LUIS CALCAGNO
LUIS CALCAGNO. Movimiento estudiantil en Derecho UBA, Abogado de derechos humanos en estudio de Broquen, Abogado laboral defensor de trabajadores.
Milité durante 17 años. Entré en 1975 en el PST y me fui en el 92 del MAS.
Previo: hice el secundario entre 1968 y 1972,
siempre en dictadura. Estudiábamos materias como Educación Democrática e
Instrucción Cívica como si estuviera vigente la Constitución. Y nadie nunca
dijo nada.
Salí del colegio sin
ningún tipo de conocimiento de política. Siempre digo que para mí las palabras
“bolche” y “facho” eran dos palabras con “ch” que tenían contenido político, pero
no tenía idea de cuál era ese contenido.
Microclima: en 5º año (1972) hicimos un paro y toma del
colegio por la recuperación de un compañero injustamente expulsado. Fui uno de
los que teniendo máquina de escribir en casa, hicimos unas cuantas copias con
este texto “otra injusticia de las autoridades del colegio: echaron a xxxx, 5º
3ª. Unámonos y luchemos” y las pegamos en los pizarrones de las aulas. Dirigimos
el conflicto que duró varios días con un acatamiento impresionante.
Y ganamos.
Para mi microgrupo de
pertenencia, todo lo dado por la sociedad era burgués, calificativo que
usábamos sin tener la menor idea de ningún criterio de clase. Era burqués ir a
bailar, la música comercial, el cholulaje, la tele, la sociedad de consumo, todo
lo establecido, lo tradicional, etc. Incluso la fraseología tradicional de
izquierda, como hablar de “burguesía”.
¡Ni siquiera hicimos
viaje de egresados!
Al terminar el
colegio, mi mejor amigo, mi hermano de la vida -aquel que a fines de marzo del
76 me ofreció su casa para guardar materiales “porque total yo no estoy
haciendo nada”-, consiguió trabajo en la compañía de seguros “Federación
Patronal”. Cuando me lo contó le dije “ahh, te vendiste…”
¿Por qué razón yo
sentía como traición que alguien querido trabajara en una institución que se
llamaba “patronal”?
Es algo que aún hoy
me resulta inexplicable.
Estaba sí en el
ambiente rockero, flower power tardío (en el 69, año de Woodstock, tenía sólo
14 años) y -en consecuencia- era muy comunitarista.
Toda mi familia era
militante católica en San Patricio: mis viejos daban las charlas para los que
se querían casar y mis hermanos eran miembros de la Acción Católica de esa
iglesia.
Por aquellos años (72
o 73) vamos en familia, con la gente de San Patricio, a un predio comunitario
en la Provincia de Bs. As. de un grupo que denominan (o denominaban) Movimiento
Gen (generación nueva), que forma parte de los “focolares” que no tengo muy
claro quiénes son.
Por lo dicho, me
gustaba la idea de comunidad. Pero llegados al lugar, obviamente los que vivían
ahí tenían pabellones separados: los nenes con los nenes y las nenas con las
nenas. Creo que también había matrimonios, pero no estoy seguro.
Nosotros nos alojamos
en la parte de hotelería. Mi viejo hizo el registro y cuando pide la llave le
contestan: “no señor; esto es una comunidad; acá no hay llaves”.
Me maravilló. Eso era
lo que yo quería. Así que de vuelta en Bs. As. me reuní con un grupo gen en la
sede que tienen acá. Un par de veces fueron suficientes para hincharme las
pelotas porque esto ya no tenía nada que ver con aquello.
Acercamiento al
partido: durante aquel 5º año
compré un par de veces Avanzada Socialista ya que venían compañeros de la
juventud a nuestro horario de salida a ofrecerlo. Nos quedábamos a charlar si
venía alguna compañera de minifalda que era lo que nos interesaba (¡imaginen
que no íbamos a bailar!). Fueron mis primeras lecturas.
1973: elecciones.
Escucho en una radio que creo que era Mitre en un programa que creo que se
llamaba Vigencia a Nora Ciappone al ser entrevistada por el periodista sobre si
el PST iba a ganar las elecciones, como estaban diciendo todos los candidatos
aún los de partidos muy minoritarios. La compañera mandó algo que podría
traducirse como “ni en pedo”, para pasar luego a explicar la razón de la
presentación de la lista.
También me encantó.
Eso sí que no era burgués.
Empecé la facultad y,
de a poco, empecé a defender silvestremente las posiciones partidarias, ya que
me acercaba a la mesa de la juventud y no me daban bola ni, menos, respuestas.
Por suerte tampoco me
dieron bola los compañeros de la Agrupación de Bases Martins-Delleroni, cuyos
materiales también compraba y me gustaban mucho. Después me enteré que estaban
relacionados con el PRT-ERP, aunque no lo explicitaban públicamente.
Avanzada Socialista la
compraba en el quiosco de diarios y la llevaba a la facultad, para que al menos
mis compañeros me identificaran con algo de eso.
Ingreso: eso fue así hasta que me tocó de compañero
en dos cursos, uno del 74 y otro del 75, un Alejandro, a la sazón músico de
rock y tipo piola. Igualmente, nunca hablamos de política hasta que un día,
después del curso vamos al bar de la facultad con otro compañero súper
reaccionario que en un momento no sé qué puteada a la izquierda hizo y,
dirigiéndose a mí, dice “…y vos no me vengás con Coral…”
Alejandro, que sí era
militante, abrió los ojos grandotes porque no me conocía. Ahí empezó nuestra
relación política y mi militancia en el PST en la rama de la mañana de la
Facultad de Derecho, con Chiche y Hugo como dirección. Aproximadamente marzo o
abril de 1975.
Primer año de
actividad. En cana: por
supuesto encaré esta nueva faceta de mi vida con entusiasmo. Hacia fin de año
salía de mi casa después del desayuno y volvía para la cena.
Cursaba a la mañana y
a partir de la tarde/noche iba en el horario que más militancia había, aunque
creo que ya no se ponía la mesa dado que la Universidad estaba intervenida con
Ivanisevich y Otalagano.
Una noche, plena
campaña financiera, estoy hablando con dos compañeros -Enrique y Pepe- en el
hall lleno de gente frente al bar y pasa uno de los canas de civil -Pajarito-
que escuchó algo de lo que decíamos se da vuelta y nos lleva a donde estaban
los uniformados y dice: “a estos revísenlos bien que son activistas, los tengo
bien escrachados…”
Chau, se me vino la
noche. Para peor en mi casa no sabían mi actividad. Y esa vez era yo era el que
estaba recontra cargado con volantes puteando a la cana y bonos de la campaña.
Imposible decir “esto no es mío”.
De ahí a la comisaría
19 (la de Marcelo T. de Alvear) que, parece ser que concentraba la represión de
todo universidad.
De los tres, yo fui
el único objeto de malos tratos: golpes, teléfono (golpear los dos oídos al
mismo tiempo mientras dicen “riiing”), amenazas con gomas y no recuerdo si hubo
alguna otra lindeza por el estilo. Eso para que diera nombres, que no
consiguieron.
La cosa era así: el
tipo -Pajarito- me pegaba pidiendo nombres. Cuando se cansó, me seguía pegando
preguntando “a vos alguien te pegó acá?”. A lo que, lógicamente respondía que
no. Pero seguía y volvía a preguntar y yo que no y que no, pero seguía y
seguía. Entonces hay un momento como que la conciencia se bifurca y una neurona
se dispara para el lado “quiere que digas que sí para dar miedo al afuera…” y
entonces, tímidamente, casi preguntando dije “si?”.
Uy, para qué, ahí
llamó a otro de mayor edad y de civil que vino con una gruesa goma que me la
apoyaba en la espalda mientras preguntaba “usted dice que acá le pegaron?”.
La goma apoyada en la
espalda reintegró la neurona díscola a su lugar y volví en mí diciendo
categóricamente que no.
A las 24 horas nos
largaron. Pero fueron de infierno. Porque si bien los golpes se terminaron con
aquello de la goma, cada vez que se acercaba un
uniformado a la
puerta del calabozo, se me agitaba el corazón.
Si es cierto que la
19 concentraba toda la represión en universidad, no entiendo por qué nunca se
propuso su señalización como centro represivo.
Yo salí agrandado por
no haber dado nombres pero… ahí el infierno se trasladó a mi familia.
Mi vieja logró destruir
mi autoestima, lo que no pudo la cana, mediante un férreo control de mis
actividades, poniendo a mis hermanos a escuchar las llamadas telefónicas, etc.
A veces prefería estar con materiales en la calle que entrar a mi casa (y no
exagero). Igual seguí militando. Por mi propia integridad.
1976. Una
discusión ganada: desde el
golpe de estado, desaparece toda la prensa de izquierda de los kioscos de
diarios y revistas. Avanzada no salió más, ni siquiera clandestinamente.
Así, sin organizador
colectivo, la actividad era más dispersa, más incierta y llevaba a alguna
desazón no exenta de la tranquilidad que implicaba no tener que andar llevando
periódicos.
Así, hasta que un día
la compañera que dirigía nuestro equipo me informa con entusiasmo que vamos a
volver a tener prensa y… ¡además va ser legal!
Glup. Se me atragantó
la información. “Eso no se puede” le dije. Y comencé una discusión que se
prolongó y llevó a que en una futura reunión de equipo, bajara alguien de la
dirección para informar y convencerme.
Cuando finalmente
salió la nueva prensa, se llamó Cambio y había un editorial que decía algo así
como que mientras este órgano exista eso implicará la existencia de libertad de
prensa.
Ahí, con más razón,
me sostuve en lo que opinaba: no podíamos darle el cheque en blanco de la
libertad de prensa a la dictadura; si Avanzada Socialista no salía, no había
libertad de prensa; hasta el 23 de marzo en los kioscos podías ver además del
nuestro, periódicos como No Transar (creo que era de Vanguardia Comunista),
Nuestra Palabra (PC), etc. A partir del 24 todo eso no existía más.
Bien: en aquella
reunión, se me dijo que aquello fue un tanteo a los milicos a ver si nos
dejaban correr.
Después de mucho
discutir, los compañeros de base -de a uno- empezaron a apoyar mi posición.
Finalmente, también el compañero que había bajado de la dirección admitió que
tenía razón.
La conclusión del
partido me llegó días después: que yo era un buen discutidor y que tendría que
ir a reuniones con las distintas tendencias de la facultad (!). Esto último,
por supuesto, nunca pasó.
“Cambio” duró sólo un
número. Por entonces se nos informó que Cambio 16, revista española que se
distribuía acá, había tirado la bronca por la similitud del nombre. El próximo
número se llamó La Yesca y también duró un solo número.
Viaje iniciático: En diciembre del 76 me fui, con un amigo,
por dos meses a Perú por tierra, sacando pasaje de tren Bs.As.-La Paz,
combinando el Estrella del Norte hasta Tucumán con un tren de trocha angosta
que hacía Tucumán-La Quiaca (no existe más), y cruzando a Villazón, con el tren
que llegaba a La Paz (creo que ahora sólo llega a Oruro). Desde ahí, todo
camión y la caja de una pick-up hasta Lima.
Fue inciático. No
sólo tomar contacto con otras realidades como las culturas originarias, sino
también con otra gente, como un cura marxista de una orden de curas obreros -él
era basurero- de la Iglesia de la Santa cruz, que se estaba exiliando (iba al
obispado de Cartagena). Años después me enteré que tenía un hermano de la misma
orden, desaparecido.
Fue compañero de
viaje en el trayecto Tucumán-La Quiaca. Me aconsejó que me trajera de Lima el
libro de Ciro Alegría “El Mundo es Ancho y Ajeno” y me hizo conocer la obra de
Nicolás Guillén escribiendo en una servilleta de papel la poesía “Guitarra” del
libro “El Son Entero”, mientras me explicaba que para Guillén la guitarra es
pueblo y es mujer, firme y profunda, y que liberarse de la cinta decorativa
“bata de cola” significa liberarse del turismo yanqui que solía poblar la Cuba de
la época en que Guillén escribió el poema.
¡Qué lindo fue llegar
al pueblo de Desaguadero en Perú -viniendo desde Videla y Bánzer- y ver al Che
en los guardabarros de una camioneta! Eso que ya estaba Morales Bermúdez. Pero
todavía no había podido desandar todo lo que se había avanzado con Velazco
Alvarado.
Nos pusimos a saltar
en la calle festejando que estábamos en Perú.
Me detuvieron tres
veces en ese viaje: cada vez que entré en Bolivia, en Villazón y en Cobija como
sucedía habitualmente con los mochileros. La segunda más jodida, donde el
interrogador que era del Ministerio del Interior, en zona selvática, con
afiches de “terroristas peligrosos buscados” en el exterior del edificio. Terminó
diciéndome que no era bienvenido en Bolivia y que me fuera de vuelta a Brasil
cruzando el río, desde donde acababa de venir. Logré convencerlo de que tenía
previsto irme por La Paz en la madrugada (le mostré el pasaje de avión), ya que
me estaba volviendo a la Argentina.
Y finalmente en
Tucumán cuyas comisarías estaban a cargo de un cuerpo de caballería. Yo venía
con el pelo largo, algo de barba, una pierna vendada porque había estado
caminando tres días en la selva, me lastimó la zapatilla y se me infectó, por
lo que me hice atender en La Quiaca y me pusieron esa venda. Encima, mochilero.
Me levantaron en la estación cuando estaba esperando para sacar el pasaje del
Estrella del Norte y me encontraron “El Mundo es Ancho y Ajeno”. El que me
llevó a la seccional me remitió al superior que ocupaba el escritorio principal.
Le mostró el libro diciéndole “tenía esto”.
El tipo lo agarró, lo
empezó a leer, pasaba veinte hojas y leía de nuevo, volvía a pasar hojas y más
y así hasta el final. Por lo visto no encontró nada que achacarme, me lo dio y
me invitó también a que me fuera de Tucumán de inmediato.
El libro es una
novela sobre el despojo de las colectividades indígenas en el Perú de
principios del siglo XX con todos los personajes comunitarios, los políticos y
jueces que favorecen a los terratenientes que los desalojan, el joven abogado
que trata de defender a la colectividad y la arenga final instando a resistir:
“nos dirán que nos vayamos, que el mundo es ancho; sí el mundo es ancho pero es
ajeno”.
Todo esto yo no lo
sabía, porque todavía no lo había leído. Cuando lo leí y veo que parece ser que
en Perú también hubo montoneras y uno de los personajes dice “con los
montoneros hacíamos tal cosa” o “cuando estuve con los montoneros tal otra”,
dije guau, que suerte que justo no leyó en estas páginas… Era fines de enero de
1977.
Tomé el primer tren
que salió, poniendo el libro arriba de todo en el bolso que llevaba, además de
la mochila. Si me volvían a revisar, evidentemente no se podía pensar que lo estaba
escondiendo.
El tren terminaba en
Retiro. De ahí me tomaba el local volviendo hasta Belgrano. Pero resulta que me
entero que el “Estrella” paraba en Miguelete, así que decido bajarme y tomar
ahí el tren hasta mi casa. Para qué pasarme y volver.
Efectivamente así
hice y para mi horror, tremendo operativo militar en plena estación, pidiendo
documentos e interrogando a los que bajábamos.
Me para uno, le
muestro el DNI. Estaba muy interesado en si había hecho el servicio militar,
del que me había logrado salvar en psiquiatría del Hospital Militar y tenía la
libreta debidamente firmada.
Me pregunta de dónde
vengo y sugiere “¿Mendoza, San Juan?” No, le digo, vengo de Bolivia y Perú.
Pareció que le hubiera dicho que venía de Marte. Me pasó a otro, supongo que un
superior suyo y, con cara de no entender, le dijo “dice que viene de Bolivia y
Perú…”. El superior también se interesó por mi servicio militar y no jodió más.
Se ve que el primero me dejó para que me revisara el otro y el otro pensó que
ya me había revisado el anterior.
Así que de pronto me
encontré solo en la estación mirando como por la otra punta se iba todo un
regimiento de milicos y yo con mi pelo largo, mi mochila, mi bolso y mi libro… Hermosa
sensación.
(después alguien me
dijo que parece que buscaban a la piba que le puso la bomba a Cardozo, pero no
sé si era así)
Departamento: A la vuelta estuve unos meses sin hacer
actividad. Empecé a trabajar en tribunales y me reencontré con una compañera
que trabajaba en un estudio jurídico. Volví al partido y al tiempo empezamos
una relación. Nos casamos a fines del 78.
Durante todo el 79 y
poco más, nuestro departamento de un ambiente en Once se usó para distribuir
los materiales de una regional universitaria: una vez al mes llegaba Maxi con
el paquete de periódicos y revista internacional (cuando salía) y entre otro
compañero y yo limpiábamos el departamento en 48 horas.
Así, había sólo dos
compañeros que conocían la dirección. Y funcionó bien durante más de un año,
hasta que nos mudamos.
Ese año se estaba
haciendo la ampliación de Avda. Jujuy. La calle estaba destruida. Parecía como
si hubiera pasado una guerra. Obviamente, imposible el tránsito vehicular. A mí
me daba tranquilidad hacer las citas en bares sobre Jujuy, como que era más
difícil que entrara la cana. ¡Qué idiota, ¿no?!
Los materiales salían
en todo tipo de paquetes, incluso paquetes de cigarrillos cerrados: los
abríamos cuidadosamente por abajo tanto el celofán exterior como el papel de la
marquilla, lo vaciábamos, doblábamos el periódico hasta que entrara y volvíamos
a pegar cuidadosamente la parte de abajo, de modo que pareciera un paquete
recién comprado por estar cerrado, intacto, con estampilla y todo.
Igual, ahí iba un
solo periódico que -por entonces- eran dos pliegos de papel doblados (8
páginas).
Para más cantidad
había que recurrir a paquetes más grandes (arroz, yerba, etc.) en los que se
dejaba parte del producto y al medio iba el material, eventualmente envuelto para
que no se ensucie.
Un par de salvadas: como era el responsable de esa actividad, en
las reuniones de equipo pedía que me colaboraran con cajas.
Así, un sábado
volviendo desde el oeste en el colectivo 5, llevaba una bolsa llena de cajas
semivacías de ese tipo de productos de cocina. De pronto se lentifica
notoriamente el tránsito y cada vez más y más. Era un embudo de uniformados que
estaban parando colectivos -o vehículos en general- y subiendo a revisar.
Me cagué en las patas
porque, ¿qué hacía yo con esos envases semivacíos? No se me ocurría nada
creíble. Además era probable que la represión ya conociera esos camufles. Y el
tránsito se lentificaba cada vez más.
En un momento el
colectivo gana algo de velocidad, miro por la ventanilla y ¡habíamos pasado!
¡estábamos del otro lado! Se ve que en el muestreo a este bondi lo descartaron…
ufff…
A todo esto seguía
estudiando en la facultad. Teníamos que entrar exhibiendo la libreta
universitaria a un cana que estaba en una mesa perpendicular a la puerta.
Un día paso antes por
la casa de un amigo y, como tenía que llevar periódicos le pido prestado un
disco (longplay) de tapa doble en el cual, del lado que no está el disco, pude
meter tres periódicos (creo que eran “Opción”) y me fui a la facultad.
Cuando voy entrando
libreta en mano, el cana de civil que está en la puerta me pregunta “qué lleva
ahí”. “Un disco” respondo. Pero lo agarra, lo mira, lo lee (era un Santana
editado en EEUU, así que no sé si lo entendía), lo abre, lee la parte interior,
saca el disco, lee la etiqueta…
A esa altura yo ya
estaba derretido y temblando.
Lo único que no hizo
fue meter la mano a fondo, donde estaban los periódicos. Pero lo palpó de
afuera: interpreté que me hacía saber que sabía.
“No sabe que no se
puede venir con esto a la facultad”.
Del cagazo que tenía
lo dije “si quiere me voy” (¡¡¡qué boludo!!! Ahora lo cuento casi con simpatía,
pero el momento fue bravísimo).
“No, no, está bien,
pero no lo traiga más”. Me perdonó.
Con Broquen: en 1980 vendimos aquel departamentito y nos
mudamos a uno de dos ambientes en Flores. Planteamos al partido que no lo
usaríamos más para actividades partidarias, y así fue.
El monoambiente fue
utilizado con mucho cuidado y no se quemó, pero no queríamos seguir en esa incertidumbre.
Ese fue mi último año
como estudiante. Me recibí en diciembre. De modo tal que con algún otro
compañero avanzado en la carrera, fuimos a colaborar con Broquen en temas
relacionados con derechos humanos.
Allí estaban Virginia
como secretaria, la Negra Raquel -creo que ya recibida- y Danielito, el
compañero no vidente que tuvimos en Derecho y que debe haberse recibido más o
menos en la misma época que yo.
(entre paréntesis,
anécdota de Daniel: alguna vez nos contó que en las movilizaciones, cuando
había detenidos, él aprovechaba su discapacidad para hacerse el boludo “no, yo
pasaba por acá…” Dice que a la yuta la convencía; a los servicios no).
Volviendo al estudio,
recuerdo haber hecho el esqueleto de un hábeas por cuatrocientas personas, al
que Broquen le ponía la frutilla del postre citando antecedentes tipo “Alem
Leandro s/hábeas corpus”, etc. Un genio el viejo.
Cada vez que me
paraba frente a la puerta del edificio a tocar el portero eléctrico de ese 1º
A, me paranoiqueaba pensando cuántas fotos me estarían sacando los servicios en
ese momento…
Ahí recaló también el
Petiso Páez cuando salió y se integró al estudio, no sé en qué carácter.
A partir de entonces
fui a trabajar al estudio de una compañera haciendo derecho laboral, poniendo
mi matrícula al servicio de los trabajadores.
Después de la
dictadura, formé parte del equipo de abogados que tramitó la legalidad del MAS
y asesorando listas gremiales en varios sindicatos. Insistí en militar sobre la
profesión, lo que me fue concedido, y armé un equipo que formó parte de listas
de izquierda en el Colegio Público y los Colegios de San Isidro y Morón.
Pero eso ya excede al
período de este repositorio.
Hola Luis, muy descriptivo y realista el relato, verdadera síntesis de por lo que pasaron muchos jóvenes en esa época, con ganas de cambios y transformaciones, con una puerta que parecía abrirse para dar lugar a los mismos y que se cerró abruptamente con persecucion, terror, desapariciones y muerte en muchos casos. Un muy buen testimonio de aquellos años. Saludos
ResponderEliminar