TESTIMONIO ROLO ASTARITA (Del PO al PST, Militancia fabril, Chrysler, la coordinadora de zona oeste, Rodrigazo, Plan Mondelli, secuestro, torturas, exilio, militancia internacionalista en España, asesinato de Yolanda González, la caída de la dictadura)




Del PO al PST

En el 74, cuando se puede decir que comienza el terrorismo de Estado yo paso de militar en el Partido Político Obrera (PO) al PST. Primero habría que aclarar que me proletaricé cuando terminé el colegio secundario. Yo fui a un colegio secundario muy politizado, el Nacional Buenos Aires. En el Nacional Buenos Aires milité un año aproximadamente en la Juventud Comunista. Me fui de la Juventud Comunista con el Cordobazo. Mucha gente se radicalizaba en ese momento. A mediados de los 60 me vuelco a la izquierda por la dictadura de Onganía, después de Levingston. Hasta ese momento tenía cierta simpatía por los radicales, por Illia. Una discusión que atravesaba en esa década a la vanguardia era si había que tomar las armas o si había que hacer trabajo de masas, político. Era una discusión candente en la izquierda crítica del PC. En 1969 estuve cerca de un grupo que terminó después en el ERP. Pero ese año leí por primera vez a Trotsky, su crítica a la burocracia soviética y a los crímenes de Stalin. Por otro lado, conocí la revista Fichas y el trabajo de Milcíades Peña. Recuerdo que un compañero del colegio me llevó al kiosko del Lorraine, en la calle Corrientes, que vendía Fichas. La lectura de Peña tuvo mucha influencia en mí, incluso su forma precisa, científica, de presentar las cuestiones y debatir. De manera que me incliné por el trotskismo, En el Nacional Buenos Aires era bastante fuerte Política Obrera. Incluso, aunque no era del colegio, intervenía el hermano joven de Altamira, que era un gran agitador.

Al terminar el 69 me proletaricé. Trabajé en una metalúrgica primero, aprendí bastante tornería, hice la colimba y en el 73 entré en la Chrysler, en San Justo. Entre 1973 y 1974 empecé a considerar que las posiciones de Política Obrera y el PST eran similares en lo que atañe a las cuestiones fundamentales. Sin embargo, PO le había errado fuerte en la línea política cuando en 1972 consideró que fracasaría la salida electoral que preparaba la dictadura encabezada por Lanusse.

El error de PO fue caracterizar que la burguesía no podía absorber al peronismo y por lo tanto pensar que la lucha por el regreso de Perón nos llevaba objetivamente a la revolución socialista. De ahí la insistencia, después del Cordobazo y hasta 1973, en que el país marchaba hacia una guerra civil. Nahuel Moreno, en cambio, caracterizó que era posible que la dictadura instrumentara las elecciones, y sostuvo que la izquierda debía dar una respuesta en el terreno electoral. El PO tardó en reconocer esa realidad, y quedó marginado. Terminó llamando a votar en blanco en 1973. Una posición marginal. En cambio, el PST se presentó con la fórmula Coral Ciapone primero y en septiembre Coral-Páez. Altamira terminó reconociendo que se había equivocado, aunque minimizó el problema diciendo que era un error de táctica, digamos que superficial.

En 1974 yo ya llevaba cinco años de militancia en el Política Obrera. Por entonces no había grandes diferencias programáticas, o estratégicas, entre el PST y PO. Por eso le planteé a gente del PST la posibilidad de una unificación de los dos partidos. En principio se mostraron receptivos y tuve un encuentro con Nahuel Moreno. Me dijo que estaba de acuerdo con la posibilidad de una unificación. De hecho, los dos partidos se planteaban la lucha por la independencia de clase, la crítica a la izquierda frente-populista, la defensa del Programa de Transición, las cosas básicas. Sobre esa base, existían diferencias que se podrían procesar como en cualquier partido revolucionario que practicara la democracia obrera. 

¿Y cómo funcionaba? La propuesta que me transmitió Moreno era: se hace la unificación, la dirigencia que viene de Política Obrera pasa a integrar el Comité Central del partido unificado, en la proporción que le corresponda. Durante cinco años no se los puede sacar de la dirección, y se hace una experiencia común. Había que procesar la experiencia e ir limando diferencias si eran secundarias. Yo pensaba que era viable. Yo no estaba muy de acuerdo con algunas formulaciones del PST con relación al Gran Acuerdo Nacional, cosas por el estilo. Era una cuestión más bien de caracterizaciones tácticas. En todo caso, esa fue la propuesta que le llevé a Jorge Altamira. Nos reunimos. Al principio pareció considerar positivamente la propuesta, pero rápidamente empezó a plantear diferencias. Incluso sacó a relucir una vieja crítica a la posición que había tenido Nahuel Moreno con el cierre del diario La Prensa por el peronismo.

Traté de plantearle a JA que un partido revolucionario puede tener alas y tendencias. Que para mí las diferencias que había entre el PST y el PO eran mucho menores que las diferencias que podía haber tenido Lenin con Martov, para poner un ejemplo histórico. Esto lo sigo pensando, cuando veo las divisiones y peleas de grupos que comparten el mismo programa (los trotskistas el Programa de Transición), tienen una estrategia similar, reivindican la misma historia. Lo digo hoy desde una posición y línea política muy distinta a la del FIT y los demás grupos trotskistas.

En fin, me di cuenta de que Altamira no quería la unidad. Otra cuestión, más concreta, si querés, es que yo veía que el periódico Política Obrera, era inasimilable para los obreros. No dialogaba, hablaba un idioma dificilísimo. Dadas esas cuestiones, en una reunión planteé que tenía dudas de la línea del partido. Me respondieron que yo era “un elemento gangrenado por la desmoralización” (sic). Me terminé yendo. Así fue como entré al PST.

Militancia en Crysler

Como dije antes, en 1973 entré a Chysler. Ese año tomó la dirección de los delegados y la comisión interna de la fábrica una lista encabezada por un compañero de la Juventud Trabajadora Peronista (vinculada a Montoneros), PZ. Él también se había proletarizado, según me dijo en una charla confidencial, para hacer trabajo en el peronismo, Siempre tuve la impresión de que PZ había tenido relación con algún grupo trotskista, pero nunca me quedó claro. Pasado un año, en 1974 la burocracia del SMATA había logrado debilitar, y mucho, a la JTP en Chrysler. Cuando SMATA convoca a elecciones para delegados PZ me ofrece integrar la candidatura de delegado de la sección con otro compañero de la JTP, Eran como 100 compañeros en la sección, solo del turno mañana. Presentamos la candidatura (delegado y subdelegado), pero la burocracia me dijo que lo mío no estaba en regla porque no tenía suficiente antigüedad en la empresa. Era una mentira, yo tenía los recibos de mis cuotas al sindicato en orden, y por más del tiempo legalmente requerido. 

De manera que la burocracia me dice: "No te da la antigüedad en la fábrica". "Sí, yo tengo la antigüedad", le digo. En ese momento estaba en el turno mañana, porque generalmente yo trabajé de tarde. Me dicen: "Ah, nos equivocamos, andá hoy al sindicato, en la calle Bolívar, y lo arreglamos, esto se arregla fácil".

Bueno, me mandé para el sindicato. En la portería me dicen: "Chrysler, te esperan arriba”, creo recordar que era el cuarto piso", algo así. Subo con el ascensor, abro la puerta, era una terraza donde había una casilla. Abrieron la puerta y estaba uno de la directiva del sindicato, Lázaro Rodríguez, rodeado de todos los tipos de la comisión interna de la fábrica. A la mayoría los habían cooptado con una combinación de amenazas y posiblemente algunos acomodos.

LR tenía una escopetar recortada arriba de la mesa, jugaba con dos balas, y estaba dando una especie de curso o discusión basado en el libro Conducción Política, de Perón. Agrego un crucifijo arriba de la mesa. Estaba todo el escenario dispuesto. En ese marco LR me interrogaba: “¿Y vos de quién sos? ¿A quién respondés?". Yo trataba de desviar la cosa, decía que no tenía relación con ninguna organización, etcétera. Entonces LR decía: "Aquí son todos boludos, pero en las asambleas te rompen el culo". Y agrega: "Nosotros estamos de acuerdo con la Triple A. Esto es una guerra. Los muchachos que mataron a ese abogado de Córdoba, Curuchet cometieron un error, gastaron demasiadas balas. Porque hay que hacerlos mierda a todos".

Estaba mi recibo de pago al sindicato ahí arriba de la mesa. Lo quise agarrar para llevármelo y me dicen: "Dejalo. ¿Qué querés, que te cortemos las manos? Quedate en el molde, tomátelas". Cuando volví a la fábrica al día siguiente le conté a mis compañeros lo que había sucedido. Me presenté igual como subdelegado. Sacamos algo así como 95 votos sobre100. Pero igual no me reconocieron diciendo que no tenía la antigüedad. Entonces yo tenía alrededor de 22 años.

Para describir un poco el clima que se vivía, hay que recordar que Montoneros había matado, en mayo de 1973, a Kloosterman, el secretario general del gremio. Lo sucedió José Rodríguez. El clima era muy pesado, la burocracia se alineaba completamente con la ultraderecha. Un ejemplo de lo que se vivía: creo que fue a fines de 1974, o principios de 1975, que compañeros del partido me pusieron en contacto con un compañero que trabajaba en las estaciones de servicio del Automóvil Club. Quería organizar sindicalmente a los trabajadores del ACA. Me pareció una excelente idea y empezamos a trabajar para ese objetivo. El ACA estaba desplegado en todo el país. Para que veas la importancia, un compañero me dijo que cuando vino el golpe, los milicos se aseguraron el control del Automóvil Club. Porque tenía una flota de cientos de jeeps o auxilios mecánicos interconectados.

Pues bien, nos pusimos a intentar sindicalizar en el Automóvil Club. ¿Qué pasó? Pasó que matones de la burocracia molieron a trompadas y patadas al compañero, le dejaron la cara desfigurada. El compañero renunció, se volvió a su provincia, y lo perdí de vista. Esas eran las condiciones en que estabas en aquel momento. Hay que tener en cuenta, además, que el peso del peronismo entre los trabajadores era enorme, gigantesco.

La coordinadora de Oeste. El rodrigazo

En 1975 llega el Plan Rodrigo, el ministro de Economía asociado al ministro de Bienestar Social, y creador de la Triple A, López Rega. Rodrigo dispuso una devaluación brutal del peso y suba de las tarifas. Fue un ataque a fondo a la clase obrera. Lo precios se dispararon. En respuesta, en las paritarias los sindicatos imponen amentos de salarios. En el caso de mecánicos, los aumentos eran elevados. La respuesta del gobierno de Isabel fue no reconocer las paritarias. Ahí estallaron muchas empresas, en particular las automotrices. Y se formaron las coordinadoras de fábricas. En Oeste participaron dirigentes de Santa Rosa, Indiel, Mercedes Benz, delegados del Hospital Posadas. Yo no integré formalmente la Coordinadora de Oeste. Se suponía que para integrarla debía haber habido una votación o ser delegado de la fábrica. De todas formas, participé en reuniones. Aunque el mayor peso político dentro de la Coordinadora creo que era de Montoneros. También había gente influenciada por el PRT. 

Cuando se supo la anulación de los convenios la gente en Chrysler estalló literalmente. Los del turno mañana se auto-convocaron en asamblea. Yo estaba en el turno tarde, en esa no participé. Pero al día siguiente empecé a hablar en las asambleas. Los discursos de izquierda eran aplaudidos y las asambleas eran masivas. Sin embargo, el proceso era a medias con la burocracia. La burocracia (Lorenzo Miguel de la UOM y otros) estaban enfrentados a López Rega.

En ese clima de crisis y desbarajuste del gobierno peronista, muchas fábricas pararon, hubo manifestaciones importantes. Recuerdo que en una concentración obrera de varias fábricas, en San Justo, hablé llamando a la lucha obrera, a la unidad, ese tipo de cosas. Me subí a una tarima y hablé a la gente. Me salía fácil, la misma situación, el ánimo de la gente, te da fuerza para hablar. Tuvo algo de sorpresa incluso para mí.

“El Rodrigazo” se saldó parcialmente. ¿Cómo? Pues con la movilización a Plaza de Mayo, convocada por la burocracia. Fuimos todos ahí. Era un día de lluvia. La gente cantaba: “llueve, llueve, el pueblo no se mueve”. Y hubo una huelga general, la primera que se le hizo a un gobierno peronista. Fue por 48 horas y tuvo un acatamiento masivo. Al final cayó el Plan Rodrigo, se tuvieron que ir Rodrigo y López Rega. Hay que reconocer, de todas formas, que la huelga general y la manifestación en Plaza de Mayo fueron convocadas por la CGT. Buena parte de la izquierda no quería reconócelo, pero esa es la realidad. La burocracia estaba debilitada, pero seguía teniendo el principal poder de convocatoria en la clase obrera.

Con la salida de López Rega no se frenaron los ataques a la clase obrera ni la Triple A. Los asesinatos eran constantes. La situación era cada vez más sombría. Uno sentía mucha desprotección. Los que actuábamos públicamente éramos conocidos en nuestras zonas de militancia (en mi caso, San Justo, Ramos) y la impunidad de los parapoliciales era total.Los locales del Partido ya no se podían defender, el poder de fuego y la libertad con que contaban las bandas de fachos y parapoliciales nos superaban largamente. Hubo que cerrar los locales. Hacíamos cosas bastante rudimentarias para protegernos. Por ejemplo, un compañero, pobre, que luego fue secuestrado, está desaparecido, Cafierito le llamábamos, me iba a buscar con un coche a mi casa, me llevaba a la puerta de la empresa y yo entraba rápido para evitar ataques. Todo muy primitivo, no había manera de parar eso, era terrorismo de Estado a pleno.

Además, había situaciones medio contradictorias. Por ejemplo, un día, ya cerca de la fecha del golpe, no recuerdo la fecha exacta, todos los integrantes de la Coordinadora de Oeste caímos presos en una reunión que estábamos haciendo en el hospital Posadas. Los compañeros de la comisión interna habían pensado que el cuarto que tenían asignado era un lugar seguro. Fuimos al Posadas entonces a hacer la reunión y los de la guardia del hospital llamaron a la cana. Cayó la policía, nos llevaron a la comisaría de Palomar. Pero un compañero logró escabullirse y alertó a las fábricas. Era ya de noche, pero paró Indiel inmediatamente, y creo que también Mercedes Una o dos horas después nos liberaron. A pesar del clima general, todavía había una capacidad de resistencia en las fábricas. Pero la represión venía ya por todos lados. Había mucho miedo, incluso en las bases. Compañeros de la fábrica se acercaban y me decían: "Te estás jugando la vida, guárdate", y cosas por el estilo. Algo parecido me dijo PZ, con quien me encontré en una de las manifestaciones en San Justo durante el Rodrigazo. PZ había renunciado a la empresa y se había volcado a la acción armada (de hecho, murió luego en un enfrentamiento con la policía). Ya para el 76 los montos se habían ido. Yo había quedado como el referente de oposición a la burocracia en la fábrica.

En febrero de 1976 sube un nuevo ministro de Economía, Mondelli, que lanza otro plan de ajuste. Entre otras medidas disponía un aumento general de salarios del 12% (ni por asomo recuperaba lo que habíamos perdido con la inflación) y aumento del 100% de las tarifas (gas, electricidad, transporte). En respuesta, un grupo de activistas tratamos de parar la fábrica. Para eso, nos coordinamos varios activistas para iniciar la movida. Digamos, 8 de la mañana armamos quilombo y desatamos el pro. Bueno, fue así, coordinado, empezamos a las 8 de la mañana a golpear unos chapones detrás de las máquinas, a hacer ruido, "hambre, hambre", una cosa así. Pero los compañeros no nos siguieron. Nos hicimos los boludos y volvimos a laburar. Éramos cinco o seis activistas. A mí me ponen en una máquina frente al capataz de planta. Yo estaba laburando con una bronca bárbara, vino un compañero bastante mayor (en aquella época para mí todo el que tenía más de 55 o 60 años era “viejo”), me agarra del brazo y me dice: "Hoy no estaba la cosa. Dejala madurar un poquito porque esto estalla. Pero hoy no estaba". Como diciendo: "Le mediste mal el pulso".

Y fue así. Dos o tres días después estalló la fábrica. Armamos una asamblea tremenda del turno mañana y con gente que venía del turno tarde. El playón lleno. La burocracia hablaba ahí desde un camión, tratando de enfriar la cosa, que la gente tuviera paciencia, etcétera. Y entonces empecé a subir por atrás del camión y la gente empezó a aplaudir. Unos 1.200 compañeros habría. Cuando empecé a hablar, una ovación, qué sé yo, ¿viste? Era emocionante. Hice la moción de trabajar al 5%, o algo por el estilo, lo que equivalía a parar la fábrica. La burocracia en contra. Y ganamos la votación por amplísima mayoría. La burocracia tuvo muy pocos votos, no se levantó casi ninguna mano. Y mi moción, todo el playón levantando la mano y votando a favor. Paramos la fábrica. La patronal se la tuvo que aguantar.

 Pero la situación seguía siendo muy mala, la represión era desatada. Dos pequeños hechos que pintan un poco el panorama. Por un lado, un compañero que era de Montoneros (casi el único que quedaba) me quiso proteger y no encontró nada mejor que ir a apretar a los delegados de la burocracia. Fue a los de la interna y les dijo: "Vos, vos, vos y vos, si le tocan a Astarita, son todos boleta". ¡Es mundial! Era un muy buen compañero. Un día la burocracia me llama a hablar en el cuartito de la Comisión Interna. Me dicen: "¿A quién pertenecés vos, Astarita?". Yo les digo: "Yo soy del PST". "¡Eh, sos del PRT! ¡No, del PST! Sos del PRT, estás por la lucha armada!". "No, dejate de hinchar las pelotas". Me fui.

Faltarían unos10 días para el golpe. Tratando de recuperar terreno, José Rodríguez llamó a un plenario de delegados y activistas en la Federación de Box. Ahí nos mandamos como 80 compañeros de Chrysler, la mayoría pibes jóvenes. Entramos rodeados por la burocracia. Se había coordinado con la gente de Mercedes Benz que ellos también irían al plenario. Movilizaron la fábrica, llenaron como 15 o 20 micros. Pero los paró la policía en la General Paz y nos quedamos solos en la Federación de Box copada por la burocracia. Entra Rodríguez al plenario y la barrita nuestra empezó a gritar: "¡Y pegue, y pegue, y pegue, Pepe, pegue!". El resto de los delegados se prendió y empezó a corear: "¡Y pegue, y pegue!". JR estaba apoyado contra el mostrador, miraba para el suelo. Y entonces, metió un argumento que enfrió mucho la cosa. Dijo: "Los que están gritando ahora para que pegue puede ser que dentro de una semana tengan que parar un golpe de Estado. El mensaje era claro, "No hagamos quilombo que se “viene un golpe de Estado".

Fue un baldazo de agua fría y nos fuimos todos los que habíamos ido de Chrysler. De todas maneras seguimos con la fábrica parada hasta el 24 de marzo. La orientación del Partido era que si la clase obrera derrotaba el plan económico y al gobierno de Isabel, de hecho se impediría el golpe. .

Lo cierto es que la crisis era mayúscula, y era muy difícil articular una respuesta de izquierda que fuera asumida por la gente. Es ilustrativo lo que me pasó en una asamblea que reunió al turno tarde. Propuse algunas de las demandas del Programa de Transición. Entre ellas, la escala móvil de salarios. Fue rechazada. Los compañeros me decían: "Pará, viejo. ¿De qué sirve eso si tenemos una inflación del 700 o del 800% anual?” Tenían razón con ese ritmo de inflación, no hay indexación que valga ni economía que funcione.

Otra demanda que sugerí fue el control obrero de los precios. El tema es que la burocracia propuso el control de precios, y me invitaron públicamente a participar. Para eso debía ir a las 4 de la mañana al Mercado Central a controlar precios junto a los burócratas del sindicato. Decían "Que venga el compañero Astarita con nosotros para que vea que vamos a controlar los precios". Y la gente les decía: "¡Lo quieren matar al pibe, hijos de puta!". Al final no insistieron con que fuera.

Pero lo que no me esperaba es que cuando se produjo el golpe la mayoría de la gente lo aceptaba. Se pensaba que no podía haber peor gobierno que el de Isabel. Y que el Ejército no podía ser tan asesino como la Triple A. Algunos compañeros me abrazaban y me decían: "Ahora vas a estar tranquilo". Tuve una crisis política, y dejé de militar. Y unos dos o tres meses después del golpe la dirección del Partido me aconseja que me vaya de la fábrica por seguridad y renuncio. Entiendo que la misma recomendación fue para otros compañeros que estaban muy expuestos.

Una cuestión que atravesaba la militancia en aquellos años era sobre la relación entre acciones vanguardistas y la participación en el movimiento. El asunto se me presentó con toda su fuerza por una acción de Montoneros, en abril del 76. Sucedió que mataron a un gerente de la Chrysler. La gente rechazó y repudió ese asesinato. Era una acción desesperada de una organización que perdía pie. La cuestión es que, a través de un compañero de la fábrica Montoneros me pidió una reunión. Acepté. Me reuní entonces con un oficial montonero en un bar en Ciudadela. Me dijo que la organización me consideraba un elemento valioso, que mi vida corría peligro, y me aconsejaba irme de la fábrica. Me ofreció vivienda, protección y ayuda económica hasta que consiguiera otro trabajo. Lo rechacé, terminamos muy mal. Era una demostración que las acciones vanguardistas terminaban afectando la inserción y el trabajo político en el movimiento de masas. De hecho, aceptar la oferta implicaba aceptar que mi salida de la fábrica era decidida por Montoneros. Aunque, como dije, poco después el Partido me aconsejó que saliera.

Secuestro y tortura

 

En agosto de 1976 cayó la policía en mi casa. Era un departamento pequeño, de planta baja. Estaba cerca del local partidario de Ramos Mejía y lo habíamos quemado con mucho movimiento. Cuando mi vieja fue a la casa habló con vecinos y alguno le dijo: "Aquí se reunía mucha gente, mucha gente que entraba y salía".

 

 Incluso hasta pocos días antes del allanamiento ahí guardamos los “fierros” que habíamos usado para proteger el local del Partido. Por suerte, los sacamos un poco antes de la caída de la policía. Aunque dejamos, sin querer, una caja se balas 22. La cana no le dio mucha bola, pero me decían: "¿Qué iban a hacer con las 22?" ¿Dónde están las armas?, y cosas similares. Pero no siguieron insistiendo.

 

Me meten entonces en un Falcon, con un amigo que estaba parando provisoriamente en casa, el Negro Edi. Nos llevaron encapuchados a lo que más tarde sabríamos que era Superintendencia de la policía, en la calle Moreno, Capital.  

La pasé mal. Empezaron a las piñas, querían nombres. Nombres, nombres. Me ataron a una silla y empezaron a pegarme piñas. Como no aflojaba, dijeron "Este está duro". Me llevaron a la “parrilla”. Te desnudan, te atan y empiezan a picanearte. Es una situación complicada. Como años después me decía un compañero (había pertenecido a una de las organizaciones armadas) que había pasado por la misma, "Ahí estás solito con tu cuerpo”. Es una sensación de máxima indefensión.

Te cuento un pequeño triunfo moral: cuando me estaban preparando uno de los represores me dice: "¿Y vos, pelotudo, por qué sos socialista?". Y yo le dije: "Por cosas como esta". Se quedó sin palabras y después estalló: "¡Mirá lo que dice este boludo!". Me sentí fortalecido.

Me pusieron mucha picana. Me decían que cuando tuviera algo que decir, levantara la mano. Me ayudaba mucho gritar, te saca tensión, me parece. Hubo un momento en que tuve una especie de pérdida de conocimiento, dejé de sentir dolor, aunque seguía siendo consciente. Había un médico que decía: "No, es un...", no sé cómo le llamaba, no me acuerdo. "Es momentáneo", decía. Al ratito volvían a empezar. Tuve otras dos o tres “recaídas”. Después empezaron con otra peor que la picana. Que era darme en las bolas con uh fierro. Ta, ta, ta. No fuerte, pero sí insistente. Días más tarde me lo hicieron en la celda. No te golpean fuerte, pero con insistencia siempre en el mismo lugar del brazo. Llega un momento que te enerva todo, los nervios. Es rarísimo, es un dolor insoportable. Como si te estallara el sistema nervioso. Estuve secuestrado del 3 de agosto al 27 de agosto del 76.

Tiempo después tuve dificultades para dejar embarazada a mi pareja. Tenía poca movilidad en los espermatozoides. Cuando me estaban examinando en el Hospital de Clínicas, (año 1999) el médico, un hombre mayor, me pregunta, "¿Alguna vez tuviste golpes en los testículos?". Yo lo había pasado por alto en el cuestionario sobre antecedentes. Le conté lo del secuestro. El tipo dice: "¡Estos hijos de puta, la puta que los parió, hay que mandarlos a todos en cana!", qué sé yo.

 En el aspecto psicológico, en principio no tuve muchas secuelas inmediatas. Aunque años más tarde padecí insomnio. Algo que me ayudó fue no haber cantado. Te aclaro, tampoco soy ningún héroe ni nada por el estilo, y siempre me pregunté qué hacía yo si decían: "Torturamos a tu hijo". No lo tengo claro, te juro que no puedo. Otra cosa que pienso es que habría que dar plazos temporales de aguante a la tortura. Era lo que hacía el Frente Argelino. He leído que a Arrostito, dirigente de Montoneros, la destrozaron. La torturaron días y días y no cantó, pero ¿cuánta gente aguanta eso? Por otra parte, el sistema de control de los Montos me parece que era terrible, si fue como me lo contaron. Se basaba en citas establecidas. Entonces, si alguno se quebraba y cantaba las citas, agarraban a otros. Terminaba habiendo una cadena de caídas.

Nos largaron el 27 de agosto de 1976. O sea, estuvimos 24 días secuestrados. Edi volvió a militar. Yo ya estaba en crisis política con la militancia antes de la caída y no tenía ganas de volver a la actividad. Entré a la universidad a estudiar Física y Matemática en Ciencias Exactas de la UBA. Pero por junio del 77 me fueron a buscar de nuevo, esta vez a la casa de mi madre. Pero la patota no me encontró, vivía en casa de otro familiar. De todas maneras, pasé a la clandestinidad total (entre otras cosas, abandoné la Facultad). Y con quien entonces era mi pareja, G, decidimos irnos de Argentina.

El exilio en España y regreso a la Argentina

En las peores condiciones salimos por Brasil vía las Cataratas de Iguazú, Foz y Río de Janeiro, para salir hacia España. Tuve problemas para tomar el avión en Río –me detuvo la policía brasileña y casi me manda a la frontera “porque están escapando subversivos de Argentina”-, pero logré zafar y tomar el avión hacia Madrid.

En Madrid, en un acto de solidaridad con Argentina, tomé contacto con compañeros del grupo de Nahuel Moreno, y me vuelvo a enganchar en la militancia. Mario Doglio era el dirigente del grupo de trotskistas partidarios de la corriente de Nahuel Moreno en Europa. En España, había muerto Franco, la dictadura se derrumbaba (pero se conservó la Monarquía) y emergía el PSOE con fuerza. Había un grupo de militantes españoles, todos muy jóvenes, que adherían a la línea de Moreno. Por consejo de Moreno, se plantearon hacer el entrismo en el PSOE. La apuesta era a que se radicalizara un sector del PSOE, y ganarlo para las ideas del marxismo y el trotskismo.

Al tiempo de llegar me pidieron que fuera a vivir a Bilbao, donde había un grupo (serían unos 10 a lo máximo) de la corriente. Acepté, me trasladé entonces al País Vasco, pero no apliqué la táctica del entrismo. El entrismo me pareció inaplicable en Euskadi. En la Juventud Socialista ganamos a un pequeño grupo de jóvenes, entre los que estaba Yolanda González (que sería asesinada por un grupo fascista) y tres compañeros más. Hicimos propaganda por el marxismo y terminaron adhiriendo a las ideas trotskistas. Con eso la experiencia en el PSOE de Euskadi me pareció agotada.

Yo empecé a trabajar con la Liga Comunista Revolucionaria, (LCR) que era la sección en España del Secretariado Unificado-IV internacional. En la LCR gané a un grupo de compañeros para las ideas de Moreno. Armamos una tendencia y tuvimos representación en el congreso de la LCR que se realizó en 1978. En ese Congreso intervine con una crítica a Mandel por el tema de la democracia y la dictadura del proletariado. Mandel me contestó. Eso generó mucha tensión dentro de nuestra tendencia. Hubo compañeros que casi consideraron una falta de respeto de mi parte cuestionar a Mandel.

Por otro lado, en 1979 la corriente de Nahuel Moreno formó la Brigada Simón Bolívar para luchar en Nicaragua contra la dictadura de Somoza, junto a los sandinistas. Luego de la caída de Somoza se desata una fuerte discrepancia en el seno de la IV Internacional. El motivo fue que el Frente Sandinista detuvo y echó de Nicaragua a la Brigada Simón Bolívar. La LCR y la dirección de la Cuarta Internacional, con Mandel a la cabeza, apoyó la medida. Decían que no se podía cuestionar a la dirección sandinista, que era la dirección de las masas nicaragüenses. Un argumento cuestionable si se tiene en cuenta que la dirección de la Cuarta había defendido poco antes la idea de la más amplia democracia obrera.

Finalmente se produce la ruptura entre la corriente dirigida por Nahuel Moreno y la Cuarta Internacional dirigida por Mandel. Ahí formamos nuestro propio grupo, la Liga Socialista de los Trabajadores (LST). Yolanda ya se había ido a vivir a Madrid con su pareja. En febrero de 1980 la asesina el Batallón Vasco Español, con el mismo método de las 3A. Secuestro y acribillada a balazo la tiran en un callejón. Me fue muy penoso el encuentro con los padres de Yolanda, una familia de trabajadores. Vivían al lado de la ría, de Bilbao, en una zona obrera. Ocurrió algo que me fue emocionante. Convocamos a hacer una marcha desde la casa de Yolanda hasta el lugar del entierro. Pensamos que podían ir 15, 20 personas, a lo sumo. Pero se juntó una multitud que marchó en silencio, encabezada por una ikurriña y una bandera roja, nuestro grupo al frente llevando el féretro y toda la gente acompañando. Te ponía la piel de gallina, en medio del silencio de la ría, era de noche.

Al poco tiempo después regresé a Argentina por pedido de la dirección del PST. Me volvieron a detener en 1982, justo al día siguiente de la rendición del Ejército argentino en Malvinas. Caí por un control policial en un bar. Me pidieron el documento de identidad, lo pasaron por un sistema instalado en el patrullero y salió que tenía pedido de captura. Pero esta vez no me torturaron. Estuve detenido en Superintendencia de la policía, en los mismos calabozos en los que estuve secuestrado en 1976. Incluso me interrogó un represor que en 1977 –me lo dijo- había formado parte de la patota que fue a buscarme a casa de mi madre y no me encontró. Años después, cuando fui testigo del juicio por la Masacre de Fátima (asesinato de 30 compañeros que estaban secuestrados en Superintendencia con nosotros) usé ese dato.

Después de estar cinco días detenido, me liberaron. Los policías me decían que era inevitable la caída de la dictadura, y que el país marchaba a las elecciones.

Tuve discusiones dentro del PST, dejé de militar y al tiempo volví, con la propuesta que me hizo Moreno de integrar el equipo de la revista internacional y particularmente profundizar en la teoría económica de Marx.

Buenos Aires, 16 de marzo 2026

 

 


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