan cuando la dictadura de Onganía, ligado a la Iglesia, pero con una hija desaparecida, y Augusto Conte Mc Donnell, líder de la Democracia Cristiana, de la derecha democrática, también con una hija desaparecida. Ellos eran figuras que habían formado el CELS, con cobertura de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Amnesty International, Oxfam y otras ONGs internacionales.

La primera tarea fue publicar una solicitada en Clarín y nos pusimos a juntar las firmas. Nuestro equipo fuimos los organizadores de esa unidad de acción antidictatorial siendo yo -de facto- una especie de secretario general político de la Comisión. Mi tarea consistió -junto con los otros compañeros del partido- en enhebrar las personalidades que sustentaran este acuerdo político antidictatorial. Fui visitando -como los demás compañeros- a diferentes personajes; empecé por Alfonsín que me recibió con Armendáriz, Germán López y Roulet, la plana mayor radical que tres años después estarían todos en el gobierno. En esa primera reunión quedó acordado el apoyo de ellos no solo a la solicitada sino también a la COPEDE. Alfonsín designó al ingeniero Roulet como contacto con la COPEDE. Con Roulet -cuya esposa sería vice gobernadora de Buenos Aires- nos reunimos un par de veces en su casa para que nos refiriera personalidades de la esfera radical para ir a ver. Como dato anecdótico, en el mismo edificio vivía el general Harguindeguy, ministro del Interior y responsable de la represión genocida. Cada vez que entrábamos un vigilante anotaba nuestros nombres y a quien veríamos. Jamás nos revisaron.

Con Marcela Delannoy y Olga visitamos también a Carlos Fayt, luego ministro de la Corte Suprema, Ricardo Molinas que luego sería Fiscal general de la República y otros que ni me acuerdo. Era un caso de “unidad de acción” con figuras muy pesadas de la burguesía argentina y también con organizaciones internacionales de derechos humanos. La sorpresa vino cuando firmó la CGT en sus dos versiones: el secretario general de la CGT de la Calle Brasil, Ubaldini y Curto de la UOM que encabezaba la CGT Azopardo. También se volcaron obispos católicos, metodistas y evangélicos junto con entidades profesionales además de artistas e intelectuales. Se generó un efecto “bola de nieve” y cada vez firmaba más gente hasta que decidimos cortar la juntada de firmas y publicar. En octubre de 1980 salió en Clarín respaldada por decenas de personalidades, intelectuales, artistas, profesionales, científicos, gremialistas y políticos. Causó un impacto muy importante y fue la primera manifestación pública contraria a una política de la dictadura.

A continuación, realizamos en la Sociedad Central de Arquitectos un panel contra el arancelamiento de las universidades donde participaron algunas de estas personalidades. En el panel estaba anunciado el Ingeniero Constantini, quien me había dado personalmente su adhesión, pero adujo después que “el panel era una reunión con montoneros” y mandó un telegrama bajándose horas antes. En realidad, no había “montoneros”; tampoco peronistas “de izquierda” ni comunistas. Ignoraron la COPEDE. Recién al año siguiente se acercaron los comunistas. Su renuencia a participar se debía a que, por el bloqueo yanqui, la Junta militar le estaba vendiendo trigo a la URSS. En agradecimiento, la diplomacia soviética -incluido el castrismo- no hacía olas en el país y torpedeaba las condenas internacionales a los militares argentinos. Escuchar la onda corta de Radio La Habana en esos años te hacía hervir la sangre de indignación por la tolerancia con la dictadura por parte del castrismo.

Al mes repetimos el panel en Córdoba. El 3er. Cuerpo de ejército se vio obligado a permitir. El partido había organizado muy bien la COPEDE en Córdoba. Ricardo de Titto y demás compañeros lo hicieron a partir de algunas personalidades de la educación local como Rodolfo Barraco Aguirre y Alberto Zapiola, ambos cercanos a movimientos social cristianos, Adelmo Montenegro, ex decano de Filosofía de la Universidad de Córdoba y periodista académico vinculado al tradicional diario La Voz del Interior de raigambre liberal, el arquitecto Rébora, radical y otros como el matrimonio Leguizamón que tenían un hijo asesinado por los militares y dos hijas militantes en nuestro partido. Como representante de la COPEDE primigenia me tocó coordinar el panel. Las gestiones ante la policía -controlada por el 3er Cuerpo- las hizo Raquel Ortolani, una joven bioquímica del partido que también asumió la responsabilidad legal ante el comando y cuyo coraje nuca me cansaré de elogiar. Fue un verdadero impacto en Córdoba porque fue la primera acción pública contra la dictadura después de cuatro años y medio. La presencia de los característicos Ford Falcon en la puerta del salón, en realidad, realzaban la importancia simbólica del acto. En total asistí a tres paneles organizados por la COPEDE en la Docta entre el ‘80 y el ’81.

También estuve en la reunión inaugural en Rosario donde hablaron Héctor Polino por la Confederación Socialista y Rubén Visconti. Un asado tremendo en que se juntaron más de 200 personas que entonces era un montón.  El resultado final de todas las acciones realizadas por el movimiento estudiantil que comenzó a despertar (y de las cuales las nuestras fueron la parte más política) fue que prácticamente la reducción del arancel a un derecho ínfimo a pagar en el caso de tener que repetir el examen por aplazo.

La COPEDE se instaló en Córdoba, Rosario, La Plata y Buenos Aires. Durante 1981 los compañeros la aprovechaban para penetrar en el movimiento estudiantil y organizar la resistencia a la dictadura. En Capital y conurbano convocaban pequeños recitales en clubes barriales con bandas a los que concurrían 200 o 300 estudiantes. En medio del concierto se hacía un espacio para presentarme como secretario de la COPEDE y yo -u otros compañeros de la Comisión- hacía una pequeña arenga contra la política del gobierno cuyas características acordábamos con los compañeros organizadores. También se hicieron eventos en el teatro Bambalinas con las organizaciones de plásticos, teatro y otras expresiones donde estaba presente el partido.

El jueves 27 de febrero de ese año realizamos una gran reunión Sociedad Central de Arquitectos con más de 100 estudiantes organizada por el partido que aprovechaba a fondo la COPEDE para movilizar estudiantes. Apenas empezada apareció la policía a exigir el desalojo del local por amenaza de bomba. Estábamos el Dr. Westerkamp y yo al frente y después de una breve negociación empezamos el desalojo. La policía aceptó retirarse a media cuadra y Westerkamp y yo acompañamos a los estudiantes encolumnados en sentido contrario a la ubicación de la policía hasta la avenida donde se dispersaron. Dejé mi portafolio con periódicos del partido y de la COPEDE en la Sociedad y me fui.

Al día siguiente volvimos con Lidia Salazar a retirar nuestras pertenencias y nos encontramos casualmente con Westerkamp que nos invitó a conocer la nueva oficina del CELS. Aceptamos por compromiso -yo violando mi propia norma de no mezclar las actividades- y subimos. Al rato cayó una patrulla policial con orden judicial de allanamiento junto con el secretario del juzgado; todo en regla. Nos llevaron a todos a los calabozos individuales de Coordinación Federal, nos identificaron y nos hicieron “tocar el piano”. Durante la noche siguieron llenando las celdas. Pasillo de por medio, frente a mí, veía por la pequeña ventanita de la puerta otro detenido que después me enteré que era Marcelo Parrilli. A eso de las 3 me llamaron para interrogarme. El oficial era muy versado en el PST de la época legal. Me tenía claramente identificado con el PST, conocía mi actividad pública constatable por la prensa, pero nada que revelara seguimientos o espionajes. Tenía claridad absoluta sobre las diferencias políticas nuestras con el ERP y los montoneros, pero igual me procesaron, no me acuerdo por qué.

Mi interrogador tenía unas listas manuscritas sobre el escritorio, a través del cual y en forma inversa pude leer; bajo la palabra subrayada “Faltan” se encolumnaban varios nombres: Zamora, Alicia Oliveira y otros que me olvidé. Cuando salí en libertad, lo primero que hice fue comunicarlo. A la tarde nos dieron la salida a Lidia, una chica colaboradora del CELS con pasaporte canadiense y a mí. En esas 24 hs la embajada norteamericana y la canadiense habían hablado con el canciller, nuestros compañeros en España habían logrado un pronunciamiento público de Felipe González y, a través de él, de la Segunda Internacional, pidiendo nuestra libertad. Los milicos no estaban ya para soportar tanta presión internacional y decidieron largarnos primero a nosotros tres que no éramos del CELS y a los diez días lo hicieron con el resto de los detenidos en este procedimiento. Fue un golpe frustro contra el CELS. Buscaban algo que les permitiera ligarlos a la actividad guerrillera.

Ese mismo año se incorporó al equipo Eduardo Díaz de Guijarro, un aporte sustancial que abrió la COPEDE a una cantidad de personalidades, la más importante quizá Gregorio Klimovsky. Eduardo organizó con otros compañeros los cursos de apoyo al ingreso a la universidad totalmente gratuitos para ayudar a los aspirantes a sortear los exámenes de ingreso. Esta actividad fue muy importante para el partido porque permitía el diálogo político con los aspirantes. Muchos profesores jubilados incluso del PC se acercaron a dar clases. También se hicieron en Córdoba.

En 1981 alquilamos una casa donde hacíamos las reuniones, dábamos charlas. A esa altura, la policía ya no molestaba en general; solamente en dos oportunidades nos hizo evacuar porque había una “denuncia de bomba”. Editamos tres números de un boletín llamado “Foro por una Argentina democrática” en el cual escribían colaboraciones críticas de la política de la dictadura las personalidades que habían adherido a la COPEDE. La COPEDE tenía cierto renombre y muchos escritores, historiadores venían a dar charlas. Por ejemplo, estuvo Ricardo Molinas, Klimovsky, Blas Alberti y otros. Un colaborador infatigable era el ingeniero Federico Álvarez Rojas, padre de nuestro compañero desparecido, que nos abría las puertas del mundo académico. A las reuniones abiertas venía un “tira” perfectamente identificable por su pelo cortito y físico de “pato Vicca” que decía llamarse Bauducco y no abría la boca durante toda la reunión.

A mediados de 1981 se formó la Multipartidaria, una alianza de partidos burgueses y el PC para la transición. Era un germen de frente popular en la que nuestro partido no entró. Ahí comenzó a esfumarse muy lentamente la COPEDE. Los radicales y los socialistas fueron alejándose culminando al estallar la guerra de Malvinas el 2 de abril de 1982. El primero en retirarse fue Emilio Mignone, muy vinculado al partido Demócrata y a Edward Kennedy. Le siguió Alfredo Bravo, aunque socialista, estaba ya muy ligado al proyecto de Alfonsín. Una tarde, caminando por Rivadavia, le dije “Alfredo no te parece que es el momento de salir con un partido socialista, independiente de la burguesía, del peronismo y el radicalismo”. Me contestó “No. Hay la salida es rodear a Alfonsín”. Westerkamp siguió con nosotros un tiempo más, pero se retiró al caer la dictadura el 14 de junio de 1982. Como en la película de Ettore Scola “Nos habíamos amado tanto”, la unidad de acción desapareció junto con la dictadura que la había generado.

Malvinas y el surgimiento del MAS (1982)

La crisis de la dictadura siguió “in crescendo” durante 1981. En noviembre la CGT Brasil con Ubaldini organizó una marcha desde la iglesia de San Cayetano para pedir trabajo al popular santo que resultó multitudinaria y empezó a oírse el estribillo “Pan y trabajo, la dictadura abajo”. En diciembre la Junta reemplazó al general Viola como presidente y subió Galtieri. Poco antes de Navidad las Madres de Plaza de Mayo hicieron un ayuno en la catedral de Quilmes y miles de personas fuimos a homenajearlas. No conocía a ninguna de ellas así que me acerqué a una de las Madres, completamente al azar, me presenté y me puse a su disposición. Resultó ser Nora Cortiñas, que vivía cerca de la Clínica donde trabajaba. Desde entonces nos seguimos encontrando en las luchas durante décadas.

En febrero de 1982 un grupo de tareas asesinó a nuestra compañera Ana María Martínez. Un crimen producto de la barbarie fascistoide que ya no respondía a la orientación oficial de la dictadura cuyos funcionarios trataron de diferenciarse pública y claramente del brutal hecho. La dirección del partido consideró que, dada mi actividad pública, mi casa era el refugio más seguro para José Luis -el compañero de Ana María- y estuvo alojado unas cuantas semanas con nosotros hasta que el partido lo llevó a un lugar donde pudiera llevar una vida normal.

En marzo el deterioro político de la dictadura había alcanzado su máximo. El partido había crecido en la clandestinidad y necesitaba aprovechar los resquicios democráticos que las masas iban ganando. Como parte de la preparación del terreno para una irrupción pública, la dirección me asignó la tarea de visitar dirigentes y personalidades políticas para hacer dos preguntas, algo así como ¿cuál es su opinión sobre la aparición de un partido de extrema izquierda legal? y ¿cree que hay plafón para que esto suceda? El partido necesitaba salir a la luz para tener el contacto directo con las masas, pero no de manera intempestiva. Hacía solo un mes que habían secuestrado y asesinado cruelmente a una compañera. No conocíamos las internas militares ni los bandas de torturadores y asesinos que al debilitarse la dictadura podían adquirir dinámicas imprevisibles. Había que estudiar el terreno. Empecé por el marido de una prima que era redactor de política de La Nación. Me citó en el diario y hablamos brevemente. Era el 29 de marzo en vísperas del primer paro de la CGT y estaba muy nervioso, pero su respuesta fue categórica “todo depende del paro de la CGT y lo que pase en los próximos días”.  Claro, en los días siguientes, además del paro, fue el desembarco en Malvinas y la situación nacional cambió.

Arrinconada ya por el repudio popular, la dictadura cometió dos errores que terminaron hundiéndola. Pensó que Gran Bretaña dejaría que Argentina reocupara las Malvinas, cosa que no sucedió y toda la NATO operó a favor de su aliado. Creyó que ganaría popularidad y desató una gran movilización obrera y popular que terminó llevándosela puesta. El 10 de abril se realizó una enorme concentración en la Plaza de Mayo en apoyo a la recuperación de las islas. En la desconcentración, los militantes del PST dispersos en los distintos movimientos populares convergentes en la Plaza armaron una columna que recorrió unas cuadras con un cartel rudimentario que decía PST.

Durante la guerra de Malvinas se vivía una casi plena legalidad. Rescindimos el alquiler del local y nos orientamos a hacer actividades en torno a la guerra. Por ejemplo, dábamos cursos de primeros auxilios en el local de la Cruz Roja argentina y comprometimos a médicos y enfermeras para esta tarea. La COPEDE como tal había dejado de existir. Continué mi plan de visitas entrevistando a Oscar Alende, Guillermo Frugoni Rey de la Democracia Cristiana con respuesta favorable.

El 25 de mayo fui a La Plata a entrevistar a Cipriano Reyes, legendario dirigente de los frigoríficos y fundador del partido Laborista que le proporcionó a Perón el instrumento legal que lo llevó a la presidencia en 1945, sello que aún poseía. La pregunta para él era distinta: si estaba dispuesto a un acuerdo con nuestra corriente para presentar un partido obrero y socialista, independiente de la burguesía. En esa época tenía algo más de 80 años y estaba perfectamente lúcido. Había publicado “Yo hice el 17 de octubre” algo que era cierto, aunque algo exagerado. Su respuesta fue diplomática y lo tomamos como elegante negativa. Estaba con Pancho Carrera y afuera nos esperaba Olga con nuestra hija Flavia de 2 años.

Mis tareas pasaron a ser full time las entrevistas políticas con el Negro Robles y Enrique Broquen. Así nos reunimos sucesivamente con Leónidas Saadi, Raul Matera, Italo Luder y Arturo Frondizi, claro que no era para hacerles propuestas sino para poder tener una caracterización fina de la situación de legalidad. Distinta fue la entrevista con Reyes y otros viejos dirigentes peronistas y socialistas, entre ellos recuerdo a uno de nombre Caupolicán que fuimos a ver en Rosario. De esas entrevistas y las muchas otras que hacían compañeros del partido se fue sacando la conclusión que las hipótesis de un partido socialista y un partido obrero independiente no se daban, pero sí se daba la hipótesis de un partido socialista de “extrema izquierda” legal. Así fue que en una solicitada del Clarín salió en los primeros días de agosto una convocatoria a formar el Movimiento al Socialismo (MAS) firmada por el famoso escritor Luis Franco, Rubén Visconti, el economista Luis Suárez y mi persona que era la continuidad legal del PST todavía prohibido por la dictadura.

Buenos Aires, 11 de marzo de 2026

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