TESTIMONIO DE ENDA MARRONE (Córdoba. Allanamientos. Madre de presa. Visitas a la cárcel. El exilio)



 


El 24 de marzo yo vivía en una calle donde se coloca una feria municipal. Compré las cosas de la feria y cuando volví golpearon la puerta, sin atropellos, unos militares. No recuerdo si estaban uniformados. Me preguntaron dónde estaba mi hija Laura. Les pregunté por qué la buscaban. Entraron al dormitorio a buscar cajas donde guardo cartas. Dieron con un cuaderno que tenía un poema, yo le dije: "no es político, es sarcástico". Como era gracioso no se pudo contener de la risa. Después vino el superior y me preguntó dnde estaba Laura y le dije que no sabía, tal vez en la facultad. Yo no tenía idea de qué clase de gente era. Yo no me había enterado de que ya había empezado el golpe. Mi marido estaba afuera. Mi otra hija, en la escuela. Me dijeron que si mi hija no se entregaba me llevarían a mí.

Pasó un día y la nueva entrada fue más corta pero más violenta. Insistieron que si no se presentaba mi hija me llevarían a mí. Yo pensaba en mis otros tres hijos y tenía miedo. En la calle la gente se quedaba paralizada, había camiones militares y helicópteros que sobrevolaban la casa. Esta fue más violenta en el trato y volvieron a amenazarme con llevarme. La última vez entraron con violencia, sin golpearme. Yo, bastante inconsciente, les hablaba con mucha altanería, les decía que no tenían nada que hacer en mi casa. Entraron a los dormitorios de mis hijos y los tenían arrinconados.

Hubo un tercer día, el 26, que fue más violento. Entraron por el fondo, en el techo, sin pedir permiso. Buscaron entre los libros, buscaban armas. No encontraron nada. Mis hijos ya no estaban ese día. Esa noche durmieron en la casa de mi hermana. Tiraron un tiro a un movimiento que era de la perra. La hirieron, pero la bala me pasó por la rodilla y me lastimó. Yo le contesté con mucho enojo y les gritaba. Yo les decía: "ya vino el ejército, la marina, quién más" Cuando se fueron vi que no era grave la herida. El que había disparado era un exalumno mío que no sé qué hacía en ese operativo. Le habían dado orden de disparar a cualquier movimiento. Seguían buscando a Laura.

Hablamos con un vecino que era capitán retirado del Ejército y nos propuso acompañar a mi marido a presentar a mi hija ante la aeronáutica que era el ala que se consideraba menos sanguinaria. Ella pertenecía a un partido legal y no había motivos para detenerla.

El Buen Pastor

Pero no fue así, la detuvieron, pero no nos dijeron a dónde la llevaban. La llevaron al Buen Pastor, unidad penitenciaria a cargo de las monjas de esa orden en la calle Hipólito Irigoyen al 300, donde ahora está el paseo cultural del mismo nombre.

Al día siguiente, nos llega un llamado telefónico de una monja en el que me decía: "Quédese tranquila que su hija está con nosotras, bien de salud, cualquier novedad la mantendré informada. Tráigale ropa".  Pocos días después me volvió a llamar la monja y me dijo que fuera que no iba a poder visitarla pero que ella sí me iba a dar noticias de mi hija. La monja, cuyo nombre no tengo derecho a usar porque no tengo su permiso, me dijo que mi hija y las otras chicas estaban muy bien. Que eran muy buenas, muy respetuosas. Me dijo que volviera el domingo siguiente y que cualquier cosa la llamara por teléfono. Así seguimos varios meses hasta que la trasladaron hasta octubre del 76. Todos los domingos íbamos a recibir noticias de las monjas. Nosotros les llevábamos masitas y sándwiches para las monjas. Ella me daba cositas hechas en crochet, como carpetitas, animalitos que mi hija y sus compañeras hacían con agujas que les habían dado las monjas y con lana de los pulóveres que les llevábamos. Ellas destejían para hacer labores. 

Durante ese tiempo recurrimos a un militar conocido que nos dijo que era mejor que no nos metiéramos, que no íbamos a conseguir nada. Nos dijo que a los guerrilleros, que en ese entonces habían aparecido asesinados en una plaza y que la comunicación oficial había informado que habían sido asesinados en enfrentamientos con otros guerrilleros, los habían matado ellos.

Fuimos a ver a Monseñor Primatesta, el Arzobispo de Córdoba, que vivía a pocos metros de la misma cárcel del Buen Pastor. Primatesta nos recibió y dijo que no podía hacer nada.

El momento era muy difícil para nosotros. Habían secuestrado y desaparecido a los tres hijos de una familia muy amiga de mi marido. Sus hijos habían compartido juegos, fiestas, encuentros de las dos familias cuando eran pequeños. El golpe fue tremendo. Y así, todos los días nos manteníamos informados de otros casos de desaparecidos de la ciudad.

Yo tuve que pedir mi jubilación anticipada pues no podía seguir trabajando como inspectora general de Escuelas de la Provincia en el marco de la dictadura. Mi marido también, pidió su jubilación anticipada como profesor de la universidad de Córdoba.  Los dos con menos haberes y cortando nuestras carreras. No  podíamos estar bajo ese gobierno.

Pocos meses después recibí otro llamado en el que la monja me decía que la habían trasladado y que ella no sabía dónde. Me devolvieron la ropa, pero no sabía dónde estaba. Una posibilidad era la Unidad Penitenciaria de San Martín. Fuimos. Me hicieron una requisa humillante. En esos días salió en el diario que estaba a disposición del Poder Ejecutivo en Devoto. Era la primera vez que las reconocían legalmente. Eso me dio tranquilidad que no la iban a hacer desaparecer como ocurrió con otras personas.

Las visitas a Devoto

Mis visitas a Devoto eran cada 45 días. Tenía siete días. Mi marido también iba. O sea que cada 45 días mi hija tenía 14 visitas. Y un día a la semana iba mi otra hija. Laura no se podía quejar de visitas. Tenía que ajustarme a las normas de la cárcel. La ropa no tenía que tener botones forrados. Pero nunca me humillaron. Podía llevar libros, ropa y productos de limpieza. Depositaba dinero en una cuenta de la cantina que le permitía a mi hija comprar yerba, azúcar, leche, cigarrillos, kerosene para el calentador para tomar mate y fósforos.

A la entrada de la visita a Devoto se formaban dos colas: una de presos políticos y otra de delitos comunes. Recuerdo que de vez en cuando un familiar de delito común se mezclaba en la cola nuestra para que no se dijera en Córdoba que su hijo era preso común. Tenía más crédito social ser presa política que común. A la salida de la visita yo tenía grupos de gente del interior que pedía mi asesoramiento porque mi hija le decía a los familiares que me buscaran para que yo les indicara cómo moverse. Eran familiares que no sabían cómo moverse, dónde conseguir un abogado, dónde ir a un ministerio a reclamar por sus hijos.  Me partían el alma.

Durante el entretiempo mantuvimos correspondencia semanal con ella. Las cartas venían con el sello de censuradas y a ella, las nuestras también. El cartero me veía esperando la llegada de cartas en la puerta cuando sabía de su llegada. Con el tiempo me reconoció y me dijo que cuando no llegaba carta me veía llorar.

El exilio

Durante ese tiempo tramitamos su ciudadanía italiana por el padre de mi marido que era inmigrante italiano. De ese modo tramitamos la opción a salir del país, un derecho constitucional que existe bajo estado de sitio. Cuando la dejaron salir tuve mucho miedo de que los mataran a la salida de la cárcel como decían en otros casos aduciendo no sé qué. No salieron de la cárcel, la llevaron a Coordinación Federal y luego la llevaron a Ezeiza. Allí pudimos despedirla con mi marido y algunos familiares. Le llevamos una valija con ropa y algún recuerdo para que tuviera algo nuestro en su exilio.  Mi marido viajó con ella a hasta Roma. No conocíamos a nadie y era llegar y empezar de cero.  Luego viajaron a Brienza, sur de Italia, de donde era la familia de mi marido a completar los trámites de la ciudadanía. Allí fueron muy bien recogidos por los parientes que no nos conocían, solo que había habido un tío que se fue a los 14 años. En el pueblo también fueron muy solidarios. Es un pueblo pequeño y cuando llegaban la gente decía: "sono arrivati le americani" como cuando desembarcaron los aliados en la Segunda Guerra Mundial contra Mussolini.

Yo pude ir a visitarla a Madrid en 1981 cuando vivía en Getafe, un pueblito en las afueras. Ella compartía la vida social con compañeros argentinos exiliados en España y con españoles muy solidarios. Una noche me dijo muy enigmática: "Madre nos vamos a Madrid que ahí Danielito te quiere conocer y así visitamos Madrid, más cómodas". Yo no entendía nada. Me levantó a la noche, nos fuimos a dormir a lo de ese chico, muy atento, pero no tenía sentido. Estábamos incómodas. Con el tiempo me confesó que acababan de matar a una compañera vasca, Yolanda González y que no era bueno permanecer en la casa de ella que era una exiliada política. Fueron momentos muy tensos, y no me permitieron disfrutar de nuestro encuentro luego de casi cinco años sin vernos. 

En 1982 mi marido volvió a viajar a visitarla, esta vez a París. Después del asesinato de Yolanda, Laura fue detenida por la policía de España, encarcelada y expulsada del país. Nos enteramos por los diarios. Salió una nota en el diario Crónica que decía que una subversiva había sido detenida en Madrid. Ella no nos había querido decir nada para no preocuparnos, nos mandaba cartas por otra compañera que las reenviaba a casa. No podíamos creerlo y no teníamos consuelo. Supe después que fue por lo de Yolanda, porque ella fue parte de los chicos que hicieron campaña por justicia. Cuando llegó mi marido a París estalló la guerra de Malvinas. Otra vez las tensiones. Me contó que fueron a concentraciones de los exiliados contra Inglaterra.

La solidaridad

Durante el exilio, siguieron nuestras cartas, hasta que por fin pudo regresar luego del levantamiento de sitio. Cuando regresó hicimos una gran fiesta en la casa de mi hermana que había sido muy solidaria con nosotros, como toda mi familia, la de mi marido en Buenos Aires que nos prestaba la casa para alojarme cuando viajaba y mi vecina Hilda, que alojó a mis otros hijos cuando la detuvieron. Por suerte a mis otros hijos no les pasó nada, pero algo sí, perdieron amistades y alguna oportunidad de trabajo a causa de su hermana.

Todos estos años los 24 de marzo he ido a las marchas, este año ya no podré. Tengo 99. En la plaza del barrio plantamos un árbol de la memoria, también por mi sobrina Silvia, secuestrada en 1977, por los hermanitos Hunsiker, Diego, Claudia y Héctor. Por todos los desaparecidos y para que aparezcan los nietos, especialmente el de Sonia Torres, que seguimos buscando.

Córdoba, enero 2026

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