TESTIMONIO DE SITO (Tareas de finanzas, aparato en la clandestinidad, la imprenta, Congreso en Colombia)
Mi primera marcha fue el 11 de septiembre de 1973, cuando derrocaron a Allende. Los Montoneros, que dirigían la facultad de Económicas, levantaron los cursos y fuimos en manifestación -la primera en la que participé- hasta la embajada de Chile. No entendía mucho, pero fue muy motivante.
Entré al Partido a fines del 74 o principios de 75. Mi primera charla fue con Reynaldo en el local de Pompeya, y nos consolidó Irene, que nos venía a buscar a las 4 de la mañana para volantear una textil en Pompeya, en la cual entraban a las 6.
Como se “olía” la llegada del golpe, nos dieron como tarea poner al día los libros contables del PST, partido legal y sus balances. Aunque con la llegada del mismo no recuerdo si los presentamos.
En mi carácter de contador, me pidieron que colaborara con las finanzas centrales, y organicé tres oficinas como estudios contables donde trabajaba la dirección del Partido en forma clandestina.
Hugo, aunque no lo conocía, nos dio como tarea realizar operaciones financieras y comerciales para recaudar fondos para el funcionamiento del Partido y de la Internacional, que se había trasladado a Colombia por temas de seguridad.
Aprovechamos leyes de fomento a las exportaciones de libros que nos reportaban el 25% de lo que exportábamos, cubríamos los costos y dejaba una buena ganancia. También sacábamos préstamos personales, hipotecarios, vendimos propiedades cotizadas por compañeros. Yo coticé un departamento de dos ambientes en Av. Corrientes y Sánchez de Bustamante y un auto Fiat 128 -casi nuevo, con un año de uso- cuando me tocó irme al exilio a Colombia. También me ocupé de vender varias propiedades cotizadas por compañeros para financiar los gastos de la internacional, y entregué los fondos al Partido. Eran tiempos donde el Partido y la Internacional dependían de grandes esfuerzos de los compañeros. No fui el único. Recuerdo que Mari Ch de bancarios también lo hizo con el suyo.
Cuando se terminó el negocio de los libros en Buenos Aires abrimos una editorial Pluma en Montevideo y hacíamos los mismos negocios desde allá, hasta que nos convertimos en la segunda empresa exportadora y tuvimos una inspección de la DGI, que nos obligó a levantar todo y volver a Buenos Aires.
Mientras tanto, lo importante era la seguridad de los compañeros. Después de estudiar la manera más segura por los reiterados viajes que hice a Montevideo, la mejor forma de sacarlos era cruzar frontera entre la 12 de la noche y las 5 de la mañana por Fray Bentos. Hice varios viajes sacando muchos compañeros que terminaban en Colombia, y no controlaban mucho su documentación. Se hacían los dormidos y yo hacía los trámites aduaneros y de inmigración. Ellos ni bajaban del auto. Fue en uno de esos viajes que otro compañero logró sacar a Eduardo "Tato" Pavlovsky del país, quieb entonces era simpatizante de nuestro partido.
En plena clandestinidad no dejamos de militar, ni de editar el periódico y los documentos nacionales e internacionales. Teníamos una imprenta que trabajaba con clientes normales o legales, pero cuando cerraba a las 17, nuestros compañeros se dedicaban a editar nuestros materiales, que sacábamos con muchas medidas de seguridad. Un auto recorría el camino previo, para evitar controles policiales o militares y atrás del auto con los materiales, otro de control, hasta casas seguras donde hacíamos la distribución. Era una gran tarea camuflar la forma de envíos y estudiábamos cada caso en particular. En cajas de arroz, de galletitas, leche en polvo, yerba, paquetes de cigarrillos, porotos, legumbres, etc. Todos distintos para que no llamaran la atención. Esto se hacía en casas de compañeros en la zona del Abasto o por el Once, que no eran muy controladas. Yo me dejé la barba y andaba vestido de traje como buen contador y usaba quipá, sombrero judío, para disimular. El barrio de Once estaba lleno de comercios de judíos religiosos.
Nos ocupamos de cuidar y trasladar varias veces los 40.000 libros que habíamos guardado en depósitos de casas especialmente alquiladas para ese fin, pero debíamos trasladarlos cada tanto para no llamar mucho la atención y mantenerlos en buen estado.
Desde 1975, que entramos en la clandestinidad, nadie sabía dónde vivía. No podía recibir a nadie, ni mis padres sabían mi dirección ni teléfono, aunque debía llamarlos todos los días por si había alguna novedad; igual que a un teléfono de seguridad para control de que estaba bien. Si alguno del equipo no llamaba, teníamos que dejar nuestros domicilios y no volver hasta saber si no había tenido algún problema. Las reuniones eran muy estrictas: si se llegaba tarde -siete minutos era la tolerancia-, se levantaba, igual que cualquier cita.
Conocí a Patricia, mi compañera, en reuniones clandestinas que hacíamos en La Boca, bajo la dirección de Juan, compañero uruguayo que conocía muchos de los contactos uruguayos que vinieron después del golpe del 73, que reuníamos en una casa frente al riachuelo que había sido tomada por Mario Mosteiro, pintor uruguayo. Por medidas de seguridad yo me llamaba Alberto. Después de un año de convivir con Patricia le dije mi verdadero nombre. Tales eran las medidas de seguridad.
Organizamos el primer congreso Internacional que se hizo en Colombia, garantizando el financiamiento y traslado de los compañeros. Los delegados íbamos saliendo bajo distintas formas y muchas medidas de seguridad.Yo, por ejemplo, era el esposo de Teresita y, con dos compañeros más que no recuerdo sus nombres, viajamos a Mendoza para pasar a Chile y tomar el avión a Colombia. A 60 kilómetros, antes de llegar, se descompuso el micro y quedó varado en la ruta. Nosotros teníamos que llegar a determinada hora para poder cruzar a Chile. La única forma para lograrlo fue hacer “dedo” a un camión al cual subimos los cuatro. El conductor no entendía nuestro apuro. Cuando llegamos a la terminal, el micro que nos llevaría a Chile ya se había ido. Llegamos tarde a pesar de todos los esfuerzos.
La nueva gran tarea era cómo llegábamos a Chile a tiempo para tomar nuestro avión. Después de preguntar y hacer todo tipo de averiguaciones nos recomendaron a un conductor que tenía mucha experiencia en cruzar la cordillera con su Dodge. No recuerdo el precio, pero le dimos una buena propina. No andaba, volaba por esos caminos sinuosos. Y cuando llegó a la frontera nos hizo todos los trámites en forma muy rápida. Partimos inmediatamente y no sé de qué forma nos dejó en tiempo para tomar nuestro avión. Otros salieron por Bolivia, Montevideo, Brasil y Paraguay. Todos llegamos a tiempo al Congreso.
Al poco tiempo del regreso se produjo el problema de inseguridad por el cual me tuve que volver a ir a Colombia solo. Yo era uno de los responsables de falsificar los pasaportes. La orden fue que, al regreso del viaje, me debían dar los pasaportes. Por una negligencia de un compañero, no sé de qué forma cayó el pasaporte en manos de la policía y me fueron a buscar de migraciones a una de mis oficinas. En 72 horas estaba saliendo del país con destino a Colombia vía Montevideo y de ahí a Chile, recaudando todo el dinero que pude para pagarme el viaje. Dejé a mi compañera -embarazada-, quien viajó un mes después de levantar nuestra casa con la ayuda de nuestros compañeros.
En Colombia trabajé en la parte contable de Editorial Pluma. Una editorial muy prestigiosa de un abogado amigo del Partido que se llamba Ernesto Gamboa, junto con Mario Doglio y luego en la producción de un libro sobre Simón Bolívar que se presentó en Venezuela, con Vilma Ripoll.
En Bogotá vivíamos en las Torres Giménez de Quesada. No era un barrio privado. Eran varias torres con mucha vigilancia donde residíamos la mayor parte de los exilados. Y Hugo venía a mi casa a hablar por teléfono, ya que era nuevo y no estaba “quemado”. Al llegar, viví 15 días en casa de Moreno y Amelia. Nos hicimos grandes amigos.
En Colombia no dejamos de asistir a las reuniones del partido colombiano, con muchas medidas de seguridad. En esa época se organizó la Brigada Simón Bolívar, que participó de la lucha en el derrocamiento del dictador Anastasio Somoza en Nicaragua. Estaba compuesta por compañeros argentinos, colombianos del PST y latinoamericanos. Miguel Sorans y Nora Ciapponi eran los compañeros de la dirección argentina en la conducción de la Brigada.
El 11 de febrero nació Federico y ya la situación en Argentina estaba más tranquila. Mi problema se había solucionado y regresamos en cuanto él pudo viajar, junto a mi compañera que allá, sin ser del Partido, colaboró y lo sigue haciendo en la actualidad con la Internacional, haciendo traducciones, correcciones de libros, documentos, etcétera. En contactos con compañeros de España y con Miguel en nuestro país. Yo seguí militando hasta hoy.
Buenos Aires, 12 de febrero de 2026

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