TESTIMONIO DE ANY
Mi militancia – 1975
Los que se fueron, los que están en prisión
Hoy desperté cantando esta canción
Que ya fue escrita hace un tiempo atrás
Es necesario cantarla de nuevo una vez más
Charly García
Muchos jóvenes de los 60 y 70 vivíamos en estado de ebullición. Se
generalizaba la idea de que la revolución había comenzado en el mundo, que
fatalmente se tenía que dar y que estaba allí, muy cerquita en el tiempo.
A los jóvenes nos tentaba militar, nos atraía, nos convocaba. Los que ya lo hacían nos pasaban al lado como una enérgica marea humana en la cual había que sumergirse sí o sí. Las canciones, las películas, los libros, en fin, el contexto cultural y la realidad social nos llevaban a pensar que todo se podía cambiar, y esto nos movilizaba muchísimo.
Empecé a militar en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) a mediados de 1975. Un compañero me sorprendió diciendo: "Dentro del sistema capitalista hay solo tres actividades que no son alienantes para el hombre: el arte, el psicoanálisis y la militancia revolucionaria". Militar sería el modo en que construiríamos un mundo mejor, más humano, más amoroso, menos capitalista.
Ese mismo año, a meses del golpe de Estado, encontré trabajo en dos escuelas en localidades
cercanas a Villa Constitución.
Mis primeras actividades políticas tuvieron que ver con el
conflicto que se estaba dando en la zona, donde los obreros reclamaban su sindicato,
democrático y combativo. Vender bonos
contribución, repartir panfletos, leer el periódico del Partido y repartirlo a
otros explicando y explicando para que se difunda, se entienda y se extienda la
tremenda pelea que estaban dando los trabajadores del acero en las fábricas de
ese importante cordón industrial.
Los grupos parapoliciales como la Triple A ya actuaban y nos obligaban a ser cautelosos y resguardarnos. Eran sumamente anti obreros, sanguinarios y asesinos. En esa época los docentes viajábamos en el Transporte Interprovincial Rosarino Sociedad Anónima (TIRSA), una línea de ómnibus que recorría desde Rosario hasta San Nicolás por la vieja Ruta 9. Unía las localidades de Villa Gobernador Gálvez, Pueblo Esther, Arroyo Seco, Fighiera, Pavón, Empalme Villa Constitución, hasta Villa Constitución y San Nicolás.
Los docentes que vivían en las cercanías no alcanzaban para cubrir los cargos, por eso muchos rosarinos encontrábamos trabajo en esa zona. Desde el ómnibus se veían las fábricas de ese importante cordón industrial. Día tras día y durante el viaje nos fuimos conociendo, el maestro de Pueblo Esther, la profe de Arroyo y los que seguían hasta el fin del recorrido.
En las escuelas se sentía el clima de la huelga. Hermanos, hijos, padres, casi todos los alumnos y gran parte del personal de la escuela tenían a un ser querido allí adentro. Hablaban de las fábricas como algo que les pertenecía a todos, era parte de la vida diaria. Hasta usaban las palabras de los obreros, el turno tal o cual, el horno tal o cual. El pueblo−la fábrica, la fábrica−el pueblo, casi una fusión.
Entre los trabajadores de la educación como -¡por fin!- empezábamos a llamarnos, también se discutía de política, casi, casi, dando
por sentado que todos simpatizábamos con los "zurdos" y que, para todos la revolución era ansiada y
esperada.
Aunque en algo sí nos diferenciábamos, en el cómo. ¿Lucha armada o lucha de los trabajadores en sus puestos de trabajo? Algunas de mis compañeras que, al parecer, acordaban con métodos más radicales, decían: "yo ni loca me voy a arriesgar por repartir un diarito". Los militantes del PST -lo mismo que los de otras agrupaciones- repartían sus periódicos y volantes a favor de la huelga, expresando sus posturas, sus análisis. Con la misma organizaban colectas y vendían bonos -muchos futuros militantes se acercaron al Partido gracias a esta campaña-.
Se trataba de apoyar la lucha obrera, en el lugar de trabajo, en
la fábrica. Algunos llegaron a ser importantes dirigentes de la huelga, como
Pepe Kalauz y Pacho Juárez.
Aunque otras corrientes políticas lo subestimaban, el reparto de materiales se tornó complicado y
riesgoso. El cordón industrial estaba muy custodiado, los uniformados paraban
los ómnibus, pidiendo documentos o hacían bajar a todos para ver caras de
sospechosos. Las chicas optamos por llevar los periódicos al estilo Modess, -era
la única marca de toallitas higiénicas que había en esa época-cuidadosamente
dobladitos, como para zafar ante una requisa rápida cuando paraban el TIRSA.
Mientras tanto, la discusión política de los docentes pasaba en gran parte por el apoyo a una u otra de las centrales sindicales: Unión Docentes Argentinos (UDA) o Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA), que irrumpía a partir del 73 como un sindicato docente clasista, y con su creación se concretaba la unidad de la docencia en todo el país. UDA era el sindicato oficialista, mal visto por los trabajadores de la educación.
La declaración de Principios de la CTERA, formulados en Huerta
Grande en 1973, mencionaba la "democracia sindical"; las transformaciones
necesarias para "eliminar la dependencia y concretar una sociedad justa"; ubicaba
al trabajador de la educación promoviendo el "avance social que posibilitará la
auténtica liberación del hombre, la patria y los pueblos".
A un año del comienzo de la huelga de Villa Constitución, se vino el golpe del 76. En nuestro Sindicato de Trabajadores de la Educación Rosario (SINTER), los
activistas casi nos despedimos la noche anterior. Por un tiempo, mientras pudimos,
nos seguimos encontrando en bares, con mucho cuidado, tomando precauciones.
Antes de ese día nefasto, las asambleas en el SINTER eran un lujo
de democracia sindical y jugoso debate. Los docentes que pertenecían a alguna
agrupación iban a la asamblea con sus direcciones partidarias, y, entre
debates, se consultaban, discutían el marco político, etcétera. Es decir, armaban
las intervenciones mucho más allá de lo sindical. También se hacían citas con docentes de otras agrupaciones y sus dirigentes,
para acordar propuestas, unificar posturas, o simplemente escucharse.
Los obreros de las fábricas, los compañeros de otros gremios,
también encontraban un lugar en el sindicato docente y participaban de las
asambleas cuando era necesario coordinarse o unificar para iniciar alguna
medida de fuerza.
¡Nadie escondía su filiación política! Cada uno de los oradores de
las asambleas se presentaba diciendo su partido o agrupación, "soy Juan del PRT", "soy Pedro del Peronismo de Base", "soy Mario del PST". Todo estaba muy politizado y nadie se alarmaba ante eso.
Después de ocurrido el golpe empezamos a lamentar la ausencia de compañeras y compañeros de otras organizaciones, de quienes nada más se supo. Fue muy doloroso, con ellos habíamos estado juntos en un bar, charlando una línea sindical, armando una moción para la asamblea, o bien debatiendo nuestras ideas. Al maestro de Pueblo Esther tampoco lo vimos más. Corría el rumor de que tenía un hermano militante montonero, y que lo agarraron a él para chantajear a la familia, con el fin de que entregaran al hijo "comprometido".
Dictadura, campos clandestinos de
detención, cárceles
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.
Miguel Hernández
Mi militancia en el Partido siguió sin interrupciones aun después del golpe del 76 y a pesar de la furiosa y sangrienta represión. Siempre en el sector docente. La actividad era casi totalmente clandestina, no había locales públicos, no nos conocíamos entre nosotros, no nos reuníamos con regularidad y no era nada fácil acceder a materiales de lectura o estudio.
Nos conectábamos únicamente con tres o cuatro compañeros, cuyas direcciones y teléfonos guardábamos celosamente en nuestras cabezas o escribíamos en códigos -no muy indescifrables- en cualquier papelito. Por cuestiones personales y por seguridad, en 1977 fui a vivir a Córdoba. Allí pasé apenas un mes en libertad.
La tarde del 16 de noviembre de 1977 volvía de la escuela donde
trabajaba, caminando tranquila, sin imaginar lo que me esperaba.
El Partido activaba en una huelga de trabajadores de la sanidad.
Varias compañeras enfermeras trabajaban dentro de los sanatorios y hospitales,
otros imprimían volantes y los repartían a la salida de los lugares de trabajo.
El objetivo era difundir y lograr el éxito. Seguramente se luchaba por mejoras
salariales y de las condiciones de trabajo, quizás también por las libertades sindicales y el derecho a reunión. Ya
no lo recuerdo exactamente.
Todo se hacía con mucho cuidado; las protestas y cualquier reclamo, estaban prohibidos durante la dictadura. La semana anterior había caído un grupo de compañeros. Los demás estábamos preocupados y expectantes, como esperando que algo pasara. ¿Cuántos más seguiríamos cayendo? Se nos podía ir la vida en esto.
El otro habitante de la casa y yo pensamos resguardarnos de alguna manera. Entre los dos quemamos panfletos, diarios, documentos partidarios, papeles personales, títulos, documentos. Nos preparamos para huir. Todo sobre una mesa escritorio prolijamente preparado y las pruebitas de los alumnos de primer grado que había corregido o iba a corregir, no lo recuerdo.
No tenía un solo peso ni para escapar, no tenía una sola dirección
adonde ir. No existían los celulares… mejor. Por un corto tiempo en la casa
hubo una tensa calma. El barrio General Paz, con sus casitas bajas y casi
siempre con jardincito adelante, era tranquilo.
Tiempo después supimos que los que dirigían el sindicato de la
Sanidad de Córdoba, nos habían entregado a los militares. Fue en un bar,
reunión planeada con gente del Partido y los sindicalistas, por la huelga.
Ellos llegaron con un grupo de uniformados armados y les dijeron: "son ellos
los zurdos".
Y, al fin, llegó el momento. Golpes en la puerta: "abran o los barremos". Y la vista del horror -uno de los primeros que aparecerían a partir de allí-, una verdadera patota. ¿Cuántos eran? No sé, no miramos. Nos vendaron los ojos casi inmediatamente y luego, empujones "¡contra la pared!". Revisar la casa, revisarnos a nosotros.
Dos horas antes habíamos quemado papeles para que no encontraran
pruebas. ¡Qué ilusos! Para ellos nada era legal, no necesitaban pruebas ni certezas, ¡tendríamos que haber escapado!
Muchos, eran muchos. Y nos llevaron con los ojos vendados, agachados para que no nos vieran desde afuera, secuestrados en el piso de un auto. Los ojos vendados serían una constante por lo menos por los próximos cuatro meses. Y de pronto tuve una demoledora convicción: "nos van a matar". Y, a la vez, una resignada tranquilidad: "ya nada se puede hacer".
Me imaginaba que el recorrido iba a ser corto y que al llegar a algún descampado nos obligarían a bajar y nos dispararían tipo fusilamiento. Pero no era tan lineal ni tan sencillo. Nos trasladaron en varios autos y, escuchando el inmundo diálogo de ellos y ellas que no sé por qué extraño y perverso mecanismo psicológico hablaban entre sí con un lenguaje casi pornográfico: "me recalenté", "me metí el dedo". No recuerdo qué más relataban de sus experiencias masturbatorias, tema que nada tenía que ver con la situación. Y siguieron así por un buen tiempo, monotemáticos, mientras alguien te sujetaba la cabeza para que no la subieras y los miraras.
Y así llegamos a La Perla [1]. Gran matadero gran, lleno de hombres y mujeres que estaban tirados en el piso inmundo, sobre una manta y con vendas en los ojos. Por suerte teníamos la venda que impidió ver más de lo espantoso.
Luego me interrogaron, algo simple y breve. Tenían la certeza de que yo no era del lugar, no conocía mucho y poco podía aportar. Ni siquiera sabía el nombre de las calles. Solo un mes había alcanzado a vivir en Córdoba. Tampoco sabía mucho de la organización del Partido, los responsables de la regional, los dirigentes de equipos, la dirección de los locales, etcétera. Habíamos acordado con mi pareja que, si algo nos pasaba, justificaríamos nuestra estadía en Córdoba con el negocio de la venta de ropa. Un objetivo comercial. A esa excusa para salir del paso la llamábamos "minuto", porque no podía durar más que eso en un interrogatorio. Y yo lo utilicé.
En dos semanas, y por intervenir en la huelga de sanidad, caímos catorce compañeros. Al volver a ese espacio grande lleno de hombres y mujeres tirados por el piso, la incertidumbre y el miedo volvían a aparecer. ¿Y ahora qué? Pasaron horas vacías, sin poder hablar con nadie, sin poder conectarnos entre los chupados. Podíamos pedir ir al baño, también nos dieron algo para comer. Cada tanto, se escuchaba un sonido amigo y protector, acompañante, la voz de bajo profundo, grave, muy grave, de Pedro, uno de nuestros compañeros dirigentes, que con su vozarrón gritaba: "¡plato!" Lo cual significaba que había terminado de comer y podían retirar la vajilla -plato de aluminio abollado y asqueroso- de la mesa, o sea, el piso, donde lo dejábamos ya vacío.
¿Habré comido? ¿Habré podido comer? No recuerdo. ¿Qué comida nos
habrían dado? Un guiso, seguramente. De esos que al cabo de varios días de
comerlo te provocaban un bolo fecal.
Con el mismo sistema llamábamos: celadora, baño, y así vendados y
no recuerdo si esposados o atadas las manos por detrás nos trasladaban al
sector inodoros.
Mi jornada en La Perla fue de “espionaje de reojo”. Siempre con
los ojos vendados, y sentada o acostada en una colchoneta, fui observando como
pude, y con gran temor, piernas y brazos de muchos prisioneros. Buscaba a los
compañeros del Partido para no sentirme tan desamparada. Distinguí a algunos
por el color del pantalón o la remera. Fue un alivio saber que estaban vivos.
Sólo pasé un día en ese infierno tan temido. La noche siguiente,
oí una voz con tono cómplice, casi contenta, una voz humana, femenina. ¿Ayudante? ¿colaboradora? ¿celadora? Nunca lo
sabré. Me dijo "apurate, querida. Apurate que te vas. Dale, dale". Parecía que
irse de allí era algo bueno.
Mañana de campo [2]
Haciendo realidad la felicidad de la señora desconocida que me
anunció la partida, un grupo de mujeres y yo fuimos subiendo a un camión, otra
vez vendadas y esposadas, en el que nos trasladaban a otro santuario de la
justicia militar más tranquilo, donde aparentemente ya no mataban, y torturaban
menos. Impregnado, digamos, de un aire bucólico: el Campo La Ribera, o, como
solíamos llamarlo nosotras optimistas de la vida, “Champs de la Riviere”.
Recuerdo la partida, todas en fila, una detrás de la otra y nuevamente
con incertidumbre y temor. ¿Adónde vamos? Las cordobesas del grupo reconocieron
el camino a ese Campo, centro de detención. Sentimos una especie de alivio porque íbamos
juntas, un grupo de mujeres, algunas de mi partido. Los traslados resultaron ser
de lo peor que nos pasaba. Las manos atadas o esposadas atrás, vendas en los
ojos y destino incierto. Nos llevaban en camiones, tiradas en el piso del
acoplado para que la gente que andaba por la calle no pudiera ver de qué se
trataba ese cargamento.
Al cabo de un rato de andar, el camión paró, nos hicieron bajar. Creo que nos anotaron en un registro, nos tomaron datos, no recuerdo más detalles. En algún lugar me sacaron el documento, el reloj y seguro algún anillito que solía usar. Después de eso nos llevaron a un espacio más grande que un dormitorio, con colchones en el piso, y allí nos instalaron. Seguíamos vigiladas, con los ojos vendados y custodiadas por gendarmes, quienes hacían guardias rotativas. Los capos del ejército no aparecían por allí, solo los veíamos si nos mandaban a buscar.
Los gendarmes colaboraron con las fuerzas armadas reprimiendo activamente durante la dictadura militar. Aunque quizás les daban "trabajos" de menor jerarquía. Cuando percibíamos que nadie estaba cerca, nos levantábamos la venda y, con cuidado, hablábamos entre nosotras. Así nos dimos cuenta de que no estábamos todas, algunas habían quedado en La Perla.
En ese lugar transcurrieron días más tranquilos, con un poquito de
sol, un único atuendo que se lavaba y se volvía a poner, colchonetas en el
piso, cucarachas, ratas, y la venda más floja que subía y bajaba de acuerdo a
quién fuera el jefe de los custodios.
Cada tanto nos aplicaban algo parecido al servicio militar
obligatorio. Una salida de noche para
hacernos "bailar": un, dos, tres, ¡cuerpo a tierra! Subir, bajar, flexiones, un-dos, un-dos, aguantás o morís… y nosotras aguantamos.
Cierta noche una compañera enfermera cayó al piso y tuvo
convulsiones. Las demás gritábamos. Los infames gendarmes parecían un poco preocupados.
No sé por qué, nadie les prohibía nada.
La gimnasia que nos auto gestionábamos, la risa y el afecto entre
nosotras nos iban ayudando a sobrevivir y mirar para adelante pensando en una
futura libertad. También las charlas sobre temas personales actuaban como
formas terapéuticas de comunicación y catarsis. Y, por supuesto, las "reuniones
políticas" con el aporte de todas y la palabra más respetada y tranquilizadora
de quienes analizaban mejor la realidad, nos ponían en mejor situación de
entender lo que sucedía o podría suceder con nosotras.
Una alegría fue que llegaran, después de varios días, quienes habían
quedado en La Perla. Dos compañeros y una compañera. Fueron los más torturados,
los considerados "responsables", los que más podían saber y decir.
La compañera nos llenó de noticias, datos, información que para los que no habíamos tenido contacto con el afuera, era algo maravilloso de escuchar. Ya sean noticias buenas o malas. La habían tenido varios días en La Perla interrogándola y torturándola. Uno de los métodos de persuasión era el famoso submarino, ponían tu cabeza en un tacho con agua y ahí te dejaban mientras resistieras. El rimmel y la pintura de ojos se corrieron por todo su rostro…así le sacaron una foto y luego se la dieron para que conserve un recuerdo del momento. Todas le dijimos que rompiera esa foto. Pero, aunque así lo hizo, creo que esa imagen nos quedó por siempre grabada en la memoria.
Los compañeros varones estaban enfrente, en otro pabellón, nos
comunicábamos con ellos por idioma mudo, lenguaje de señas que aprendimos a
velocidad increíble. También usábamos el morse cuando teníamos a alguien del
otro lado del muro. Así fue como una compañera se puso de novia con un
militante de otro partido. Y ambos se alegraron un poco la vida con el amor.
Otra forma de comunicarnos era el canto. Cantábamos cada vez que salíamos
al patio para que nos escucharan los compañeros. Cantábamos. Y ellos también
cantaban. Algo te provoca el canto en tu interior, te hace sentir que estás
vivo, emociona. Permite que aflore todo lo humano que tenemos, y es muy
importante en esa situación en la cual la condición humana estaba totalmente
pisoteada.
La noche más emotiva fue la previa a Navidad. Supongo que nos
dieron de comer algo mejor, no recuerdo. Luego pudimos salir al patio. Nosotras
sentadas en el escalón de entrada al pabellón donde vivíamos, los compañeros a
unos cincuenta metros contra una pared, parados. Un terreno con algo de césped
nos separaba. Algunos decían que en ese muro había marcas de balazos y que en
algún momento sirvió para los pelotones de fusilamiento.
Y en la tierra paz a los hombres,
Paz a los hombres, paz a los hombres que ama el Señor
La maravillosa voz de Coco acompañada de las otras voces
masculinas retumbaba en nuestros estómagos, en nuestros cerebros y en nuestros
corazones. Demasiada carga emotiva como para no llorar. Momento mágico que deseábamos no terminara
jamás. La Misa Criolla iba llenando el silencio de la noche en un campo de
detención, oscuro y macabro. La música fluía vibrante y armónica, como si estuviésemos
en el anfiteatro más bello del mundo.
Los días pasaban y la cosa era un poco más relajada. "Sacate la
venda, no hay nadie, ¡ponétela! viene el más perverso". Y así tomábamos el sol,
mirábamos el cielo y esperábamos. Unas contaban películas a la perfección, con
lujo de detalles, las revivíamos. Otras nos enseñaban ejercicios físicos para
que pudiéramos estar más fuertes. Y en algún momento, simplemente nos
contábamos cosas de nuestra vida en libertad, que las demás escuchaban con
mucho interés.
Parece que en las altas esferas militares discutían y analizaban: "¿libertad ya o los mandamos una temporadita a la cárcel?". Y barajaban teorías al respecto_ la libertad
ya, saliendo de un campo de detención, tortura y exterminio, "los deja en
shock, los paraliza y los asusta a estos terroristas hijos de puta. Y, al menos
un tiempo, se dejan de joder. En cambio, la cárcel los fortalece", pensaban
ellos.
Mientras discutieron y analizaron pasaron más de cuatro meses. Hubo
de todo: partidos de fútbol, los muchachos jugaban y nosotras mirábamos, nosotras jugábamos y ellos miraban, saliditas de noche sentados mirando la
luna. Y la ya comentada navidad con la misa criolla cantada por los compañeros
con voces graves y coros casi perfectos que nunca hubiéramos imaginado escuchar
allí. Y en algún momento los curamos, porque se lastimaron los pies jugando
descalzos. Y el amor o las ganas de tocarlos, y los enamoramientos que
surgieron a través de las rejas y los muros, utilizando lenguaje de señas o
morse, iban aliviando las angustias del encierro, del futuro desconocido, de la
miseria y la mugre en la que vivíamos.
¡Un solo par de zapatos usado cuatro meses, una sola prenda usada cuatro
meses, una sola bombacha usada cuatro meses!
En las salidas al patio, cierta vez, a mi pareja y a mí nos permitieron sentarnos juntos tomados de la mano o rozándonos apenas nuestros costados, mirando todo este circo romano sin leones, escenas fellinescas, tenebrosas y angustiantes. Quizás para que ellos, los mismos gestores del horror y la muerte, trataran de engañar a su conciencia permitiendo que alguien se sintiera feliz. Mientras tanto, afuera de esos muros, nadie sabía de nosotros.
La penitenciaría de Córdoba
Triunfó la postura de mandarnos a la cárcel. Y un buen día,
después de cuatro meses de "campo", nos trasladaron a la penitenciaría de Córdoba.
Creo que se llamaba José de San Martín, digo creo porque nunca la vi de afuera,
ni al entrar ni al salir. Llegamos de noche, otra vez vendadas y esposadas.
Lo gracioso fue cómo llegamos. Con los pelos cortaditos, sin
piojos, limpias y ¡muy bronceaditas! En La Rivera pedíamos tijeras y una se
encargaba de la tarea de peluquería ¡Habíamos pasado cuatro meses en un lugar con
gran espacio al aire libre! La parte techada, comedor, dormitorio, sala de
estar -todo en uno- y los baños resultaban un espacio incómodo para permanecer de
día y de noche. No había dónde sentarse por los colchones en el suelo, en un único ambiente compartido por todas. Mucho
mejor estar afuera donde también podíamos caminar.
La compañera Ana tenía psoriasis, por lo cual, al llegar a la penitenciaría pidió una crema Dermaglós. Las presas más viejas se burlaban y preguntaban si creíamos que estábamos en el Sheraton. La mayor felicidad fue enterarnos que cada una tendría una celda con cama y colchón. El baño -compartido- contaba con varios habitáculos y duchas con agua caliente restringida en el horario.
En un gran comedor con grandes mesas y bancos compartíamos las
comidas. Teníamos derecho a pedir "dieta", un alimento más sano, carne con algo.
Esa dieta se limitaba a unas pocas que la habían pedido a través del médico,
por eso, la rotábamos. Si la destinataria hubiera tenido realmente graves
problemas de salud, le quedaba fija. Fuera de la dieta, casi siempre comíamos guisos
bochornosos, constipantes y grasosos.
Las celdas no estaban cerradas con llave; podíamos salir y
deambular por los pasillos, charlar con otras compañeras, y realizar algunas actividades:
gimnasia en la puerta de la celda, teatro, contar películas o libros, dar algún
curso, etcétera. La que sabía de algún tema lo enseñaba al resto, a quien quisiera
escuchar.
También hacíamos reuniones políticas. ¡No escarmentábamos! Nos
juntábamos con mucha solemnidad, una o dos dirigían, informaban y daban la
palabra. Luego debatíamos. No recuerdo si por algún lado se filtraba
información de la realidad o todo era supuesto.
Sin que nos vieran, cortamos cables en desuso y nos hicimos agujas
de tejer. Destejíamos y volvíamos a tejer nuestros propios pulóveres. También
le tejimos el ajuar al bebé de una compañera embarazada. ¡Era tan colorido!
Parecía de carnaval…bueno, era lo que había. Una militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), "la Tucu", con
quien yo me llevaba bien, decía "pobrecito el infeliz", cuando se imaginaba al bebe
así vestido.
Ya estábamos en el año 1978. Desde la mirilla de mi celda se veían
las luces del estadio mundialista; la vida afuera continuaba. A pesar de
algunas libertades de movimientos en el interior, la de Córdoba era una cárcel negra, no estaba abierta a visitas de familiares. Ni siquiera permitían
mandar o recibir cartas. Solo ropa y artículos de higiene, mientras se "suponía" que estábamos allí y que estábamos bien. Era un alivio, una caricia, ver la
firma de mi mamá al recibir el paquete. Esa firmita te emocionaba mucho.
Desde nuestro secuestro en noviembre de 1977 hasta llegar al penal
de Devoto en noviembre del 78, pasamos un año sin tener contacto con las familias.
Quebrarte afectivamente también era parte del plan. Por suerte el afecto entre
nosotras era sólido. Siempre dispuestas a escucharnos, a consolarnos y darnos
apoyo mutuamente. Aun hoy, 50 años después del nefasto golpe de Estado, ese
lazo de cariño y solidaridad no se ha perdido.
El penal de Villa Devoto
Un día de noviembre de 1978 nos trasladaron a la cárcel de Villa
Devoto, en Buenos Aires. A casi todas. A la compañera Norma no, ya que estaba
embarazada, la llevaron a un hospital para tener a su hijo. Por suerte, no se
lo apropiaron.
El traslado, otra vez tenebroso. Ese día nos despertaron a las 5 de la mañana. Creo recordar que el desayuno fue solo líquido porque había que evitar tener sólidos en el estómago. Otra vez vendadas y atadas, tiradas en el piso de un camión que recorrió la ciudad, hasta llegar a un lugar descampado. Puro yuyo y ningún edificio a la vista. Como siempre lo hacían, nos ataban las manos de a dos. Estuvimos allí muchas horas, paradas, al aire libre, al sol. Cuando tenías ganas de orinar -lo otro se reprimía-, te alejabas del grupo y, mientras una hacía de biombo, la otra se bajaba los pantalones como podía y actuaba en consecuencia.
Después de mucho esperar llegó un avión militar. Calculo que sería
de la Fuerza Aérea, bajo cuyo mando estábamos prisioneras. Subimos y nos
sentamos de a dos, una mano libre, la otra esposada a la compañera. El avión se
movía mucho y mi pequeña venganza fue que varias veces les vomité el "Primera Clase"; tuvieron que darme algunas bolsitas.
Pasó un tiempo breve, llegamos a Buenos Aires, bajamos del avión y
nos subieron a unos camiones llamados celulares. Tenían un pasillo en el
medio y pequeñas celditas individuales a ambos costados, con un asiento,
capacidad para una persona. En cada pequeña celdita hicieron entrar a dos, una
sentada y otra parada. Y nos alternábamos. La que iba parada podía espiar por
una rendija, mirar la calle, la gente, los autos. Era maravilloso poder ver la vida cotidiana
del otro lado. Recuerdo como en una foto ese momento, se hizo imborrable para
mí: ¡la vida afuera continuaba!
Llegamos al penal y otra vez el encierro y el maltrato. Esa sí
era una cárcel y no macanas. Llegamos de
noche, habíamos perdido la noción del tiempo. Ni un baño, ni un vaso de agua,
ni un alimento durante un día completo. El recibimiento fue tipo militar, filas,
gritos, voces de mando. Las órdenes y la custodia las ejercían mujeres guardiacárceles,
aunque creo recordar que también había un médico. También nos hicieron una
requisa que incluyó abrirse los cantos. En nuestra fila se corrió la voz de
resistirnos a semejante vejamen, pero luego se cambió la consigna. Las que se
negaron a obedecer, antes del acuerdo, fueron directo a un calabozo de castigo,
en solitario. Terminado el procedimiento, nos mandaron a las celdas, separadas
por piso y por orden alfabético. En cada una había cuatro cuchetas, dos arriba,
dos abajo, una letrina y un lavatorio. Por mi apellido fui al cuarto piso. Me encontré con tres personas desconocidas.
Las presas que ya estaban en el penal antes de que llegáramos se
sentían muy alborotadas con la presencia de las nuevas. Suponían que traíamos
noticias del afuera o quizás esperaban la llegada de alguna conocida.
Fue un alivio que en ese piso estuviera Laura, compañera docente a
quien yo había conocido en Rosario años antes. Pertenecer a un mismo partido
daba confianza y tranquilidad y nos permitía dar rienda suelta al afecto sin suspicacias.
Esa intimidad, derivada de un mismo pensamiento político, nos permitió hablar
de situaciones conocidas, de militantes conocidos, así como discutir los
análisis del Partido que, de alguna manera, nos llegaban a través de los muros
y las rejas. La presencia de Laura fue un cable a tierra y una especie de
protección. Hasta me explicaba los hábitos de conducta que convenía tener allí
adentro.
Había pasado un año de mi secuestro y recién ahora iba a poder
comunicarme con el afuera: cartas y visitas. Creo recordar que una de las
primeras cosas que hice fue escribirle a mi familia contándole del traslado
Córdoba-Buenos Aires. Pero, como en "La vida es bella", endulcé el relato y
lo transformé en algo un tanto gracioso. No quería que sufrieran.
Nuestro costado afectivo estaba muy frágil. El contacto y cariño
con algunas compañeras y ahora con nuestras familias era vital. Cuando a las
chicas del PST nos separaron por piso fue muy duro, ya que había entre nosotras
una camaradería y un afecto muy grande. Otro golpe más.
Tuvimos un resarcimiento cuando, por fin, empezaron las visitas.
El primero fue mi hermano, lo vi a través de un vidrio, en un locutorio. Llegó
llorando el grandote, ¡más de un año sin vernos! Luego mi mamá y un primo de
Buenos Aires que sacó carnet de visita arriesgando su trabajo y seguridad. También
tuvimos visitas de contacto, en un gran patio, donde caminábamos del brazo. Mi
mamá aprovechaba y me retaba por la vergüenza que le había hecho pasar con la
familia. Años más tarde cambió su postura y hasta cosía pancartas para el
Partido y cuidaba hijos de militantes ¡de esos terribles! Nunca se habrá
olvidado de Federico y Pedro, que le tiraban limones a la vecina.
Mi hermano nunca se había metido en política, pero de Rosario a
Buenos Aires viajaba con un compañero que tenía a su esposa presa. Durante el
viaje leían el periódico del Partido y luego él me contaba las noticias. La "resistencia
familiar" en acción.
Después de unos meses de estar en Devoto, me pasaron a un pabellón
de buena conducta y allí estábamos juntas un grupo grande de mujeres.
Tomábamos mate, leíamos, charlábamos, escribíamos... era mucho más relajado. Fue
muy emocionante cuando llegó mi prima embarazada. En realidad, primos eran ellos,
nuestros novios/maridos. Verla me reconfortó, nos dimos un fuerte y largo
abrazo. Y como ocurre casi siempre, triunfó el milagro de la vida en la cárcel
de Devoto. Unos meses después de encontrarnos y poco tiempo antes de salir yo
en libertad, ¡nació Pablito! Alegría inmensa, madre e hijo sanos. Aplausos,
vítores, llantos de emoción y la tranquilidad de saber que ya estaba junto a su
mamá.
No me parece necesario seguir hablando de la cotidianeidad de
Devoto, ya se escribieron varios libros sobre ese tema. Pero si quiero contar
sobre "las libertades".
Libertad vigilada
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra
María Elena Walsh
En el mes de julio de 1979, me llegó la libertad, pero no total: "libertad vigilada". Alivio, pero no
tanto.
Salí de Devoto un día de julio junto con la compañera Tessi. Teníamos algún dinero que nos depositaban nuestros familiares. Nos tomamos un taxi y bajamos en zona céntrica. Allí nos compramos un chocolate. Unos días después, mis primos de Buenos Aires me llevaron hasta Rosario.
Me esperaban ocho meses de moverme con mucho cuidado. No contactarme
con compañeros, no recibir material partidario, buscarme un trabajo. Y
periódicamente ir a firmar a la jefatura de policía. Primero cada tres días,
luego cada siete. Daba mucho asco entrar. Tenía ese olor particular de un
lugar húmedo e inmundo que muy bien describían los que habían estado allí
secuestrados.
Mientras tanto, a quien había sido mi pareja le dieron la opción: "seguís preso o te vas del país". Y se fue a España. Otra vez se metieron con
nuestra vida personal y nuestros afectos. Sus padres y yo nos emborrachamos una
noche para festejar el desencuentro. Él en Madrid a más de 10.000 kilómetros de
distancia, mientras yo seguía en Rosario, obligada, y bajo vigilancia militar.
Todos los del grupo de Córdoba, hombres y mujeres, si mal no
recuerdo 14 en total, fuimos puestos a disposición del Poder
Ejecutivo Nacional (PEN). Ese fue un mecanismo que utilizó la dictadura militar,
amparada en el estado de sitio, que les permitía a los militares detener gente
sin intervención judicial y mantenerlos así por tiempo indefinido. Largas
listas de nombres salían en los diarios de la época. Los puestos a disposición del PEN estaban
preso, con libertad vigilada o con opción. Al menos reconocían que los
tenían, ya no eran desaparecidos. Aunque ellos seguían decidiendo sobre tu
vida, estés donde estés.
Cabe aclarar que, durante la estadía en La Perla y La Rivera, aún
no nos habían puesto a disposición del PEN. En ese período de cuatro o
cinco meses fuimos desaparecidos.
Durante el período de libertad vigilada empecé a planear mi viaje a España. Iba a significar un reencuentro amoroso y además un poco de paz que mucha falta me hacía, ya que seguía viviendo en un régimen dictatorial, aunque no estuviera dentro de una cárcel. Me levantaron el PEN en febrero de 1980. Luego decidí irme a España.
El exilio, España
Cuando pude pagar tres cuotas de un pasaje (mi hermano se hizo
cargo del resto) tuve que decidir, otra vez, si me iba a alejar de mis afectos,
de mi ciudad, de mi barrio, de mis cosas, de mi historia, rumbo a lo
desconocido. Y lo hice, tomé coraje y me fui.
La parte sentimental de mi exilio no anduvo muy bien. Llegué al
aeropuerto de Barajas en Madrid, y me esperaban dos compañeros amigos, rosarinos.
Mi ahora ex pareja no había podido ir. Sin entrar en detalles amorosos, por
suerte había un partido y muchos compañeros españoles y argentinos dispuestos a
ayudar y solidarizarse.
Y otra vez apareció Laura, mi salvadora: "Any, te venís a vivir a mi casa". Ahora
íbamos a compartir una casa, ya no era Devoto. La casita estaba en Getafe, zona
industrial donde Laura trabajaba, muy cercana a Madrid. Allí vivían muchos
obreros. En poco tiempo yo también conseguí trabajo en una localidad cercana.
Casi todos los argentinos íbamos dispuestos a seguir con la actividad política. En España vivían muchos hombres y mujeres militantes, exiliados de diversos países latinoamericanos. Cierto día, me dispuse a ir al local central que estaba en la Gran Vía, en Madrid, presentarme y ver en qué actividades podía colaborar. Había células de enseñantes pero los extranjeros no podíamos dar clases.
Funcionaban en un cuarto piso de un edificio muy antiguo y bonito.
Laura me había dicho que en España los fachos eran muy altos porque durante el
franquismo eran los únicos que se alimentaban bien. Y yo me quedé con eso. Voy
al local y, justo, sube conmigo al ascensor un tipo alto, grandote, vestido muy
canchero y me pregunta: "¿Piso?". Aclaro
que en el quinto había un local que reunía grupos de filosofía, de ultra derecha, que
se llamaba "Nueva Acrópolis". Yo me hice
la película: este es alto, va al quinto piso, es un facho, etcétera. Cuando me preguntó a
qué piso iba yo, medio perturbada, dije quinto. Pero al llegar allí no me bajé. Él
me seguía mirando raro y yo a él. Le
advertí que me había equivocado, que iba al cuarto. Ya ambos en el palier del cuarto,
me vuelve a preguntar: "¿a quién buscas?". El alto robusto resultó ser un
argentino que estaba allí haciendo lo mismo que yo. Más tarde nos reíamos de la
situación.
Llegué a Madrid en agosto de 1980. Entre los militantes había una
gran bronca y una gran tristeza, ya que en febrero de ese año habían
secuestrado, torturado y matado a la compañera Yolanda González del PST
español. Yolanda tenía 19 años, era vasca, de familia obrera, estudiaba el
secundario y trabajaba en limpieza. Sus asesinos confesos pertenecían al grupo
Fuerza Nueva, una organización ultraderechista que actuaba con total impunidad
durante la Transición española.
De los grupos fachos había que cuidarse cuando salíamos a marchar
o pegar carteles o hacer pintadas. Eran muy violentos y capaces de agarrar a algún
señor mayor por la calle y obligarlo a cantar el Cara al Sol, bajo la amenaza
real de recibir palos por negarse. Ese es el himno que adoptó el régimen
franquista.
Nuestra militancia incluía ir los domingos a la mañana al local
central a estudiar El Capital de Marx, imprescindible para los militantes de
izquierda. Se formaban lindos grupos. Luego de estudiar íbamos a almorzar y después,
generalmente, al cine. En Madrid había cantidades impresionantes de cines y
teatros. Era nuestra salida dominguera.
Conservo un recuerdo importante de la fiesta del Partido
Comunista Español (PCE) en la Casa de Campo de Madrid. El PC la organizaba desde
1977, año en que habían obtenido la legalidad después de la muerte de Franco. La
Casa de Campo es un pulmón verde de alrededor de 17 kilómetros cuadrados. Durante tres días se
llenaba de puestos de venta de comida y bebida, materiales políticos, música,
conferencias. Cada partido podía tener su puesto, pero solo de comestibles. La
propaganda política se la reservaba el PC. Los libros y materiales de nuestra
organización los podíamos exhibir y vender en la calle, antes de entrar. Según
mediciones esas fiestas llegaron a reunir más 750 mil personas que podían
disfrutar de conciertos multitudinarios, con artistas de renombre mundial. Además,
se podía degustar una variada gastronomía, conocer culturas diversas y acceder
a gran cantidad de lecturas y conferencias políticas.
Nosotros nos hicimos famosos por los choripanes argentinos.
Trabajamos muchísimo, antes, durante y después. Armamos el puesto, hacíamos
comida, vendíamos, desarmamos el puesto. Era todo un acontecimiento. Gozar de esta "legalidad" y la multitud de
gente ante la cual podíamos hablar libremente, decir qué pensábamos, en que
militábamos, por qué luchábamos, nos hacía muy felices.
Aunque no todo fue rosa. En Getafe teníamos un local lleno de
banderas rojas y desde allí se salía a hacer actividades. Laura era la cara
visible y realizaba muchas tareas. Los vecinos de nuestro edificio de clase
trabajadora, de tres pisos sin ascensor, nos tenían vistas. Lamentablemente, no
pocos de ellos seguían siendo franquistas. Y nos denunciaron. Los extranjeros, además,
teníamos prohibido militar.
Una tardecita, dos o tres tipos de civil aparecieron en nuestra
casa. Revisaron todo y encontraron pruebas más que suficientes para
encuadrarnos como "rojas". ¡Querían llevarnos! ¡Otra vez!!
Laura tiró discretamente una agendita en un cesto y les dijo que
la llevaran a ella y no a mí: que yo estaba loca, que así había quedado luego
de sufrir los embates de la dictadura argentina, que se iba a armar un lío
bárbaro si me llevaban, etcétera. Y me dejaron. Y se la llevaron a Laura. Yo grité
cuando se la llevaron, ¿dónde la llevan? Pero esto era bastante legal, hasta me
dieron un número telefónico y pude hablar con ella al otro día. "A ver si en Argentina
te van a responder", me dijeron.
Laura estuvo presa, le hicieron un juicio y este terminó con la
pena de la deportación a otro país no limítrofe. Mientras tanto, yo dejé la
casa de Getafe, me mudé a Madrid y cambié de trabajo.
Ya en Madrid, otro sobresalto: un intento de golpe de Estado, liderado
por un teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, al mando de unos
200 efectivos de la fuerza, irrumpieron armados en el Congreso de los
Diputados y los tuvieron secuestrados durante 17 horas. Los argentinos
exiliados pensamos: ¿también aquí? ¿Y ahora qué hacemos? Un compañero por
teléfono me decía "HG, HG", y yo bastante nerviosa no entendía nada. "Huelga
general", era nuestra consigna ante estas situaciones. Por suerte el intento de
golpe no prosperó y pudimos seguir viviendo en España.
Epílogo
Aclaro que seguí militando en España y luego en Argentina hasta
que surgió la crisis del Partido. Esa ruptura ya no la soporté. El compañerismo
y la confianza entre militantes revolucionarios quedaron destrozados. No era eso
lo que yo hubiera esperado.
Quiero terminar este escrito expresando un deseo y rindiendo un
homenaje.
Mi deseo es que este escrito sea el comienzo de un libro que
alguna vez pretendo escribir. Espero poder concretarlo.
Mi homenaje: en esta época de empoderamiento de la mujer y de
luchas feministas en tantas partes del mundo, quiero aclarar que, cuando nos
secuestraron, éramos un grupo de mujeres, algunas muy jóvenes, que mantuvimos
una conducta ejemplar y, sin conocer todavía el término, ejercimos gran
sororidad entre nosotras. No aflojamos, no colaboramos con los militares y
salimos enteras para seguir luchando por un mundo de iguales.
Vaya un abrazo muy fuerte y toda mi admiración para Bibi, Susi,
Mónica, Laura, Tessi, Gaby y Ana. Además, y especialmente para Silvia Chu y
Normita, que fueron madres en cautiverio.
No queremos una vida de miedo, control, exilio, represión y
muerte. Ojalá este material sea leído por muchos jóvenes para contrarrestar, al
menos en parte, el negacionismo que intentan imponernos.
Justo en estos días han identificado restos humanos de doce
personas en zona de La Perla, donde para muchas de nosotras comenzó esta
historia. Por todos, los que murieron asesinados, por los desaparecidos, por
los bebés apropiados y por los sobrevivientes, no dejemos de reclamar MEMORIA,
VERDAD y JUSTICIA.
ANY
Rosario, 12/03/2026
[1] La Perla fue uno de los Centros Clandestinos de Detención Tortura y Exterminio (CCDTyE) más grande del interior del país. Comenzó a funcionar con el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 hasta fines de 1978. Se estima que en ese período permanecieron en cautiverio entre 2200 y 2500 personas. La gran mayoría continúan desaparecidas. Fuente: Comisión Provincial de la Memoria de Córdoba.
[2] Ubicado en el sudeste de la ciudad de Córdoba, el “Campo de la Ribera” fue, entre diciembre de 1975 y mediados de 1978, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más importantes de la provincia. Este CCDTyE, por el que pasaron alrededor de 4000 personas, fue utilizado como base operativa del “Comando Libertadores de América”. Fuente: Espacio Memoria y Derechos Humanos. Ex ESMA.

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