TESTIMONIO DE HÉCTOR JOSE PAEZ (Extractos de la entrevista realizada para Archivos de la Memoria de Córdoba en 2009)
Vengo de una familia peronista. Mi padre y mi madre lo eran, pero mi visión era un poco más hacia la izquierda. Un poco por contacto con mi primo José Francisco Páez, que fue dirigente del SITRAC que me traía a veces materiales. Me fue llevando hacia la izquierda hasta el año 73, que ya me incorporé al PST.
Lo planteos eran que participáramos o intentáramos entrar a lugares de trabajo determinados y entonces a partir de ahí militar. Por eso me incliné a entrar a la FIAT. Teníamos una dirección sindical, la clásica. Nosotros tratábamos de generar elecciones de delegados en las líneas en las que no hubiera y de que un poco la Comisión Interna escuchara los reclamos que había en la fábrica. Me afilié a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y conseguimos, a través de asambleas generales, arrancar que concedieran elecciones. Ahí salí elegido y estuve así hasta mediados del 76.
En ese transcurso se da todo: un movimiento sindical de carácter más clasista, que era lo que se dio en llamar la Mesa de Gremios de Lucha. En ella participaban los trabajadores de la fábrica Perkins, la Comisión Interna de Grandes Motores Diesel (GMD), el departamento de Capital del sindicato docente UEPC, el sindicato de prensa. Es decir, había una serie de sindicatos menores que habían organizado una corriente, digamos, paralela a la Confederación General del Trabajo (CGT). Para tratar de presionarlos y por la lucha sindical; por todos los temas de carácter salarial que se dieron en el momento del Rodrigazo del año 75. Íbamos a esta mesa o a este organismo que se potencia porque consigue generar movilizaciones importantes con la gente de Ika Renault, que era una fábrica de miles de trabajadores. Recuerdo concretamente un par de marchas. Realmente movilizamos desde Ferreira con las distintas fábricas (…). Y generamos una muy grande entre todos. Recuerdo que para el Rodrigazo se reunieron casi 20.000 personas en la plaza de La Paz, respondiendo a un llamado de la Mesa. Y ahí estuve participando, durante ese periodo del 73 hasta mediados del 76, que es cuando me detienen.
El clasismo había arrancado ya desde un poco antes. Había sectores como Sitrac-Sitram, el sindicato de fábrica de la FIAT Concord y la Materfer, Luz y fuerza, el SMATA de René Salamanca. Y había otras grandes concentraciones fabriles que no estaban representadas porque estaban muy, digamos, manejadas o controladas por las distintas organizaciones adherentes a la CGT, las 62 organizaciones y todo eso. Entonces el clasismo, a mi juicio, era un movimiento reivindicativo en lo democrático. Y en lo económico, pero esencialmente democrático. Es decir, por el modo de participación que imprimía, en el cual las decisiones eran todas de las asambleas generales de las fábricas y apuntaban un poco a seguir, a darle continuidad a las luchas. Si bien era fuerte, había quedado solo Luz y fuerza y SMATA. En el 71 Sitrac-Sitram había sido descabezado por completo, con casi toda la gente que había participado, despedida. Entonces esto era un poco volver a nuclear a esa gente y algunos otros menores como prensa y el caucho; y tener posiciones más llamémosle, de izquierda.
Dentro de los reclamos generales, pero esencialmente lo más importante, era el factor democrático. Es decir, la participación de quienes un poco podían dirigir o dirigían lugares de trabajo a través de asambleas, a través de la creación de organismos que representaron realmente los intereses, aunque sea parcialmente, de los sectores fabriles. Especialmente eso. Hablamos de clasismo en contraposición a lo que es, o siempre ha sido, la dirección sindical clásica. No podemos llamarlo de otra manera, pero le llamamos clásica, sí.
Al interior de la FIAT no tuvimos el control de la fábrica en sí, sino control de los llamamientos a asamblea. Arrancar asambleas cuando considerábamos que había algún tema concreto, que se estaba dejando pasar y que era importante y que nos atañaba directamente. Entonces íbamos en ese sentido. Era muy positivo, y la participación de la gente era muy buena. Recuerdo cuando salíamos en marcha. Salía toda la fábrica en su conjunto. Procurábamos que la dirección de la Comisión Interna estuviera con nosotros, aunque ellos no querían venir, pero se lo votábamos en asamblea. Hacíamos votar en asamblea que la Comisión Interna estuviera a la cabeza de la marcha que nosotros llevábamos a cabo y entonces tenían que participar. Había roces fuertes. Pero en el ámbito privado participábamos de las reuniones del Cuerpo de Delegados. Claro, ellos eran mayoría y entonces (…) llegábamos a algunas situaciones bastante complicadas, difíciles. Pero lo que hace al conjunto de los trabajadores la aceptación era mayoritaria con nuestra propuesta. Era muy buena.
Yo relacionaba mi tarea sindical con la política. Es decir, mi ingreso o mi entrada a trabajar en la FIAT había sido parte de una tarea militante que mi organización, el PST, planteaba. Teníamos que entrar a lugares de trabajo donde pudiéramos desarrollar nuestra actividad sindical y, a su vez, nuestra actividad política. Era complementario, ninguno sin lo otro. Tratando de sacar el tiempo, pero complementario. Es decir, lo que tenía era un reconocimiento de parte del activismo y de algunos compañeros, a lo mejor más de base, que sí sabían dónde yo estaba. Pero eso no era que yo hablara en nombre de tal o cual partido, porque era una actividad sindical, aunque supieran que pertenecía a tal o cual organización. A mi juicio a veces es contraproducente. Por los compañeros de la fábrica; por ese prejuicio a lo político.
La idea principal del Partido seguía siendo el socialismo, la toma del poder por la clase obrera. Serían los puntales de una Revolución socialista. Superando lo existente, es decir el ámbito democrático y todo esto. Y en los planteos para la consecución de ese objetivo sería la participación de los militantes en los distintos frentes de trabajo, en distintos lugares; en todas las organizaciones de carácter popular, para tratar de llevarlas hacia posiciones cada vez más radicales, que cuestionaran permanentemente al sistema. Mucho más,no porque son tres o cuatros objetivos muy concretos y luego toda la actividad en cualquier frente, que esté un poco la intención de conducir hacia ese objetivo. Participar también en las batallas electorales. Pues yo decía, como parte del crecimiento de la organización, participamos en los distintos eventos electorales para tratar de decir, acercar, sobre todo dar a conocer cuáles son las ideas acerca del socialismo.
Yo en el partido era militante de base. Participé en algunos congresos como delegado. Pero mis tareas sindicales eran lo esencial, porque estaba en un frente obrero. Y luego lo que sería el proselitismo, digamos, con vecinos, con amigos, con gente, contactos; la venta de la prensa, el acercamiento de aquellas personas que consideraba hacia la organización. Esencialmente a la discusión política. Asistir a charlas y cursos sobre economía, dándole cimiento a esa idea vaga de la izquierda que uno tiene y que a lo mejor a veces no sabe. Entonces esta organización siempre ha tenido esa preocupación, que sería lo que podríamos llamar -o que se llamaba y que se llamará- la formación de cuadros. Y sobre todo por la extracción mía: mis estudios terminaron en el primario. Es decir que la visión que a lo mejor podía llegar a tener de determinadas cosas era muy, muy limitada. Entonces este partido promocionada permanentemente una o dos escuelas al año, cursos para ir avanzando en la conciencia.
El golpe cívico-militar y el clima en la fábrica
La época del golpe. Era algo que parecía que estaba cantado, aunque tuvimos muchas dudas sobre si se daría o no. Cuando se dio, estuve una semana sin ir a trabajar. Y luego ya volví a la fábrica. Tenía un médico de la planta dentro, tenía mucha fe y él me firmaba cuatro o cinco días, si podía ir a trabajar, cuatro o cinco días y así hasta a ver qué pasaba.
A la semana del golpe tuve una situación muy comprometida. Estos sectores sindicales burocráticos nos responsabilizaban un poco del golpe a nosotros. Decían: "con tanto lío, con tanta huelga, ustedes han provocado que los milicos den el golpe de Estado". Fue comprometida porque tres o cuatros de ellos que se fueron a las manos, nos patotearon a dos, nos rompieron la ropa.
El secuestro en 1976
Era un jueves 13 de mayo y serían alrededor de las 18:30. Tenía un pequeño portafolio en el cual llevaba el volante de la mesa del gremio de Newton. Se me acercaron. En este caso -eran dos policías de civil-, se me ponen uno a cada lado y me piden la documentación. Le entregué entre ella el carnet de FIAT. Y dicen "Apa, ¿qué tiene que ver con José Páez?". Le respondí; "Es mi primo". Me piden que les entregue el pequeño portafolio y sacan un volante que tenía adentro.
En ese momento llega mi compañero, el Gringo. Se acerca y dice: "¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?". Le contestan: "Deme su documentación", y él, claro, con un poco de ingenuidad porque vino a intervenir sin tener nada encima. Van al coche a buscar los documentos y cuando levantan el asiento para hacerme entrar en un Fiat 600, abajo estaba todo lleno de material del Partido: libros, el periódico, todo lo que se iba editando. En ese momento como que se ponen en estado de máxima alerta, porque incluso uno saca una pistola, y ahí nomás me empuja para adentro y nos traen hasta el que está en la puerta de la D2.
El cabildo, la D2 y la noche del 17 de mayo
En el cabildo entramos por esta puerta grande. Cuando llegamos ahí por primera vez nos ponen esposas y nos vendan. Pasamos cinco días. Las sesiones de tortura eran para tratar de saber si sacan primero información de organizaciones armadas. Yo siempre estuve por el costado izquierdo, según entraba, por el costado izquierdo de mediado hacia atrás. Y ahí escuchaba un poco todo. Al final del pasillo a la derecha estaba una especie de banco de piedra, que era donde hacían los interrogatorios y aplicaban la tortura. Más que los golpes, la asfixia. Cuando dije la dirección de mis padres, me cargaron en un coche y me llevaron al domicilio de la casa de mis padres. Me llevaban tirado abajo y recuerdo que iban dos. Los dos de atrás ponían los pies asentados sobre mi espalda y la boca abajo y me llevaron a la puerta. Bajaron, allanaron la casa de mis padres y no encontraron nada.
El blanqueo y el traslado a la Penitenciaría (UP1)
Al tercer día le entregaron a mi madre un sobre con mi documento y un reloj que tenía pulsera. Supongo que el primer día, el segundo a lo mejor. No tenían claro, en realidad, qué decisión tomar con nosotros. Esto me temo. "También te lo mandamos a penitencia", le dijeron. Ahí entonces ya legalizaron la situación ante mis padres. Me meten en un coche que iba a 200 por hora. Nosotros escuchábamos la sirena apretada. Nos quitaron la venda y nos entregaron al ejército, en la UP1. Ahí nos quitaron la venda por primera vez. Y ahí nos quitaron las esposas también. Ya habíamos pasado las puertas de rejas.
El control del Ejército y la resistencia intramuros
La parte represiva estaba liderada por el Ejército. Es más, cuando entré a la Unidad Penitenciaria de San Martín, antes de llevarnos al pabellón me llevaron y me hicieron un interrogatorio a base de golpes. Todos eran miembros del Ejército y ahí, a cara descubierta, me interroga el famoso este que estaba a cargo de Alsina. La SIDE puede ser. Me interrogó y quería sacarme información.
Tuve la suerte de ir a la UP1 y coincidir con un grupo de compañeros que ya llevaban mucho tiempo. Algunos tenían ya uno o dos años detenidos. A través de ver un poco su dinámica esencialmente -no solo su moral- para tratar de mantenerse, para tratar de no ser destruido anímicamente. En ese sentido siempre digo que casi fue como una escuela. Y recibo parte de ellos también un trato muy cordial, muy de compañerismo. Es decir, tengo unos cuantos compañeros que quedaron siendo amigos, particularmente.
El 14 de julio y el asesinato de René Moukarzel
Nos sacaron de los pabellones el día que mataron a Moukarzel. El 13 de Julio, creo, nos habían pasado una paloma (envío clandestino entre presos de una celda o pabellón a otro) los presos comunes y no me acuerdo si era de chocolate, mantequilla, y algunas cosas por el estilo. Y el 14 era cuando andaba Moukarzel de fajina (nombre que se daba a la tarea de limpiar o repartir la comida del penal). Andaba repartiendo un poquito a cada uno. Suben unos militares y ven eso. Entonces se lo llevan a Moukarzel hacia las 11:00 de la mañana, calculo yo, y nos clausuran todas las ventanas.
Vienen y me buscan en la celda. El que me vino a buscar era un empleado penitenciario. Lo reconozco, habíamos cursado desde primero hasta sexto grado en el mismo colegio. Y me dice: "¿Qué has hecho? Te van a llevar a Belén, decí lo que sea porque los van a matar y si ya se llevaron a tu primo". Me llevó hasta la glorieta y ahí me entregó a los militares, que me llevaron para adelante. (...)
La madrugada del terror y el simulacro de ejecución
Estábamos custodiados por un soldado y esa noche, como a las 23 del 14 de julio. Después me enteré de todo lo que había acontecido aquel día: Moukarzel había sido estaqueado (acostar desnuda a una persona, estirar sus extremidades con cuerdas al tiempo que tiran agua fría al cuerpo) y había muerto por un paro. Recuerdo que el teniente Salina, creo, abrió las dos rejas, le dijo al soldado que me estaba custodiando: "soldado póngase contento: ha muerto un enemigo de la patria". Textual.
Como a las tres, cuatro de la mañana me llevaron para interrogarme. Para saber quiénes eran los que dirigían las celdas. A las 11 de la mañana me sacaron y me llevaron a ese lugar. Ahí agarra y le dice al soldado: "Quítele la venda". Me quita la venda y yo mantenía los ojos cerrados porque sabía que estaba para ver algo porque escuchaba. Entonces me puso la pistola en la boca y dijo: "Abrí los ojos. Podés ver tranquilamente". La tortura psicológica, ¿no? Obviamente abrí los ojos y vi que, había una especie de carpita y soldados que andaban dando vueltas. Yo pensaba que efectivamente la suerte, esa que me venía acompañando, se había acabado en ese momento. Después agarró, guardó la pistola, me llevó al pabellón y se acabó todo.
El traslado a Sierra Chica y el hambre estructural
Después me llevaron sin consultarme a Sierra Chica. Supongo que sería alrededor de la primera semana de diciembre. Lo recuerdo porque las fiestas esas fueron la primera vez que teníamos visitas. (...) Aquí pasamos mucho hambre porque nos daban la comida justa. Todos habíamos ido con muchos kilos de menos, muchísimos. Yo pesaba 62. Pero todos.
Después hubo un periodo, concretamente en el 78, que nos quitaron las cantinas. No podíamos comprar nada. El Mundial de fútbol fue en el 78. (...).
Unidad 9 de La Plata y la Cárcel de Caseros
Después del Mundial nos trasladaron a la Unidad 9 de La Plata. Era semejante a Sierra Chica. Las cosas no habían variado mucho. Lo único que a lo mejor nos favorecía un poquito más era que nuestros familiares, en el caso mío, mi compañera Liliana, podía ir más porque ella se había mudado a Buenos Aires y tenía más facilidad. Y ahí estuve hasta marzo, abril o mayo, cuando inauguraron la cárcel de Caseros a donde me trasladaron. Ahí estuve seis o siete meses. Hasta diciembre, que es cuando me comunican que me dan el derecho de opción a salir del país. Me trasladaron los últimos 10 días a Coordinación federal.
El derecho de opción y la Coordinación Federal
El mismo Servicio Penitenciario Federal me comunicó que eso era un trámite, pero un trámite prolongado. Me lo comunicaron efectivamente el 23 de diciembre del 79. Pero casi un mes antes, lo publicaban en un diario. Se publicaban los nombres de aquellos que a los que les habían dado la libertad vigilada,o total o que habían conseguido el derecho de opción. Y, a su vez, le comunicaron a mi familia para que pudieran ir a la Federal a tramitar mi salida del país. Documentación nueva, porque ni sabía la original por dónde andaba, ya que andaría dando vuelta por ahí en papelería, y el pasaporte esencialmente.
Algún país tenía que haber ya aceptado recibirte como exiliado. En mi caso me recibiría Alemania, gracias a las gestiones que había hecho Liliana y los compañeros.
Ezeiza y la expulsión del país (Diciembre de 1979)
El 23 de diciembre me llevaron a Ezeiza. Me entregaron a la Fuerza Aérea, me metieron en una habitacioncita a donde permitieron que vinieran mis padres y mis hermanos que habían ido para despedirme y estuvimos ahí cinco minutos. Me despedí de mis padres, subió (...) y dijo que no le entregaron documentación ni nada.
Me llamaron esposado hasta la puerta prácticamente y además, claro, iba todo pelado a cero. Obviamente, la gente al subir al avión sabía que era ex preso, pero recuerdo -y eso es un poco lamentable- la actitud solidaria del que estaba sentado en mi lado y no era argentino, era un italiano. Había venido, no sé si tenía algo que ver con la prensa o alguna cosa así, y se fue charlando todo el tiempo.
El asilo en Alemania Occidental
Llegué a Alemania el 24 de diciembre. No se me olvida nunca. Me esperaban algunos compañeros de mi organización que habían recalado también allí. Pero también miembros de Amnistía Internacional. Ellos eran los que habían gestionado la concesión de asilo. El tema del dinero para el viaje, todo lo que serían las cuestiones legales para llegar y a dónde ubicarme.
Y después me hicieron toda una serie de cuestiones de carácter legal como revisaciones médicas, abrir cartillas en el banco Sí, porque el Gobierno alemán les concedía a los exiliados en ese momento 400 Marcos para la enseñanza del idioma y otros 150 Marcos para alquiler de vivienda. Una actitud muy solidaria de esta organización que siempre la rescato por su tarea, su trabajo. Es decir, a veces no comparto determinadas cosas, pero nunca dejé de valorar plenamente la teoría humanitaria.
El traslado a España y el trauma del exilio (1980-1981)
Los compañeros mantenían toda la relación de comunicación. Me plantearon que si tenía intenciones de seguir militando, lo más ideal era ir para dentro de Europa, a España.
Cuando me fui de Alemania, los compañeros de la célula esa de Amnistía Internacional, tenían una cantidad de materiales. Y, claro, me dijeron que si los quería y a mí me pareció que, como recuerdo para guardarlos para el futuro, me traje todos los materiales. Es decir, cartas enviadas a tal por la libertad.
El 23 de marzo de 1981 hubo un intento de golpe de Estado de Antonio Tejero, un guardia civil que tomó el Parlamento en España y lo tuvo durante 3 días. No nos habíamos enterado de qué había pasado. Como a las 19 horas, ¿un golpe de Estado? Empezamos a llamar a otros compañeros. Lo primero que hice fue agarrar todo aquel paquete y despacharlo y tirarlo a la basura. Fue a un contenedor y tal. Lamento porque me hubiera gustado tenerlos, por ejemplo, incluso para ligárselos a mi hijo.
El fin de la "actividad full" y la familia (1984-1992)
Hacia el año 84 me desligué políticamente. Seguí un poco con el compromiso, pero ya no la actividad full. Por ahí una reunión, la prensa, ese tipo de cosas para mantener la relación, pero ya no la actividad política como la había concebido hasta ese momento. Conocí a la que es madre de mi hijo, también compañera del Partido, hacia el año 81 aproximadamente. Formamos pareja y en el año 86 tuvimos a nuestro hijo.
Me dediqué a una vida un poco más formal, más clásica: trabajar, tratar de progresar, conocer. Siempre me ha gustado mucho conocer. Es decir, un poco dedicarse a la vida de uno. En función de eso se consolidó también la relación con Gloria y en función de eso está mi hijo, que tiene 23 años. Entonces, claro, luego tuve que decir, "¡Qué pena!". Porque forme una familia, pero luego me separé.
El regreso a Córdoba y la memoria histórica (2007-2009)
Regresé a Córdoba en 2007 y poco a poco fui tomando contacto con algunos compañeros. Como el caso de Atilio Ávila. Me dijo: "hay una asociación de ex presos. Estamos haciendo determinadas cosas". La memoria y ese tipo de cosas, la reparación y la actividad en general. He adquirido integración con la asociación, para mí satisfactoria porque me permite tener no el compromiso que uno tenía cuando era joven, sino algo medido. Supongo que también tiene que ver con la edad.
Trato de aprovecharla lo más posible. De colaborar con los compañeros que llevan años trabajando con la Asociación, de integrarme y de ir ayudando en la medida de lo posible. Yo al contrario, estoy agradecido por la continuación de la labor que en alguna medida hemos llevado a cabo nosotros. Esta tarea me parece importante y por lo poquito que uno puede ir haciendo, me siento yo también agradecido.
La vida afectiva
Desde lo afectivo estaba mi familia que vivía cerca de la fábrica. Yo iba un fin de semana si podía, o cuando salía de trabajar una o dos veces por semana. Iba a comer a la casa de mi madre. Podría haberle dedicado un poco más. Ahora lo veo a lo largo de los años, particularmente a mi padre, porque a mí me detienen y lo vi por última vez, creo que dos veces. A la cárcel siempre viajaba mi madre, pues no tenían condiciones económicas como para andar viajando. Ya él lo vi una vez a mediados de la detención y lo vi el día que me embarcaron en Ezeiza. Después ya no lo vi porque cuando conseguí volver él ya había fallecido hacía un año y medio.
Lo único es que me quedó un poco de sin sabor fue no haber podido volver a hablar con él. No desde la confrontación y las fuertes discusiones que teníamos, sino contemporizando más, teniendo en cuenta la persona que era, pues yo le discutía muy acaloradamente. Lamento no haberle podido hablar de otra manera.
Por otro lado estaba mi relación con Liliana, quien era entonces mi compañera. Era una de esas cosas que uno siempre desea tener. Más allá de la parte afectiva sentimental concreta, porque se componía de la parte afectiva y de la parte militante del compañerismo. Es decir, del grado de compañerismo. Todavía al día de hoy la reivindico desde el punto de vista político, de una lealtad. Ella había quedado dentro de la causa mía y tenía un pedido de detención. Y, a pesar de ello, cuando nos llevaron a Sierra Chica, ella empezó a visitarme cada 15 días. Se había mudado a Buenos Aires y me iba a visitar.
Para mí es de esas lealtades que uno sueña siempre de cualquier persona. No porque fuera pareja, sino de cualquier persona. Se estaba jugando la libertad. Sin embargo ella iba. Y valoremos porque era un poco una tarea militante. Ella y otra compañera eran las que mantenían contacto con la media docena de presos que estábamos entonces, pues nos traían información. Hacían actividades relacionadas con Amnistía Internacional, con Caritas, para solicitar la libertad o la opción, todas las gestiones que había que hacer en ese momento. Liliana estuvo hasta el último día. Luego me visitó en Caseros, incluso cuando me faltaba una semana para irme. En ese aspecto estuve muy bien, muy a gusto.
Córdoba, septiembre 2009
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