TESTIMONIO DE MARINA (Juventud secundaria, detención, violencia de género)


Antes que nada, hago saber que no era una militante probada. Tenía 16 años por aquel entonces y la relación con el Partido era incipiente, con pocas acciones partidarias. En algunas oportunidades participaba de reuniones de juventud, a las que se llamaba también, creo que, de equipo. No me acuerdo bien eso. Ocasionalmente nos daban alguna tarea. Cumplíamos alguna tarea militante que era llevar algún periódico, algún contacto. En ese tiempo yo estaba cursando el secundario en el Colegio Integral Modelo, aquí en Córdoba. Esa era mi actividad partidaria en ese tiempo de la dictadura y en el periodo en el que fui secuestrada.

Anteriormente, previo al golpe, la verdad que como adolescente yo no llegaba a percibir la gravedad de los acontecimientos. Todas esas acciones que alteraban la vida cotidiana de estudiantes y de trabajadores. No era una adolescente muy politizada. Repito, como era incipiente mi actividad, recién estaba entrando a cuestionar, a preguntar. Algo que considero natural para los tiempos que corrían, para lo que se podía ver en mi entorno, en general, y lo que yo alcanzaba a percibir por ese entonces.

Sí tengo algunos recuerdos previos al golpe. Recuerdo que nos hacían bajar de los colectivos cuando yo me dirigía al colegio secundario. Nos hacían descender a todo el pasaje, nos revisaban eh la los bolsos, las carteras. En algunos casos hacían vaciar el contenido de las mochilas o de las carteras que llevábamos. Si llevábamos libros eran revisados. Era muy desagradable, muy chocante. Y en alguna oportunidad pude observar cómo algunas personas eran apartadas. O sea, no las dejaban seguir su curso normal. Después de que hacían esas requisas al resto del pasaje le permitían seguir el viaje.

En otra oportunidad yo salí a pasear con unos primos míos. Éramos cuatro: tres primos y un amigo de uno de ellos. Íbamos a bailar. En ese entonces los varones usaban el pelo largo. Recuerdo que nos detiene la policía.  Hacen parar el vehículo, lo bajan a mi primo que conducía una camioneta Ford vieja. Lo agarran de los pelos, lo sacan de la camioneta. Claro, nosotras éramos dos mujeres y dos varones. Nos asustamos muchísimo porque no habíamos hecho absolutamente nada. Los cachetearon cuando nos bajaron del vehículo a los gritos. Ahí lo golpearon un poco a mi primo. Nosotros estábamos aterrados, éramos todos muy jóvenes.

Después nos dimos cuenta y lo conversamos entre nosotros, que evidentemente uno de esos policías estaba o drogado o alcoholizado. Uno, al ver el accionar tan violento del otro, es como que frenó un poco la cosa y nos permitieron seguir.  Pero fue grande el susto. Nos retuvieron, nos pidieron documentos. Eso era lo que se vivía cotidianamente si vos salías. Eso fue un sábado a la noche que queríamos ir a bailar.  Si salíamos, ya después se nos fueron las ganas de movilizarnos o salir a divertirnos.

En julio de 1976, cuando tenía 16 años, conocí a un Pablo en un kiosco. Conversamos y me dijo que quería rendir para entrar a Psicología, si le prestaba unos libros que yo tenía. Recuerdo que tenía las manos y el rostro quemado por un accidente que había tenido en una fábrica en Buenos Aires. Unos días después voy a la escuela y mis compañeros me dicen que me había ido a buscar Pablo. Como yo tenía que buscar los libros, fui a su departamento que estaba en Barrio Colón al que yo no había ido nunca. Cuando llego estaba todo tirado en el suelo, la puerta abierta. No sabía qué hacer. Un policía me agarró, me hizo entrar y minutos después llegó un auto de la Policía y me llevaron detenida a una comisaría que no sé cual era. Llegaron del Ejército, me cargaron en un camión, tirada en el piso y empezaron a golpearme las piernas y la cabeza con las armas. Me preguntaban mi alias y yo no tenía alias.

Llegamos de noche a un lugar que creo era una cuadra del Ejército. Lo pensé porque mi hermano había sido cuadro de honor de la Compañía aerotransportada el año anterior y cuando no salía los domingos, le llevábamos comida y ahí conocía cómo eran las cuadras. Me llevaron a una sala donde me interrogaron. Querían saber sobre Pablo. El interrogador me hizo sacar la venda. No sé con qué fin. Varias veces me llevaron a esa sala donde pude ver manchas de sangre. Ahí me dijeron el nombre verdadero de Pablo -Juan B-, y que pertenecía a una tal Fracción Bolchevique. Mucho tiempo después me enteré que estaba vivo y que había logrado escapar internándose en el Instituto del Quemado y que había logrado escaparse vendado.

Al lado del lugar donde yo dormía, en el suelo, había una chica que se llamaba Paula con la que conversaba. Tenía 17 años y hacía 20 días que estaba ahí. Ella me dijo que el que me interrogaba lo llamaban "cura" porque hacía confesar con las torturas. Cuando iba al baño veía por debajo de la venda a muchos chicos tirados en el suelo. Los gritos de las torturas eran terribles. Luego arrastraban los cuerpos para dejarlos en un costado. A mí no me torturaron. Una vez en el baño cuando nos estábamos higienizando vi que un gendarme me estaba espiando. Una compañera que le llamaban la “Negra” de Tucumán le gritó: "Vos qué mirás, ándate de acá".

Una noche intentaron violarme y fue ahí cuando irrumpí en llanto. Estaba dormida y, cuando empecé a sentir las manos en mi cuerpo, me incorporé, porque estábamos todos acostados, tirados en el piso en una cuadra del ejército. Me levanté, me saqué la venda de los ojos y empecé a gritar y a pegar patadas al aire, a lo que sea. Por suerte no me pudieron hacer nada por el escándalo que hice, pero creo que si me hubiera ganado el miedo hubiera pasado cualquier cosa esa noche. Eso fue lo que me llamó la atención también. Yo no había llorado, recién fue como el cuarto día que tuve ese acontecimiento, que fue lo que me hizo estallar.

Todo esto lo expliqué en mi comparecencia ante el juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja, en noviembre de 2014. La experiencia que yo tuve y la resistencia en esa época yo la había aprendido, porque había escuchado de otros compañeros en esas reuniones de la juventud del PST, y de mi hermano, que era militante. Cómo era el sometimiento, cómo era la trampa, que te vendaban los ojos, que te infligían temor. Entonces yo me mantuve firme porque si bien tenía datos y tenía amigos dentro del Partido, tuve la entereza y la fortaleza de no nombrar a ninguno mientras estuve secuestrada. No di ni direcciones. Si bien conocía direcciones de dos de mis compañeritos de secundaria que no eran del mismo colegio, no di ni nombres ni direcciones.

Después tengo la suerte de contarlo. Viví con muchísima alegría el fin de la dictadura. Vi la felicidad de muchos y la tristeza de otros que habían perdido a sus familiares. No sé, ¿qué otra cosa puedo decir? Que en aquel entonces se callaron muchas voces, pero también lo que sembraron esas voces, no lo pueden callar. No, no, no. Eso no se puede. Eso queda grabado en la memoria. Realmente.

Y los últimos hechos, de los restos humanos que fueron encontrados cerca de La Perla o en en ese predio de La Perla, realmente me emocionaron. Porque allí dentro tiene que haber quedado mucha gente. Ha quedado mucha gente por la forma en que eran castigados, eran torturados y maltratados, física y verbalmente. Así que me dio mucha alegría también saber que esos restos fueron identificados y que sus familias van a poder cerrar parte de esa historia, aunque las heridas quedan abiertas.

No tengo mucho más que decir.  Esto me me emociona mucho cuando lo escarbo. 

Córdoba, 10 de marzo de 2026

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