TESTIMONIO DE LITA GIORDANO (Juventud universitaria, Córdoba, Navarrazo, Rodrigazo, San Juan, clandestinidad, allanamientos, militancia fabril)



Recordar los acontecimientos ocurridos en la dictadura militar del 76, traer a la memoria todas esas vivencias, fue difícil para poder plasmarlo en estas líneas. Quizás porque fueron momentos muy duros de mi vida y en la de nuestra generación, una juventud cargada de ilusiones, que luchábamos por una sociedad sin clases, sin explotados ni explotadores, por el socialismo, por el derecho de las mujeres y disidencias, por el internacionalismo, por un partido revolucionario internacionalista; todos esos ideales que aún tengo muy presente.  

El Cordobazo en 1969 dio lugar al surgimiento de una nueva vanguardia estudiantil, muy ligada a las luchas de la clase obrera. Muy consciente, antisistema, socialista, con los ideales de cambiar todo. Ingresé a la universidad en el 72 y recuerdo en esos años el comedor universitario y el debate con distintas corrientes estudiantiles, con cánticos y oratorias, donde cada uno ponía su posición, o convocaba algún debate o acción de lucha, que estaban ligados al proceso de luchas fabriles del Viborazo.

Movimiento estudiantil universitario

Era un momento de mucha actividad política no solo en la universidad, también en los colegios secundarios. Expresaba también los procesos mundiales de grandes luchas como el Mayo francés, la Revolución cubana, donde los obreros luchaban junto a los estudiantes, lo que llamábamos unidad Obrero-Estudiantil. 

En el 73 conocí a la Juventud del PST a través de mi primo Juanjo en una fiesta. Yo no tenía idea de la vida política. Solo estudiaba en la universidad cursando el tercer año en la Facultad de Medicina. Siempre fue mi pasión el cuidado de la salud y llegar a ser médica. 

Comencé mi militancia en abril del 74 cuando un compañero de la juventud, Carlos C, me invitó a hacer un curso sobre conceptos políticos elementales y la historia del movimiento obrero. Eso plasmó y le dio contenido a mis principios de defender derechos humanos y entender la lucha de clases a través del análisis marxista. Me abrió la cabeza. No dudé en que ahí estaba mi lugar para luchar.

Conocí a varios compañeros como el Petizo Páez, dirigente del Sitrac-Sitram, delegado de la Fiat Concord, un cuadro obrero de gran prestigio sindical durante lo que se llamó el clasismo, ganado por el Partido. Llegó a ser miembro de la Dirección Nacional y también candidato a gobernador y vicepresidente. Siempre lo recuerdo con su moto puma haciendo pegatinas. Cuento una anécdota: en las calles de Córdoba lo interceptó un radical porque había pegado un cartel sobre el suyo, y el Petiso le dijo sacando pecho: "¿Sabés quién soy yo? El candidato a gobernador", El radical no lo podía creer, verlo con un mameluco y su moto. Otro de los grandes compañeros fue César Robles, también miembro de la Dirección Nacional y Regional. Mi gran admiración por su formación política internacional. Fue asesinado por la Triple A en Buenos Aires. Eso generó un gran impacto en el Partido. Puedo también mencionar a hermosos compañeros y compañeras como Laura, T , La Loba -ya fallecida- y su compañero el Orlando, Carlitos “Cabezón” y su compañera Zulema -fallecida-, Roberto, Manolo “Trotskin”, Enr, el Chi, Delia, el “Besti”, y a José Mussio -también fallecido-, de gran prestigio en Radio Universidad; Roberto y de tantos que ya no están.  

Yo militaba en la Facultad. Estaba en tercer año cuando formé el equipo de Medicina con compañeros como Ric, Tur,  A, Carlos Freites, Mónica, Hor, militantes que con mucha pasión trasmitían la necesidad de construir la herramienta política revolucionaria y luchar por el socialismo. 

Éramos militantes apasionados, disciplinados, abnegados. Todos debíamos proletarizarnos, es decir tener un trabajo donde nos conectara con la clase. No había nada mejor que un compañero. Nuestra formación era morenista, trotskista y convencidos de ser partícipes de las luchas obrero estudiantiles, que se desarrollaban contra los planes de ajustes del gobierno de Perón e Isabelita. El Partido estaba muy bien organizado. Una parte legal y una clandestina. Nuestra vida militante era muy activa. Participábamos en las acciones de luchas estudiantiles y de la clase obrera, el objetivo era captar esa vanguardia, hija del Cordobazo.

El regreso de Perón generó expectativas en los trabajadores. Asumió el 25 de mayo del 73. Lo primero que hizo fue hacer un pacto con los metalúrgicos que venían de grandes luchas y le dio luz verde a la Triple A, un grupo parapolicial fascista de ultra derecha, que asesinaba a los activistas obreros y militantes de izquierda. En dos ocasiones pusieron bombas frente al local de Humberto Primo y Avellaneda, destruyendo la puerta y ventanas del bar que estaba al lado. Era la forma intimidatoria y asesina con la que actuaban con total impunidad.  

El 27 de febrero del 74 se dio el Navarrazo, un golpe de Estado provincial en Córdoba, con la destitución del gobierno de Obregón Cano y Atilio López. Un evento clave para entender la historia de los años 70. Se legalizó el Operativo Independencia, dando participación militar a la represión. Marcó un aumento de la violencia política hacia la izquierda y hacia los gremios que se opusieron al golpe: Luz y Fuerza, liderado por Agustín Tosco; el SMATA con René Salamanca y la UTA con Atilio López. 

A partir de esos hechos el Partido tensó la militancia. La entrada al local era restringida y muy controlada. Estaba ubicado en las calles Humberto Primo y Avellaneda. Le llamábamos la Torre: una verdadera fortaleza. Se colocaron bolsas de arena en los balcones que daban a la calle como protección, la parte posterior daba al río. Teníamos una mirilla para ver el ingreso desde el primer piso, siempre controlado por guardias de los militantes. Cada equipo tenía un espacio designado para reunirse. La vida de los militantes era muy alegre, de camaradería, de compañerismo. Aprendí mucho de esa militancia abnegada a sus ideales. 

Un día T. me propuso volantear la casa central del Banco de la Provincia de Córdoba en la calle San Jerónimo. Los bancarios estaban en conflicto por reclamo salarial. Cuando estaba volanteando a las siete de la mañana, salió un empleado y me dijo "andate que está la policía". Caminé media cuadra y me detuvieron. Fue un error haber ido sola. Estuve 24 horas detenida en la D2, a media cuadra de la Plaza San Martin. Me abrieron un prontuario, fotos de frente y perfil; mi primera experiencia represiva. Mi semblante siempre estuvo firme a pesar de ser muy nueva en la militancia, sin experiencia. Cuando estaban por liberarme, la policía pretendía que firmara un escrito donde decía que repartía volantes del PRT a lo que me negué rotundamente pidiendo la modificación, que dijera que era del PST. 

Tuve la oportunidad de hacer dos escuelas con Nahuel Moreno: una en la legalidad en el Club Ambrosiano sobre Lógica Marxista e Historia del Movimiento Obrero, y otra en clandestinidad de Revolución Permanente. Fue una experiencia muy importante conocer a nuestro líder, su capacidad de enseñar la importancia de un buen análisis de la realidad, las caracterizaciones, las contradicciones, la crisis de dirección y la necesidad de la construcción del partido.

En junio del 75 se produjo el Rodrigazo, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón. El ministro de Economía de aquel entonces, Celestino Rodrigo, aumentó la nafta en un 100% y los servicios públicos en un 180%. La Confederación General del Trabajo (CGT) convocó a un paro por 48 horas. Recuerdo que hubo una gran movilización en Plaza las Américas: bajaban de la ciudad universitaria los estudiantes, desde la avenida Vélez Sarsfield miles de obreros de la Renault. Y por avenida Ambrosio Olmos, trabajadores de Fiat y varias metalúrgicas más. El partido se avocó a participar con toda la militancia desde sus lugares de inserción. 

Ese año el Partido sufre un golpe represivo. Estábamos militando en la universidad y nos enteramos que habían allanado el local. En ese momento fueron detenidos 20 compañeros y compañeras, golpeados duramente por la policía. En el procedimiento destruyeron la imprenta, el mimeógrafo, toda la documentación, las paredes fueron pintadas con las inscripciones "Viva la Triple A". Dejaron en claro que los fachos actuaban junto con la policía.

Nuestra militancia estaba muy controlada. No podíamos demorarnos en una cita, había control de seguimiento. Yo me había ido de la casa de mis padres para vivir con dos compañeros, María E. y el Chino. Trabajaba en la Clínica Chutro y estudiaba. Un día llegó el correo a la casa y de repente tuvimos que levantarla porque el cartero era un facho y lo identificó a nuestro compañero.

San Juan. Golpe de estado

En septiembre, habiendo cumplido un año de militancia, el Partido me propuso ir abrir la juventud en San Juan junto con mi compañero T. Iniciamos ese desafío, fuimos con mucha fuerza y entusiasmo. Nos encontramos con un partido inserto en la clase obrera, ceramistas y enólogos. Pancho, obrero ceramista era la dirección, junto a su hermano Horacio Castro, que era la figura pública en las elecciones. Logramos reunir compañeros de juventud de la universidad. Fue un corto período previo al golpe.

Cuando se dio el golpe militar del 76 yo trabajaba en una clínica como enfermera. El 23 de marzo me tocó la guardia nocturna. A las 5 de la madrugada del 24 la radio trasmitía el comunicado militar que derrocaba el gobierno de Isabel de Perón y asumía la Junta Militar de Jorge Rafael Videla, Orlando Ramón Agosti y Emilio Eduardo Massera. Fue un duro golpe emocional que compartimos con un trabajador telefónico. Él era militante de los Montoneros. Nos abrazamos y lloramos juntos. Sabíamos que había un cambio de régimen y todo cambiaría en nuestras vidas de militancia política. 

Ya se escuchaba que había un antes y un después en la historia argentina. El accionar represivo fue brutal. Entraban a los domicilios y secuestraban de noche a todos los militantes obreros y estudiantiles. Había listas negras que las patronales entregaban a las fuerzas militares. Muchos sufrieron secuestros, desaparición, torturas y el exilio.

Había que tensar al Partido y a la militancia. Fueron años muy duros. Por seis meses no tuvimos contacto con el partido nacional. Realizábamos las reuniones clandestinamente, armábamos la política con los editoriales de los diarios Clarín y La Nación. Había que mantener vivo al Partido. 

Nuestras vidas eran con citas muy precisas. Respetábamos a rajatabla los horarios de encuentros. Nada era al azar, todo se planificaba con precisión, Teníamos un domicilio legal para dar en el trabajo y otro clandestino, donde realmente vivíamos.

A los seis meses tomamos contacto con la Dirección Nacional del Partido y pudimos encontrarnos con el compañero Joaquín. Llegó a San Juan para conocer nuestra situación y recibir información del conjunto del Partido. Supimos de la detención de compañeros entre las que conocía a Laura y a Dorita de Córdoba, y de la desaparición de compañeros, Entre ellos Eduardo Villabrille, un cuadro a quien admiré por su sencillez y compañerismo; abnegado a la militancia, siempre escuchándote antes de responder. Y de muchos otros que habían sido reprimidos. Teníamos que sacar fuerza para sobrellevar el golpe emocional que provocaba. 

Nuestra organización en esos momentos fue centralista. Había que cuidar y fortalecer a cada compañero y compañera con medidas de control de seguimiento, limpiar las casas de prensa, volantes, libros o direcciones que pusieran en peligro la vida. Recibíamos el periódico camuflado en caja o cajones de harina u otros alimentos. Luego lo entregábamos en una caja de cigarrillos. Nos escribíamos con tinta indeleble. Fue un largo período de militancia clandestina. Debíamos mantener la moral bien fuerte y el cuidado de no ser secuestrados por la dictadura. Nuestro eje político fue orientado a participar de las movilizaciones de las madres y organismos de Derechos Humanos y al CELS, exigiendo la aparición con vida, juicio y castigo a los culpables. 

Recuerdo también que tuve que viajar a Mendoza para rescatar a dos compañeras que habían ido a militar para construir el Partido y quedaron aisladas. Siempre nos acordamos actualmente con Mar. cómo fueron esos momentos de encuentro, en el marco de una dictadura.

En el 1979 mi compañero T. tuvo que ir hacer el servicio militar a Comodoro Rivadavia, lo que debilitaba el equipo de dirección. El Partido envió a Graciela (Chany), una compañera de Buenos Aires, fue muy importante su experiencia militante en docentes, lo que nos permitió abrir ese sector.

A fines de ese año se decidió que regresara a Córdoba, remplazándome el compañero La Mona, a quien admiré por su trayectoria en el movimiento obrero. Siempre alegre, abnegado. Lamenté no quedarme en San Juan porque habíamos logrado hacer un buen equipo de dirección. Después de unos años me enteré que había fallecido en un accidente cuando viajaba al sur. Fue una gran pérdida para el Partido.

Asesinato de Horacio Castro

Ya en Córdoba formé parte de la dirección de la juventud. Mi militancia estaba centrada en la universidad, retomando la carrera de Medicina. En ese año secuestraron al compañero Horacio Castro de San Juan, quien había sido candidato a gobernador por el PST. Lo detuvo la policía con la excusa de una violación. Por varios días estuvo desaparecido y apareció asesinado con 40 balazos. Una tragedia. Nadie se hizo cargo institucionalmente. Seguían los coletazos de la dictadura junto al asesinato de la compañera Ana María Martínez en Buenos Aires. 

En pocos meses, con el mismo modus operandi, los servicios de inteligencia fueron a buscarme a la casa de mis padres en Córdoba, con la excusa de un accidente. No me encontraron y al día siguiente cuando fui a ver a mi madre, me contó lo sucedido. La preparé inmediatamente para afrontar una nueva visita. Al terminar de conversar, golpearon la puerta. Eran ellos. Desde la ventana los vi. Eran dos, uno rubio y otro moreno. Venían en un Citroën. Mi madre logró persuadirlos negando mi presencia y así se retiraron. Me fui de la casa de mis padres horrorizada, con mucho temor a encontrarlos. 

El Partido me planteó que no podía seguir en la universidad. Me propusieron tabicarme o ir a otra provincia y decidí quedarme y pasar a funcionar en un equipo obrero barrial. Fue así que mi trabajo político se centró en el barrio de Santa Isabel, Cabildo y Villa Libertador, orientado a un trabajo fabril. Junto a otros compañeros abrimos el local de Barrio Cabildo cerca de la fábrica Renault. Era 1982, post Guerra de Malvinas. Ya estamos en la transición de la apertura democrática y el partido se dio la política de abrir locales en los barrios. 

A nivel personal fue muy duro. Durante dos años veía a mis padres en las plazas muy de vez en cuando, separada de mis compañeros y compañeras de la juventud, dejar nuevamente los estudios de una carrera que me apasionaba. Trabajaba en el Sanatorio Allende como enfermera, y recuerdo que en el 1982 con la Guerra de Malvinas organizamos una lista de voluntarias y un banco de sangre, en apoyo a esa lucha antimperialista. El desgaste de la dictadura se notaba en las grandes movilizaciones con cánticos: "¡Se va acabar la dictadura militar!". Ya se percibía en mis compañeros de trabajo el cambio en la conciencia y la crisis del régimen. 

La caída de la dictadura

Con la apertura democrática por la caída de la dictatura y el cambio de régimen 1983, por varios años seguí sufriendo persecución política por ser de izquierda, hasta perder la fuente de trabajo como sucedió en una fábrica metalúrgica, siempre con la complicidad de la burocracia sindical peronista.

Ese año comencé a trabajar en una fábrica metalúrgica: Morcho y Benítez, ubicada en el cordón industrial de San Carlos. Éramos dos militantes del Partido: una compañera como administrativa y yo como operaria en la sección devanadora de bobinas. Se fabricaban motores de 3/4 con alrededor de 120 operarios y varias operarias mujeres.  

No podíamos decir que militábamos en el MAS. A partir de actividades sociales fui designada junto a tres compañeros y compañeras como vocera. La burocracia no permitió la elección de delegados a pesar del pedido formal que hicimos. Igualmente nos organizamos con otras fábricas -Lofran de fundición, Petrucci de tornillos, autopartes Transax y otra que no recuerdo- a través de partidos de futbol. Realizábamos reuniones donde planteábamos la necesidad de apoyarnos ante cualquier despido y salir a las movilizaciones unidos, ya que era un momento de grandes luchas de los metalúrgicos.

En el partido formamos una agrupación que se llamaba “Vanguardia Metalúrgica”, donde llegamos a reunir 47 delegados. Teníamos mucha fuerza en los congresos. Éramos un peligro para la burocracia sindical.

Vargas, uno de los delegados de la fábrica Lofran -que llegó a ser conducción de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM)- , nos denunció a la conducción del Sindicato que éramos zurdas. Este le dio aviso a la patronal e inmediatamente nos despidieron. A ella con el fundamento de que tenías mal desempeño -siendo que una semana antes la habían premiado con aumento de categoría- y a mi por muchas faltas, aunque en 14 meses solo tenía tres por enfermedad. Quedaba claro que nuestro despido era persecutorio y político. Y a pesar de haber tomado la fábrica por tres días pidiendo la reincorporación, quedamos afuera. Era evidente que todavía seguían los coletazos de la dictadura militar. Nos llevó mucho tiempo volver a decir que somos de izquierda, trotskistas y socialistas.

Esta es mi historia y la de muchos militantes que sobrevivimos a la dictadura militar. Fue para mí una prueba de fuego para continuar militando hasta la actualidad, siempre apoyando las luchas de la clase obrera y construyendo el partido como nos enseñó Moreno. Quedarán para las futuras generaciones nuestras experiencias, que nutren la tradición de la corriente morenista y revolucionaria.

Córdoba, 11/03/2026

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