TESTIMONIO DE JUAN GAUNA (Regional Rosario, Juventud secundaria, ferrocarril, frigorífico Swift, detención, tortura, violencia de género, Malvinas)
Ingresé al Partido Socialista de los Trabajadores (PST) en
1973 después de las elecciones cuando ganó Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima. Yo tenía
simpatía por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), pero me ganó el PST. Cuando salía de la
escuela secundaria me iba al local que estaba
en la calle Rioja en Rosario. Tenía dudas de lo que ocurría en Rusia.
Venía de una educación religiosa y me costaba el ateísmo de los marxistas. Entré
al PST a participar en las elecciones cuando la fórmula Perón-Perón. Militaba
como un loco, iba corriendo como
fiscal de una escuela a otra. Los otros me decían: "Juan te cuidamos los votos,
quédate tranquilo".
El ferrocarril,
el frigorífico
La política del Partido era entrar en fábricas. Entré en el ferrocarril, en los talleres. Yo era pibe y el resto era grande. Entraron 10 de izquierda a trabajar porque el que organizaba el taller quería contrarrestar la presencia de la derecha. Había mucha pelea con los fachos. Íbamos armados, levantábamos banderas rojas. Se puso picante. El Partido me dijo que me fuera del ferrocarril porque algunos eran peligrosos y me podían matar. Habían participado de la Matanza de Ezeiza, cuando volvió Perón en el 1973.
Entré a trabajar en el frigorífico Swift con mi hermana Viviana María. Yo era fanático mal. Me mataba militando. Hacía las guardias en el local, salía de trabajar, me bañaba e iba al local. Cuando se dio el golpe de Estado el Partido ya había pasado a la clandestinidad. Al local de la calle Maipú le habían puesto una bomba. En plena dictadura en el Swift no hacíamos actividades políticas, sino sociales. Organizábamos partidos de futbol, bailes. Nos querían todos mucho. Mi hermana le escribía cartas de amor a las chicas para los chicos que les gustaban. Escribía muy bien poemas. Mi hermana tenía una cartera con una libreta donde escribía y el plástico chiquito que tenía en su diminutiva cartera abajo, coincidía con la libreta donde ella escribía poemas de amor. Tenía agujero y al ponerlo arriba de cada hoja, por puta casualidad, salía alguna palabra o frase .
Éramos muy populares. Pero los jerárquicos nos miraban con desconfianza. Nos cuidábamos mucho, pero había gente de los servicios en el mismo laburo.
La detención, la tortura
Unos días antes de primavera del 76 estábamos en Córdoba y Mitre esperando a una compañera que venía de Santa Fe con mi hermana. Y ahí nos levantaron policías y policías de civil que patrullaban. Cuando veo que pasan los autos y el azul, el auto comando de esa época, le dije a mi hermana: "no podemos escapar ni correr, quedate tranquila si nos llevan. Yo no voy hablar nada, prefiero morir, vos no digas nada, solo que hacés caso a tu hermano mayor (Juan el responsable de la familia)". Nos llevaron a la comisaría de la calle Paraguay y San Juan. Nos sacaron todo lo que teníamos. Mi hermana tenía una carterita con muchos poemas que ella escribía. Los policías se creyeron que eran textos en código. Me interrogaron por nombres de gente con la que nos habían visto antes.
Sospechaban que éramos del ERP, no del PST. Sabían que mi hermana y yo hacíamos bailes y que éramos muy populares y queridos y eso les llamaba la atención. Ellos decían: eso no encaja. La mayoría de la gente en la fábrica era del norte y no tenía tantos vínculos. De la comisaria nos llevaron al servicio de informaciones de la Jefatura de Policía.
Se ensañaron con las mujeres, a las que violaban. A nosotros los varones nos torturaban. A veces venía un interrogador y criticaba a los que nos tenían a cargo porque todavía estaban con nosotros sin avanzar. En esos días hubo un atentado muy grande. En la calle Junín, antes de Avellaneda, donde había reparación de máquinas del ferrocarril y había un paredón. Estaba un auto que explotó cuando pasó un colectivo de la infantería que venían de la cancha de Rosario Central de hacer adicionales. Murieron 8 Policías. Fue un caso muy famoso, sin que nadie se lo reivindicara. Después de eso nos dieron con todo, nos patearon, nos golpearon. Zafamos de que no nos fusilaran. Había uno de gendarmería, muy loco, que te hacía besar la bandera de Argentina antes de interrogarte. Era fanático, el que no la besaba cobraba o lo mataba. Era el jefe de policía, muy famoso.
En el Partido éramos muy unidos, íbamos a comer una pizza a una peña. Éramos muy compañeros. Preferíamos morir antes que traicionar a un compañero. Antes de cantar alguno en la tortura me hubiera dado la cabeza contra la pared. Nos ponían en unas sillas que le llamaban la huevera. No sabía por qué le decían así. Después me enteré que era porque estaba rodeada de cartones de huevos para amortiguar los golpes y los gritos de los torturados Yo era flaquito y me quería ir a las manos con los canas. Los tipos eran lúmpenes, se divertían violando, torturando, golpeando. Una basura humana. A mi hermana la violaron varias veces. Habíamos acordado que ella dijera que el que estaba en el Partido era yo. Que no conocía a nadie. Nunca dijo nada. Nunca se quebró. Cuando pasó el tiempo nunca pude hablar con ella lo que le había pasado, lo que había sufrido, incluso por ser mujer. Se ponía mal y lloraba.
Estuvimos más de 20 días secuestrados, sospechosos de actividades subversivas -así quedó en el prontuario de la policía- y estuvimos cuatro días vendados, por lo menos yo. Un vecino me reconoció por la voz. Me dijo por mi sobrenombre: "Carpincho". Tenía un kiosco frente a mi casa. Le pedí que cuando saliera le dijera a mi madre que estábamos vivos. A todo esto mi madre estaba loca: nos buscaba por todas partes, no dormía, saltaba de la cama a las 2 de la mañana. Un día se metió en el comando del Ejército. ¡Cuando este pibe le dijo donde estábamos mi vieja y mi tía se metieron dentro del servicio de información! Las atajaron. La llamaron a mi hermana y le dijeron que si mi madre no se iba nos iban a matar a los dos. Mi vieja no se quería ir, decía: "Mis hijos son buenos, defienden a los obreros". Metía la pata. No se quería ir. Le dije a mi madre que por favor se fuera, que ya íbamos a salir. A mi mamá muchos vecinos y amigos del barrio la querían mucho y a sus cuatro hijos, por todo lo que hacía por nosotros y de su sufrimiento. Reclamaron por nosotros incluso curas, pastores y hasta propios policías que nos conocían del conventillo.
Cuando pudimos leer nuestros prontuarios, tiempo después, vimos que éramos sospechosos de subversivos. Mi hermana Pocha quedó mal: dejó de trabajar, no salía. De la tortura le quedaron secuelas. Tuvo una aneurisma y murió hace algunos años. Calculamos por sus dolores de cabeza que al aneurisma se lo agarro en su tortura y con el tiempo tuvo dos ACV y en el último falleció.
Buenos Aires, la Guerra de Malvinas
Yo tuve que irme a vivir a Buenos Aires. Recuerdo que ese jefe de policía que mencioné antes me dijo antes de salir en libertad: "Vos andás en algo y si llegás a caer de nuevo no la contás más". Cuando salí vi que me seguían. Estábamos tabicados en el partido. La compañera que me atendía me dijo que me fuera a Buenos Aires. Me alojó mi tía, que era muy solidaria.
Ya en libertad, en Buenos Aires, entré a trabajar en la fábrica de plásticos Straus, en Ramos Mejía. Me conecté con el Partido, pero estábamos muy tabicados. Una reunión por mes entre cuatro o cinco, siempre los mismos. No conocíamos de otro lado. Recibíamos el periódico en cajas de remedios. Una vez me dijo mi tía: "Te trajeron una caja de alfajores, me los comí". ¡No me di cuenta que debajo de la caja estaba el periódico!
La fábrica era una de las más importantes de plástico del país. Eran medio peligrosas las máquinas porque trabajaban muy rápido. Si te demorabas se hacían rollos, y se paraba todo. La patronal trataba de que no nos durmiéramos para que no hiciéramos lío y tuviéramos accidentes. Las pérdidas eran terribles. Algunos se quedaron sin manos.
En la fábrica yo llegué a tener un solo contacto que se llamaba Charli. Yo le pasaba mi periódico. El era medio afeminado. Yo lo trataba bien, el resto de la fábrica lo trataba mal. Había mucho machismo en la fábrica y me cargaban porque yo lo trataba bien. Incluso por el solo hecho de que yo lo trataba bien se creían que éramos pareja y me cargaban mal. Eso pasaba afuera también. Había mucho maltrato a los homosexuales, pero en el Partido eso no pasaba, por eso se acercaban muchos a nosotros.
Durante la época de Malvinas me echaron. El jefe había sido milico. Yo me embanderé con las Malvinas. A un pibe lo reclutaron y lo llevaron al sur. Nosotros hicimos colectas, le mandábamos mates, le compramos termos que nunca le llegaron. Una vez hicieron un simulacro por si había un bombardeo de Buenos Aires. No pasó nada.
Cuando fue la marcha de San Cayetano, yo iba a veces sin acordarlo con el partido. En una de esas me empezó a seguir un policía, y me agarró la paranoia. Cuando se rinden los militares en Malvinas estábamos furiosos, queríamos ir a tomar la Casa de Gobierno. Queríamos prender fuego a los colectivos. Me subí a uno y le dije a los pasajeros: “los militares vendieron a los pibes. Bájense que vamos a quemar el colectivo”. ¡Mirá qué locura!. Al final los compañeros no me dejaron quemarlo.
Villa Gobernador
Gálvez
Cuando se forma el Movimiento Al Socialismo (MAS) me volví a Rosario. La dictadura ya estaba derrotada. Ahí organizamos mi Villa Gobernador Gálvez. Llegamos a tener cuatro locales. Fui candidato a concejal y luego a intendente. Logramos meter a un concejal en Rosario, el compañero Luis Cuello. Llevábamos la campaña de "No pago de la deuda externa". La gente no entendía nada, no sabía qué era la deuda ni el Fondo Monetario Internacional (FMI). Tuvimos buena elección, pero no llegamos a tener un concejal. Pasaron los años y seguí militando. Ahora tengo un programa de radio desde el cual difundo las ideas socialistas y las luchas de los trabajadores. Seguimos dando la lucha hasta el último aliento. Vamos a luchar por el socialismo. Tenemos una fe tremenda en que es necesario luchar para que gobiernen los trabajadores, si no vamos a barbarie. Por eso hay que luchar para cambiar esto. Tengo esperanzas en la clase obrera. En los momentos tan duros durante la dictadura parecía que nos habían aplastado y salimos adelante. Así tenemos que hacer ahora. Hay que luchar.

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